Hemos extraído algunos textos significativos del libro ¿Qué significa Salvación cristiana?[1], Vincent Ayel, que nos pueden a alentar a algunos momentos de reflexión.
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La desgracia es que la mayor parte de la gente no distingue entre la envoltura verbal y contenido real de la fe; desde el momento en que esa envoltura deja de parecer apropiada, tales personas creen que deben rechazar su contenido. (…) Esa experiencia humana y esa cultura van ligadas a unas representaciones mentales que le lenguaje de salvación utiliza forzosamente, pero sobre las que no se puede hacer recaer la afirmación de la fe. p.21
El «deseo» es específico del humano, mientras que la «necesidad» es común al hombre y a los animales. «La palabra `deseo’ evoca al hombre(…). El «deseo» es como el corazón y el colorido del tiempo del hombre. Acompasa su vida (…). Es el resorte que le permite al hombre hacerse cargo de su existencia (…). En dos tiempos, gozo y angustia, va marcando el compás del sereno contento del espíritu en todos los campos de la actividad humana. En este sentido, el deseo es irreductible a la simple necesidad animal, que se esfuma en la satisfacción saturada». (Denis Vasse). Somos y continuaremos siendo ciertamente seres necesitados, pero en el seno de esta necesidad nace el deseo, que vuelva mucho más lejos y nos caracteriza. 50
La necesidad corresponde a nuestra faceta captatoria, mientras que el deseo está animado de un movimiento oblativo. La mera necesidad es limitada; el deseo está abierto a lo infinito y a lo universal. 51 La salvación sea verdaderamente humana, tendrá que situarse en el plano del deseo y no en el de las necesidades; porque el deseo es constitutivo del hombre…. 51
No se define completamente al hombre por lo que hace (lo que le es dado por su herencia, su medio social, su biología, naturaleza, los acontecimientos y las relaciones…); ni tampoco, por otro lado, por lo que en sus sueños más ambiciosos desearía llegar a ser. Se define más bien por el entredós, pro la tensión, por la marcha. El hombre es «lo que él hace más lo que a él le hace». Nunca está el hombre integrado del todo; tampoco es del todo integrante. Es una mezcla de integrado e integrante, de dado y de proyecto. El ir haciéndose es planeable, lo ya «hecho» no lo es. 52
El hombre es deseo y superación sin fin. 52
La libertad origina responsabilidad. El que no es libre no se siente responsable de sus actos y de su vida. La libertad, a diferencia del instinto, no es simplemente reiterativa, imitación infalible del pasado; es inteligente y creativa. Hace posible el progreso pero, al mismo tiempo, implica el riesgo de error y de fracaso. 60
Quien dice finitud dice limitaciones. Nuestras limitaciones, nuestra finitud, el hecho de ser hombres y no Dios no deben hacer que nos sintamos culpables. El pecado consiste más bien en no querer mantenernos en el lugar que nos corresponde respecto de Dios, en no aceptar nuestra condición humana, en el exceso de pretender usurpar el puesto de Dios. Por la pendiente de este pecado fundamental nos deslizamos cada vez que soltamos las riendas a nuestros sueños sin la debida crítica… «¡Comed del árbol de la ciencia del bien y del mal, y seréis como dioses!» -insinúa la Serpiente-; usurpad el lugar de Dios, y «de ninguna manera sonreiréis» (Cf. Gn 3). El significado del pecado original es querer hacerse Dios y suprimir toda diferencia. (Jean-Marie Pohier) 64
La redención no está «al lado» de la creación; es la creación acabada, manifestada, renovada. 72
Dios es (ya) salvador en su acción creadora. En sana teología cristiana, no puede elaborarse el tratado de la creación independientemente de la soteriología (tratado de la encarnación redentora).. 72
Dios «nos ha elegido en Jesucristo antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia» (Ef 1,4) Sería, pues, engañoso para nosotros presentarnos dos proyectos divinos sucesivos, uno de creación y otro de redención. La realización plena de la humanidad por la filiación la filiación divina, es el único proyecto de amor gratuito de Dios creador y ya entonces salvador. 74
Recibimos la fe y la salvación como un don, sí; pero como un don que es un «llamamiento» -o más exactamente, una serie sin fin de llamamientos- y la capacidad de responder a ellos. Un don que es misión y tarea brindadas a nuestras libertades. Con esto damos la espalda a todos los conductismos de tipo mágico, tan frecuentes en las religiones. La revelación de la salvación en Jesucristo es todo lo contrario de una solución aún no descubierta por los hombres en su difícil existencia política, social y económica. Pues esta revelación, más que acallar sus ingenuas preguntas, les interroga; plantea más problemas de los que resuelve directamente; no garantiza la tranquilidad ni la seguridad, sino invita a actuar con riesgo en la historia y en medio de sus contradicciones. No llama a discutir nuestros propios problemas y necesidades humanas, y a aceptar la aventura de su posible cambio… «La palabra de Dios no satisface nuestro deseo, lo cambia», decía Maurice Bellet. Conviene preciar que ese mismo cambio no se produce sin dolor, y que requiere nuestro esfuerzo y nuestro empeño. 82
Jesús hace saltar las cadenas de la lógica del mal y rompe al «espiral de la violencia», de que habla Helder Cámara. ¿Cómo lo hace? Por medio del perdón, que no es repulsa ni indiferencia hacia los conflictos inevitables, sino negativa a entrar en la lógica del adversario y en el engranaje de la venganza. 108
Cristo desmitifica el poder divinizado, proponiendo una concepción novísima y revolucionaria de la autoridad-servicio. La liberación por El anunciada -liberación del falso dios y de todos los ídolos…- tiene que repercutir incluso en el plano de nuestras relaciones con lo que llamamos «la naturaleza». 108
Quien dice «persona» dice apertura, capacitada para acoger lo que viene de otra parte… o de toro: la persona es receptividad. Recibimos nuestra existencia, nuestra dignidad, nuestra libertad y nuestra felicidad de la mano y de la atención de otro. 126 No soy un mero receptáculo pasivo y sin recursos. Quien dice «persona» dice actividad, capacidad de compromiso. La persona sólo se realiza en el don de sí misma. «Quien quiera salvar su vida, la perderá.»
No somos meros beneficiarios o consumidores de la salvación; somos sus operantes, sin dejar de ser sus receptores. Lo que recibimos gratuitamente es el poder ser sus operantes, la «capacidad de hacernos hijos de Dios», como dice la Escritura. O también, según la fórmula de Henri Holstein, «Somos actuados por el Salvador para que actuemos como salvadores». Podemos y debemos ser liberadores pro ser liberados -como somos y debemos ser «don» porque somos «acogida»-. 126
Quien dice «personas» evoca un centro inexpugnable de organización del universo, de decisión y de autonomía interior: la persona es singular. 127 Nunca soy más yo mismo que cuando estoy en relación, en comunión con otros «yo». El «Yo» implica el «Nosotros», y al revés. Las conciencias son recíprocas; la persona siempre es plural y su existencia es colegial. La reclusión y el narcisismo matan la persona en lo que ésta tiene de más original. La apertura y el diálogo, la invocación y el amor dan testimonio de ella y proporcionan su expansión. 127
La persona es, al mismo tiempo, espiritual y carnal. La salvación que alcanza a la persona en su constitución de espíritu y de materia, tiene que ser salvación espiritual y, al mismo tiempo, cósmica. 128
Afirmar que la persona es a la vez espiritual y corporal, no equivale a decir que tiene o que posee un espíritu y un cuerpo. (…) Tratándose del hombre, tanto el cuerpo como el espíritu se inscribe en el registro del ser, no en el del tener. No tengo un cuerpo o un espíritu a la manera que tengo una casa o una máquina de escribir. Soy cuerpo y espíritu. El ser corporal que soy representa mucho más que un instrumento o un medio para las actividades de la persona, como si ésta pudiera ser anterior a la condición corporal, interviniendo esta última sólo en un segundo tiempo . 129
Recogiendo el vocabulario tomista, se dirá exactamente que el cuerpo es la expresión substancial del alma, y que sólo en él se realiza concretamente el alma. Cuanto más se realiza el alma, más corporalmente humano se hace el hombre; y cuanto más responde el cuerpo humano a lo que en realidad es, más se realiza el alma: en efecto el alma se realizará en la medida en que aumente la comunión interpersonal, y toda comunión entre las personas se efectúa gracias a su dimensión corporal. El cuerpo es la persona manifestada, expuesta, vulnerable, abierta a la relación con el mundo y con lo toro. 131-2
El cuerpo es verdad interior de la persona y eficaz puesta en ejecución de su intención. De donde puede verse hasta qué punto el funcionamiento de los cuerpos, a sabiendas desconectado de los pensamientos y quereres interiores, constituye una desviación y una decadencia contradictoria de la verdadera corporalidad humana. «A decir verdad -escribe Paul Ricoeur-, lo primero que mi cuerpo demuestra ser es una apertura a…». Apertura de la necesidad, apertura del sufrimiento y, en primer lugar, de la percepción. 132
El c. Vaticano II, al exponer la fe de la Iglesia, no teme hablar de «misterio» para designar al entrega «al servicio temporal de los hombres»; considera estos valores y estas empresas humanas como «el material del Reino de los cielos». 133 Si a los valores humanos de felicidad, de liberación, de paz y de justicia, de explicación y de transformación del universo material al servicio del hombre, etc., se les llama «cuerpo del Reino» «ya presente» en germen y en marcha hacia su perfección, de ello resulta una visión muy unitaria y a la vez exenta de confusionismo. 133
Los empeños en la economía y en la política, en la conquista científica o en la transformación de la naturaleza no son ajenos o exteriores a la salvación, como tampoco lo es el cuerpo con respeto a la persona. 134
Son la salvación, manifiesta en la historia, como el cuerpo es la persona visibilizada, entregada y expuesta. Sin cuerpo, no hay salvación ni hay Reino. Hablar de desarrollo integral de los pueblos o de auténtica liberación de las clases sociales, es hablar de la sanción querida por Dios en Jesús. 134
El Vaticano II denominaba «el cuerpo» del Reino. El cuerpo es más que un medio para el alma, la única que importaría; es la persona en situación histórica y especial, en relación con el mundo y con otro. Así como el apretón de manos, la mirada, la sonrisa o la relación sexual no son sólo fenómenos mecánicos o fisiológicos, meros soportes y medios utilizados, sino realidades espirituales tanto como corporales, de igual modo las liberaciones temporales son fines, dentro de su propio orden, y pertenecen a la realidad e la salvación espiritual y corporal. No son una herramienta que permita salvar totalmente al hombre y al mundo; sino que constituyen la manifestación histórica de la salvación, son cuerpo de la salvación que «manifiesta en el exterior lo que hay en su interior», pro repetir analógicamente la fórmula de Ricoeur. 136
Salvación, decisivamente adquirida en Jesucristo, sólo se realiza y desarrolla en el cuerpo de los compromiso concretos en favor del hombre. Como el cuerpo lo es para la persona, esos compromisos son la verdad interior -no la causa eficiente ni la mera consecuencia- de la salvación, que los rebasa sin despreciarlos en modo alguno. La organización social más justa y la construcción de la ciudad de los hombres, son las «manos» de la salvación que hacen descifrable y le ofrecen, por parte de la humanidad, ese «paquete de poderes» que ella no cesa de pedir y de fundamentar radicalmente; esos poderes son el elemento sensible y comunicable de la salvación. A este respecto, hay lugar para ser muy concretos y para rechazar la coartada de las fórmulas demasiado generales; a hacerlo así nos va a ayudar dos textos severos y vigorosos. 137
«Dios crea al hombre como el mar hace los continentes: retirándose», decía más o menos el Poeta Holderlin.» Dios quiere que verdaderamente existamos, es decir, que estemos siempre buscando: nos prefiere buscadores a poseedores de evidencias anestesiantes; nos prefiere libremente inventivos y en busca de verdad y de felicidad, a instalados en certidumbres de primera hora demasiado relajantes. 150
«El misterio del hombre no se revela más que en el misterio del Hijo de Dios hecho hombre. Jesús de Nazaret revela al hombre lo que éste está llamado a hacerse, hijo en el Hijo. (…) La experiencia universal de la humanidad atestigua que, si hay estructuras políticas, económicas, sociales o familiares alienantes, en el corazón del hombre hay una fuente más profunda de alienación sin la cual, por otra parte, no existirían estructuras alienantes. Esa fuente es el pecado, la idolatría el tener, del prestigio y del porvenir. Solamente Cristo, por la acción del Espíritu Santo, libera de este pecado. Siempre hay una conversión que hacer…» (Documentation Catholique, del Consejo Permanente del episcopado francés. 2-12-1973) 155
Para vivir plenamente, hay que aceptar morir a muchas representaciones espontáneas que no son suficientemente ciertas. No siempre lo que se siente es lo más real y lo más verdadero. «El camino de la realidad está jalonado de objetos perdidos», decía Freud. 157
Con razón estigmatiza Emmanuel Mounier a esos cristianos y a esos clérigos que se limitan a «sermonear a la historia». Dios, cuando salva, baja a la tierra a ocupar un sitio en la caravana de los hombres: y eso es la Encarnación. 158
La salvación se da para vivirla. Ahora bien, es imposible vivir la salvación: sin acción, sin compromiso histórico para hacer que se produzca su plena manifestación «corporal», sin contemplación de esa salvación efectuad ya en Cristo, hombre-Dios, en quien la primera creación se convirtió en creación segunda y definitiva. Sin la segunda condición, es grande el riesgo de olvidar el manantial original y decisivo del que mana toda energía de salvación y de liberación; corre uno el peligro de tomar por salvación las propias representaciones utopías. 161 Pero, sin la primera condición, se corre el riesgo, no menos funesto, de olvidar el río engendrado pro el manantial, y de evadirse de la historia a los espacios de una espiritualidad egoísta. En ambos casos, seríamos infieles a la lógica de la encarnación redentora. 162
……………………………… [1] Sal Tarrae, Santander 1980.
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