La salvación es gratis

Sus efectos se concretan en los efectos, los frutos, las buenas obras… No es como se ha interpretado tan común y habitualmente que los comportamientos humanos conseguían al final obtener la salvación, sino que ésta no es consecuencia, al contrario, es la causa originaria de los actos buenos. La gracia salvadora es la que sobrelleva la acción bondadosa del creyente. Luego la salvación no se obtiene, se recibe; no se consigue, es un don. Y las obras buenas son frutos procedentes de ese estado salvífico, gracioso. Esta situación, estado, impulsa, como no podía ser menos, a amar, a ser también gratuidad, a estar al servicio de los demás… Es la dinámica del Reino del Espíritu de Dios.

 

Durante la Misa celebrada ayer 11 de junio en la Casa Santa Marta, el Papa Francisco recordó que “la salvación no se compra” sino que Dios “nos la da gratuitamente”. Dios “nos salva gratis, no se hace pagar” . “Saber que el Señor está lleno de dones para darnos. Solamente, pide una cosa: que nuestro corazón se abra. Cuando nosotros recitamos el ‘Padre Nuestro’ y rezamos, abrimos el corazón, para que esta gratuidad venga”.

No existe relación con Dios fuera de la gratuidad”.“Necesitamos algo espiritual o un favor, decimos: ‘ahora haré ayuno, penitencia, haré una novena…’ Está bien, pero ¡tengan cuidado!, eso no es para pagar el favor, para comprar el favor; es para alargar tu corazón para que la gracia venga. La gracia es gratuita”.

“Esta relación de gratuidad con Dios es lo que nos ayudará después a tener la relación con los otros, sea en el testimonio cristiano, en el servicio cristiano”. Por lo que en el mismo modo en que Él hace con nosotros “nosotros debemos hacer con los demás”. “Gratis lo recibisteis; dadlo gratis”. “Es una de las cosas más bellas”.

De modo que la la misión de los cristianos implica “una vida de servicio”, como Jesús lo explica en este pasaje del Evangelio de San Mateo: “Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios” (10,7-8a).

El Santo Padre pidió “que nuestra vida de santidad sea este ensanchar el corazón, para que la gratuidad de Dios, las gracias de Dios que están allí, gratuitas, que Él quiere dar, lleguen a nuestro corazón. Que así sea”.

 

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