Estas bellísimas palabras de la primera lectura de la misa de hoy, 11 de noviembre, del libro de la Sabiduría (7,22–8,1):
La sabiduría es un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, móvil, penetrante, inmaculado, lúcido, invulnerable, bondadoso, agudo, incoercible, benéfico, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, todopoderoso, todo vigilante, que penetra todos los espíritus inteligentes, puros, sutilísimos. La sabiduría es más móvil que cualquier movimiento, y, en virtud de su pureza, lo atraviesa y lo penetra todo; porque es efluvio del poder divino, emanación purísima de la gloria del Omnipotente; por eso, nada inmundo se le pega. Es reflejo de la luz eterna, espejo nítido de la actividad de Dios e imagen de su bondad. Siendo una sola, todo lo puede; sin cambiar en nada, renueva el universo, y, entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas; pues Dios ama sólo a quien convive con la sabiduría. Es más bella que el sol y que todas las constelaciones; comparada a la luz del día, sale ganando, pues a éste le releva la noche, mientras que a la sabiduría no le puede el mal. Alcanza con vigor de extremo a extremo y gobierna el universo con acierto.
No cabe decir nada más, tan solo acogerlas y meditarlas hasta adentrarlas en el corazón.
La Sabiduría teologal, don del Espíritu Santo, es más que una propiedad o cualidad, es realmente la Presencia de Dios en nosotros, es ver las cosas, la realidad, cuanto nos sucede y vivimos con los ojos del Espíritu Santo, que nos había con una profundidad insondable. La Sabiduría tiene el sabor (el gusto, el saber teológico, un «no sé qué» místico, intimidad de amistad divina) de la santidad.
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