La responsabilidad de los padres como transmisores de la fe

Todos los padres quieren lo mejor para sus hijos. Se desviven por ellos; se privan de cualquier cosa para que no les falte de nada. Su felicidad es la suya.

Esta realidad tan verdadera es indubitable común a todos los padres. Ahora bien, tan buena disposición no es ajena a la posibilidad del error.

Si hablamos en términos de felicidad como deseo final de los padres para los hijos, les recomiendo el artículo: «Los católicos, los más felices«. Y también les invitamos a leer este otro artículo: «Cantos de sirena de la felicidad del deseo«; en este se advierte del error del que al que se refiere el experto Leonard Sax, médico de familia y psicólogo, dice: «Como padre, lucho diariamente contra la cultura del `Yo solo quiero que mi hijo sea feliz´”. Pues esta felicidad se cifra en que los niños son felices haciendo lo que les da la gana, en la satisfacción de sus deseos (sean apropiados o inapropiados; buenos o malos). Esto evidentemente es un craso error, que se da de manera habitual hoy día; pues como dice el refranero: la cabra tira al monte; es decir, si al niño se le deja a la deriva deseos, se tornará caprichosa y veleidosa, y acabará siendo una persona holgazán y maleducada.   

Esto que es válido y tenido en cuenta a la hora de sus estudiosos, de su aprendizaje escolar, en el aspecto más estrictamente «material»; no lo es tan así en lo formativo a nivel personal o espiritual. Y en este sentido se produce por parte de los padres una doble dejación:

La de la formación humanística e ideológica, de valores y principios morales, que recibe sus hijos en los colegios y en sus ambientes de amistades con sus iguales. Y por otra, la formación religiosa o transmisión de la fe; no solo a través de la parroquia y la catequesis, sino también en empeño decidido en que sus hijos experimenten la fe a partir del hogar, del ejemplo de los padres, quienes se constituyen en los primeros y principales catequistas forjadores de la espiritualidad religiosa de sus hijos.

La fe es el mayor tesoro a heredar de los padres; ninguno habría de olvidar el trasmitir a sus hijos algo tan valioso. Si realmente os preocupa vuestros hijos, su felicidad y su salvación presente y eterna, no descuidaría la enseñanza religiosa. Y teniendo muy en cuenta que a los hijos hay que cuidarlos espiritual y moralmente, y hacerles que vivan y experimenten personalmente lo religioso, haciéndoles que asistan a las celebraciones parroquiales, aunque les apetezca hacer otras cosas -más veleidosas- en su lugar. Y esto es válido hasta bien entrada la adolescencia, o sea hasta los umbrales de la mayoría de edad.

ACTUALIDAD CATÓLICA

 


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