En Evangelio (Jn 14, 27-31) de la liturgia de hoy, 5 de mayo, Jesús nos revela —«Mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo»— que la paz que nos trae tiene una especificidad que dista de la paz que generalmente se da entre los hombres, una paz fraguada en una lógica mundana: que a duras penas se sostiene sobre la oposición contrarrestante de otro, una paz ficticita basada en un temor recíproco; una falsa paz que no procede de corazones nobles.
La paz terrenal debería ser imagen y fruto de la paz de Cristo. Una paz cuyo fundamento es el amor. Allí donde reina la paz Dios no cabe el miedo ni estar a la defensiva. Es una paz que dimana del corazón de la Trinidad, cuya relación es la caridad, es gracia divina. Solo la paz que es esta dispuesta a ser expresión de la actitud de Jesucristo, es digna de llamarse tal.
La paz de Jesús es aquella que en medio de la crueldad, de una pasión tremendamente dolorosa que acabó matándolo en un cruz, serenamente guardo silencio, como “cordero llevado al matadero”. El Amor hecho perdón, era más fuerte que todo el pecado de la humanidad –en manos del príncipe de este mundo- que se abatió sobre Él.
Vivir en gracia es fundamental para pertenecer al Reino de la paz de Dios; pues en la medida en que vivimos en y según el Señor quiere, es decir, bajo el espíritu de las Bienaventuranzas, siendo pacíficos, manos, justos, misericordiosos, limpios de corazón… le pertenecemos, y sólo podremos saborear el tipo de paz que Dios son ofrece, haciéndonos templos de su presencia, como dice san Jerónimo: «Estableció su habitación en la paz: es preciso, pues, que el alma que no tiene en sí misma la paz, sepa que no es digna de ser habitación de Dios.”
Por nada del mundo perdamos la paz interior y la dulzura que dimana del hecho de sentirse amado por Dios. Es propio del cristiano la serena y profunda alegría que nace de la experiencia constante del amor trinitario que lo habita y que es imperecedero por más que los hechos, las circunstancias y la compleja y dura vida parezcan contradecirla. Si ante las ofensas o adversidades de cualquier tipo, te mantienes paciente y sin alterarte, en ello consiste la verdadera alegría, la santificación y la salvación del alma. “Procurad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb 12, 14).
Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 27-31
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean.
Ya no hablaré muchas cosas con ustedes, porque se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente lo que el Padre me ha mandado».
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«La paz es serenidad del alma, tranquilidad de espíritu, sencillez de corazón, un lazo de amor y la compañera inseparable de la caridad. Impide rivalidades, contiene guerras, comprime arrebatos, desprecia a los orgullosos, ama a los humildes, apacigua a los que están en desacuerdo y reconcilia a los enemigos: es dulce para todos, no codicia el bien del prójimo, ni disputa el suyo; enseña a amar, ella que no sabe aborrecer; ignora el orgullo y no conoce la terquedad. Consérvela, pues, con cuidado el que la posee; pídala nuevamente el que ya no la tiene: búsquela el que la haya perdido: pues el que no sea hallado en su compañía, será desconocido por el Padre, desheredado por el Hijo y mirado como extranjero por el Espíritu Santo” (San Agustín, Serm. 75, de Verbis Domini, Barbier, T. 4, p. 167.)»
«Sed afables en vuestras conversaciones; dad buena acogida a lodo el mundo; huid de la altercación, de las querellas y de las discusiones; sed enemigos de pleitos y de trampas: quitad toda ocasión; aborreced el espíritu de discordia; vivid siempre en paz; no disputéis de cosa alguna por diversión; las disputas engendran disputas; de ellas nacen las discusiones: encienden las llamas del odio: apagan la paz del corazón y rompen la unión de las almas.” (S. Anselmo, Exhort. ad contemptum temporalium, sent. 19, Tric. T. 9, p. 344.)
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Palabras del papa León XIV
(Mensaje del Santo Padre León XIV para la LIX Jornada Mundial de la Paz. 1 de enero de 2026)
Poco antes de ser arrestado, en un momento de gran intimidad, Jesús dijo a los que estaban con Él: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo». E inmediatamente agrega: «¡No se inquieten ni teman!» (Jn 14,27). La turbación y el temor podían referirse, ciertamente, a la violencia que pronto se abatiría sobre Él. Más profundamente, los Evangelios no esconden que lo que desconcertó a los discípulos fue su respuesta no violenta; un camino al que todos, empezando por Pedro, se opusieron, pero en el cual el Maestro pidió que lo siguieran hasta el final. El camino de Jesús sigue siendo motivo de turbación y de temor. Y Él repite con firmeza a quien quisiera defenderlo: «Envaina tu espada» (Jn 18,11; cf. Mt 26,52). La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque desarmada fue su lucha, dentro de circunstancias históricas, políticas y sociales precisas. Los cristianos, juntos, deben hacerse proféticamente testigos de esta novedad, recordando las tragedias de las que tantas veces se han hecho cómplices. La gran parábola del juicio universal invita a todos los cristianos a actuar con misericordia, siendo conscientes de ello (cf. Mt 25,31-46). Y, al hacerlo, encontrarán a su lado hermanos y hermanas que, por distintos caminos, han sabido escuchar el dolor ajeno y se han liberado interiormente del engaño de la violencia.
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PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO:
(Audiencia, 13 de abril de 2022. La paz de Pascua)
El Domingo de Ramos La multitud exultante bendice a grandes voces al «Rey que viene», y aclama: «Paz en el cielo y gloria en las alturas» (Lc 19,38). Esa gente celebra porque ve en el ingreso de Jesús la llegada de un nuevo rey, que traería paz y gloria. Esta era la paz esperada por esa gente: una paz gloriosa, fruto de una intervención real, la de un mesías poderoso que liberaría Jerusalén de la ocupación de los romanos. Otros, probablemente, soñaban el restablecimiento de una paz social y veían en Jesús el rey ideal, que daría de comer a la multitud con el pan, como ya había hecho, y realizaría grandes milagros, trayendo así más justicia al mundo.
Pero Jesús nunca habla de esto. Tiene delante de sí una Pascua diferente, no una Pascua triunfal. Lo único que le preocupa para preparar su ingreso en Jerusalén es ir sobre «un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre» (v. 30). Es así como Cristo trae la paz al mundo: a través de la mansedumbre y la docilidad, representadas en ese pollino atado, sobre el que no había montado nadie. Nadie, porque la forma de hacer de Dios es diferente a la del mundo. Jesús, de hecho, justo antes de Pascua, explica a los discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14,27). Son dos modalidades diferentes: una forma como el mundo nos da la paz y una forma como Dios nos da la paz. Son diferentes.
La paz que Jesús nos da en Pascua no es la paz que sigue las estrategias del mundo, que cree obtenerla por la fuerza, con las conquistas y con varias formas de imposición. Esta paz, en realidad, es solo un intervalo entre las guerras: lo sabemos bien. La paz del Señor sigue el camino de la mansedumbre y de la cruz: es hacerse cargo de los otros. Cristo, de hecho, ha tomado sobre sí nuestro mal, nuestro pecado y nuestra muerte. Ha tomado consigo todo esto. Así nos ha liberado. Él ha pagado por nosotros. Su paz no es fruto de algún acuerdo, sino que nace del don de sí. Esta paz mansa y valiente, sin embargo, es difícil de acoger. De hecho, la multitud que alababa a Jesús es la misma que unos días después grita “Crucifícale” y, asustada y desilusionada, no mueve un dedo por Él.
En este sentido, siempre resulta actual un gran relato de Dostoievski, la llamada Leyenda del Gran Inquisidor. Narra que Jesús, después de varios siglos, vuelve a la Tierra. En seguida es acogido por la multitud alegre, que lo reconoce y lo aclama. “¡Ah, has vuelto! ¡Ven, ven con nosotros!”. Pero después es arrestado por el Inquisidor, que representa la lógica mundana. Este lo interroga y lo critica ferozmente. El motivo final del reproche es que Cristo, aun pudiendo, nunca quiso convertirse en César, el rey más grande de este mundo, prefiriendo dejar libre al hombre en vez de someterlo y resolver los problemas con la fuerza. Habría podido establecer la paz en el mundo, doblegando el corazón libre pero precario del hombre en virtud de un poder superior, pero no quiso: respetó nuestra libertad. «Si hubieses aceptado —dice el Inquisidor a Jesús—, la púrpura de César, habrías fundado el imperio universal y dado la paz al mundo» (Los hermanos Karamazov, Milán 2012, 345); y con sentencia cortante concluye: «Pues nadie ha merecido más que Tú la hoguera» (348). Este es el engaño que se repite en la historia, la tentación de una paz falsa, basada en el poder, que después conduce al odio y a la traición de Dios y a tanta amargura en el alma.
Al final, según este relato, el Inquisidor querría que Jesús «le dijera algo, quizá también algo amargo, terrible». Pero Cristo reacciona con un gesto dulce y concreto: «se le acerca en silencio, y lo besa dulcemente en los viejos labios ensangrentados» (352). La paz de Jesús no domina a los demás, nunca es una paz armada: ¡nunca! Las armas del Evangelio son la oración, la ternura, el perdón y el amor gratuito al prójimo, el amor a todo prójimo. Es así que se lleva la paz de Dios al mundo. Por esto la agresión armada de estos días, como toda guerra, representa un ultraje a Dios, una traición blasfema al Señor de la Pascua, un preferir el falso dios de este mundo a su rostro manso. La guerra siempre es una acción humana para llevar a la idolatría del poder.
Jesús, antes de su última Pascua, dijo a los suyos: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27). Sí, porque mientras el poder mundano deja solo destrucción y muerte —lo hemos visto en estos días—, su paz edifica la historia, a partir del corazón de cada hombre que la acoge. Pascua es entonces la verdadera fiesta de Dios y del hombre, porque la paz, que Cristo ha conquistado sobre la cruz con el don de sí mismo, nos ha sido dada a nosotros. Por eso el Resucitado, el día de Pascua, se aparece a los discípulos y ¿cómo les saluda?: «La paz con vosotros» (Jn 20,19.21). Este es el saludo de Cristo vencedor, de Cristo resucitado.
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Catena Aurea
Crisóstomo In Ioannem hom., 74.
Como había dicho: «Os dejo la paz» ( Jn 14,27) (cosa propia del que se ausenta), pudiendo esto turbarlos, dice: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde», porque esto lo sufrían por el amor y aquello por el miedo.
San Agustín In Ioannem tract., 78.
Podía turbarse y temblar el corazón de ellos, porque se ausentaba (aunque había de volver), y acaso entre tanto el lobo invadiría el rebaño por la ausencia del pastor. De aquí sigue: «Habéis oído que os dije: Voy y vengo a vosotros». Iba en tanto que era hombre, más permanecía en cuanto era Dios. ¿Por qué así turbarse y temblar su corazón, cuando si bien se ocultaba a la vista, no abandonaba al corazón? Y para que comprendiesen que al decir que se iba hablaba en cuanto hombre, dijo: «Si me amaseis os alegraríais, porque voy al Padre», etc. Por lo mismo de que el Hijo no era igual al Padre, por eso irá al Padre, desde el cual vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Mas también por lo mismo que es igual al Generador, no se separa del Padre, sino que está con El todo en todas partes, con igual divinidad, la cual no ocupa lugar. El mismo Hijo de Dios, igual al Padre en la forma de Dios (porque se anonadó no dejando la forma de Dios, sino tomando la de siervo), es también mayor a sí mismo, porque la forma de Dios, no perdida, es superior a la de siervo, tomada. Esta, pues, es la forma de siervo, respecto de la que el Hijo de Dios es menor, no sólo al Padre, sino también al Espíritu Santo. También respecto de esta forma de siervo, Cristo era inferior a sus propios padres, cuando siendo niño les estaba sometido según dice el Evangelio. Reconozcamos, pues, la doble naturaleza de Cristo: la una por la cual es igual al Padre, que es la divina, y la humana, que le hace inferior al Padre. Una y otra naturaleza no constituyen dos, sino un solo Cristo, porque Dios no es cuaternidad, sino Trinidad. Dijo asimismo: «Si me amarais, os alegraríais, porque voy al Padre», en atención a que la naturaleza humana merecía albricias por haber sido tomada por el Verbo Unigénito, que la había de hacer inmortal en el cielo, y hasta tal punto se había de sublimar en la tierra, que el polvo incorruptible se sentaría a la derecha del Padre. ¿Quién, que ame a Cristo en tal manera, no había de alegrarse, viendo su naturaleza elevada a grado inmortal, y esperando para sí gloria semejante por Cristo?
San Hilario De Trin. lib. 9.
Si por la autoridad del donante el Padre es mayor que yo, ¿acaso se aminora el Hijo por la confesión de esta donación? El donante es mayor, en efecto, pero ya no es menor al que se le concede el que sea uno con El.
Crisóstomo ut supra.
Aún no conocían los Apóstoles lo que significaba aquella resurrección que había predicho, diciendo «Voy y vengo a vosotros», ni tenían un concepto adecuado de El, sino que juzgaban que el Padre era superior. Quiere, pues, decirles: Aunque tembláis por mi causa, creyendo que yo no me basto para auxiliarme a mí mismo, ni confiáis en que de nuevo os veré después de la cruz, sin embargo, oyendo que voy al Padre, convenía que os alegraseis, porque voy hacia un ser superior, capaz de destruir todo lo que me molesta. Todas estas cosas se dirigían a la debilidad de los discípulos. Por eso añade: «Y os lo he dicho ahora, antes que suceda, para que creáis cuando haya sucedido».
San Agustín In Ioannem tract., 79.
¿Cómo es esto? ¿Pues no debe creer el hombre, antes que suceda, todo aquello que tiene obligación de creer? En verdad que el mérito de la fe está en que no se vea aquello que se cree. Porque si bien se dijo: «Porque viste, creíste» ( Jn 20,29), aquel a quien esto se dijo, no creyó lo mismo que vio: vio al hombre y creyó en Dios. Mas aunque se dice que se creen las cosas que se ven, como suele decir cada cual que ha creído con los ojos, sin embargo, no es ésta la fe que se edifica en nosotros, sino que por las cosas que vemos se opera en nosotros la creencia de aquellas que no se ven. Dice: «Cuando haya sucedido», porque después de la muerte, lo habían de ver vivo y subiendo al Padre. Y visto esto, habrían de creer que El es el Cristo, Hijo de Dios, porque pudo hacer esto y predecirlo antes que sucediese. Y habían de creer esto, no por una fe nueva, sino por la misma fe aumentada. O mejor, con una fe que faltó cuando murió, pero que renació con la resurrección.
San Hilario ut supra.
Aduce el mérito de la gloria que había de recibir, diciendo: «Ya no hablaré muchas cosas con vosotros».
Beda.
Hablaba de este modo, porque estaba muy cercano el tiempo en que había de ser preso y llevado a la muerte: «Porque viene el príncipe de este mundo».
San Agustín ut supra.
¿Quién sino el diablo? Mas el diablo no es príncipe de las criaturas, sino de los pecadores. De aquí, cuando el Apóstol dice: «Contra los rectores del mundo» ( Ef 6,12), expone en seguida lo que entiende por mundo: «De estas tinieblas», esto es, de los hombres impíos. «Y nada tiene en mí»; porque ni Dios había venido con pecado, ni la Virgen había parido su carne de la descendencia del pecado. Y como si alguien le objetase: ¿Entonces cómo vas tú a morir, no teniendo pecado, cuando sólo éste es merecedor de la muerte? Continúa: «Para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me dio el mandamiento, así hago. Levantáos, vamos de aquí», porque recostado hablaba a los discípulos, también recostados 1. «Vamos» (dijo) al lugar en que tiene que ser entregado a la muerte, el que de ninguna manera la merecía. Mas para morir, tenía el mandato del Padre.
San Agustín Contra Arianos cap. 11.
Pero que el Hijo sea obediente a la voluntad y precepto del Padre, no prueba, ni aun en los hombres, desigualdad de naturaleza, porque Cristo no sólo es Dios, por cuya naturaleza es igual al Padre, sino también hombre, por cuya naturaleza es menor que el Padre.
Crisóstomo hom. 75.
O esto que dice «Levantaos, vamos de aquí», es principio de otro pensamiento. Era consiguiente que se llenasen de temor, estando en medio del campo, sumergidos en las sombras de la noche, y, por lo tanto, que lejos de atender a lo que se les decía, volviesen los ojos alrededor y viesen en la imaginación a los perseguidores, máxime cuando oían: «Todavía estoy un poco con vosotros ( Jn 7,33), y «el príncipe de este mundo viene» ( Jn 13,30). Y como oyendo esto y otras cosas semejantes, apenas atendían y se turbaban, los lleva a otro sitio, para que, considerándose en seguridad, no se cuiden de nada más que de oír, porque tenían que escuchar grandes dogmas.
Notas
- En tiempos del NT, los comensales comían reclinados sobre tapices o almohadas extendidos alrededor de la mesa, según la costumbre greco-romana. Se apoyaban sobre el brazo izquierdo, dejando el derecho libre para comer. Los huéspedes se disponían en torno a la mesa de tal manera que cada persona tenía su cabeza cerca del pecho del comensal que estaba detrás de él.
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