Siempre nos habíamos preguntado qué sería la causa o razón por la que los cristianos justos, fieles a la Iglesia, argumentaran para poner como excusa el negarse a ponerse la marca (la famosa marca de la Bestia) en la mano o en la frente.
Apocalipsis 13, 16-17:
Y hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se hagan una marca en la mano derecha o en la frente,
y que nadie pueda comprar nada ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre.
Todo el mundo iba a acceder a ello, ¿por qué los cristianos no? ¿Es que era un símbolo de pertenencia a Satanás o algo así? Pero esto sería muy burdo y cuestionable por otras personas que no fueran seguidores de Cristo, ¿entonces…? Aquello -de que tanto se ha hablado- de la tarjeta o microchip implantado, per se no era motivo para negarse a llevarlo si no constituye algo inaceptable moralmente o que tengan explícita «adoración» a un ídolo o ser inmundo.
La causa si sería, pues, una razón clara y de peso, un argumento moral y de conciencia:
Todo el mundo tendrá la ineludible obligación de vacunarse contra el Coronavirus, entre otras cosas porque puede resultar ser una amenaza para los demás ya que puede ser un potencial contagiador sin síntomas. La fuerza impositiva del poder políticosocial para tal medida es obvio, y para lo cual no hay argumento opositor con igual o superior peso; la libertad a decidir del individuo decae ante el derecho de los demás a su seguridad y ante el derecho a bien común o general. Pero este juego de obligaciones y derechos tan claro se tambalea cuando aparece un factor que lo distorsiona todo: el que la vacuna esté realizada con componentes de fetos o persona abortadas.
Esta es la noticia que se rumorea y que se va consolidando. Lo cual va a generar grave conflicto con un único colectivo humano: los cristianos, y muy especialmente los católicos.
La conciencia es el recito sagrado de Dios, el último bastión inexpugnable de la capacidad de decisión del ser humano. Satanás sabe que mientras no tenga sometido y sea dueño de ese interior más íntimo de las personas, no se las habrá arrebatado a Dios, que las creó con esa singularidad «marca de la casa», la de ser semejantes y reflejo de su imagen, con las dignidad de una conciencia libre y responsable.
Con lo cual, ante la negativa de los cristianos a vacunarse sobrevendrá todo cuanto ya se advierte «profética» de persecución coaccionadora con todo tipo de medidas para que se plieguen a ser vacunados y someterse a una voluntad superior (de carácter diabólico).
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