La Inquisición (I)

Inquisición. Goya

La así llamada y además santa, «Santa Inquisición», supuso hechos históricos de difícil hasta explicación. Instigar, perseguir, apresar, torturar, quemar… a seres humanos, a semejantes, a prójimos, resulta imposible de asumir y justificar.

Aún con reserva de que fue otra época, un tiempo histórico muy distinto al actual, en que lo contemplamos con otra perspectiva, sólo cabe la desaprobación, pues fue causante de mucho dolor. Ahora bien, una vez emitido juicio condenatorio, precisemos algunas cuestiones:

La Inquisición rigorista,  extrema, perversa… no es imputable propiamente a la Iglesia ¿Por qué pensar que la verdad está en lo negro, en el mal, y no en el bien? ¿Por qué pensar que los Torquemedas… son la demostración de algo, y no, santo Domingo, san Juan de Ávila, san Juan de la Cruz, santa Teresa, san Ignacio, san Francisco Javier, san Francisco de Borja, san Juan de Dios… Santa Juana de Arco devorada por el fuego en el cadalso en 1431 y luego beatificada en 1909? ¿Por qué pensar que son los malos los que representan la verdad o el rostro auténtico de la doctrina cristiana, y no los buenos? Los que fueron perseguidos resultaron ser sus propios santos. La verdad no la ostentan los verdugos sino las víctimas; no los malos, sino los justos, buenos y santos, los que testimonian la autenticidad de la fe cristiana, frente a la intolerancia y el fanatismo que pervierte la sana doctrina, a veces hasta creyendo que hace un favor a Dios. Ya lo advirtió en Señor: “Llegará la hora en que los mismo que os den muerte creerán que tributan culto a Dios[1]. Las fechorías de la religión pueden dar para una provocativa historia, pero las buenas obras diarias de millones y millones de personas son la verdadera historia de la religión y la Iglesia; que ha ido a la par del crecimiento y prosperidad de la humanidad.

Inquisiciones hubo tantas como religiones había en esos siglos. Para esa época, un ataque a la religión de un país, ya fuera la católica, la luterana, la anglicana o la calvinista, suponía algo tan importante para la estabilidad de su gobierno, como lo es el terrorismo o la guerrilla para una democracia actual. La humanidad y benignidad de la Inquisición española contrasta agudamente con las invariables ejecuciones de los acusados por los tribunales seglares[2]. De hecho sabemos que había gente que blasfemaba adrede para que le juzgara la Inquisición en vez del Estado civil porque sabía que la pena era menor. Por otra parte, la Inquisición no procedió contra judíos, musulmanes ni paganos; su competencia se limitaba a los bautizados. Existía el principio, de absoluto respeto, de que no  hay que obligar a nadie a creer[3].

Una cosa si parece cierta: es el  cristianismo quien ha salvado a la razón humana a lo largo de la historia de Occidente, ha salvado a la razón de sucumbir en “desviaciones o trastornos” como las supersticiones: fetiches, talismanes, horóscopos, adivinaciones, sectas. Respecto a las supersticiones, la Inquisición supuso un “principio de racionalidad”.

(Para ver el segundo artículo: AQUI)

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] Jn 16,2.

[2] Ib. pp. 214-215. Y Roth Cecil, La Inquisición española, 1999, p. 163. dice Henningsen: “La Inquisición fue la salvación de miles de personas acusadas de un crimen imposible. Por este servicio a la humanidad y a la verdad de librar de la muerte a miles de acusados de brujería, la Inquisición española merece la gratitud de todos los hombres civilizados”

[3] Aún en la edad media siguió en vigor el decreto del IV Concilio de Toledo, año 633: “No hay que obligar a nadie a creer”.

 


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