La Iglesia ha de plantarse ante la totalización del NOM

Es de preocupar el acaparamiento de poder de los Estados e instituciones políticas, influenciables por la plutocracia -cada vez menos discreta-, y que en conjunto se comprenden en el llamado NOM (Nuevo Orden Mundial).

Inquieta de veras el desmedido y cada vez mayor poder e ilimitada capacidad de influencia en todos los órdenes de la vida de la gente por parte de los Estados y estas fuerzas aledañas, algunas incluso que no conocemos. Este NOM ya no encuentra contrapeso -o poder independiente- que le pueda parar los pies en su deriva totalizadora; han doblegado a los poderes de Montesquieu, de manera especial el judicial, y a cualquier otra fuerza u organización social, sindical o periodística y mediáticas como internet, al igual que con las élites culturales, artísticas, o chiringuitos varios (activistas), etc. (que viven en parte de las subvenciones y el buen trato fiscal, o el riesgo de la exclusión o el ostracismo de lo «políticamente correcto«, que han inventado como censura, y con la seria amenaza de la subjetiva «ley del odio«). En fin que o estas de su parte, a lo que dispongan, o vas dado, corres el peligro de acabar muy mal.

Asistimos a una deconstrucción a escala global: un constructivismo antropológico en las muy extendidas corrientes ideológicas de género y en la aceptación social del aborto y la eutanasia, un constructivismo histórico y también pedagógico, reforzado con el dominio de la escuela y de todas las fuentes de información.

Ante los derroteros por los que va el mundo, la Iglesia no ha de dar un paso atrás en su actitud crítica y en trasladar su verdad -la de los valores provenientes del Evangelio-, aunque se encuentre sola. La Iglesia no puede evadir esta responsabilidad, cueste lo que cueste, como le ocurrió a su cabeza y señor, Cristo.

Adaptarse a la discurso imperante mundanidad materialpregresista, al espíritu de los tiempos, sin ser crítico, es diluirse, dejar de ser sal, que se vuelva sosa, y no aportar al mundo el saber de la Buena Nueva del Evangelio del Reino de Dios.

La Iglesia, si quiere ser ella misma, fiel al Evangelio y a su Señor, no tiene más remedio -y llegará un momento que así tendrá que ser- que procurar su absoluta independencia de cualquier ligazón con los Estados, que la hace plegarse al poder político (y al NOM), y plantarse. Aunque esta independencia, libertad, verdad y valentía comporte críticas, zancadillas, persecuciones y probreza. Este momento ha de llegar y llegará, no tardando. Seguro que será a un alto precio; ya lo sabemos; pero el Señor estará con nosotros.

ACTUALIDAD CATÓLICA


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