En el Evangelio —según san Juan (17,1-11)— de la liturgia de hoy 19 de mayo, Jesús, en esos momentos últimos aquí en el mundo en los que va a afrontar el desenlace doloroso de su trágica despedida, y eleva su oración al Padre rogando por sus discípulos para que cuide de ellos.
Jesús que va vivir la pasión que le llevará a la muerte por la maldad del mundo, se olvida de sí para mirar por sus amigos y por salvar a la Humanidad.
Hoy, como entonces, como dijo el papa Francisco: «Jesús continúa amándonos y ruega por nosotros. Teniendo como modelo la oración de Jesús, aprendamos también nosotros a atravesar los momentos dramáticos y dolorosos de la vida.»
Lectura del santo evangelio según san Juan 17,1-11:
En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo:
“Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.
Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera.
He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y tú me los diste. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado.
Te pido por ellos; no te pido por el mundo, sino por éstos, que tú me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo’’.
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Palabras del papa Francisco
(Homilia en la Misa para los fieles del Myanmar residentes en Roma, 16 de mayo de 2021)
En las últimas horas de su vida, Jesús reza. En el momento doloroso de la despedida de sus discípulos y de este mundo, Jesús ruega por sus amigos. Mientras en su corazón y en su carne está cargando con todo el pecado del mundo, Jesús continúa amándonos y ruega por nosotros. Teniendo como modelo la oración de Jesús, aprendamos también nosotros a atravesar los momentos dramáticos y dolorosos de la vida. Detengámonos en particular en el verbo con el que Jesús ruega al Padre: cuidar.
En primer lugar, cuidar la fe. Debemos custodiar la fe para no sucumbir al dolor ni dejarnos caer en la resignación de quien ya no ve una salida. Antes que las palabras, de hecho, el Evangelio nos presenta una actitud de Jesús. El Evangelista dice que rezaba levantando «los ojos al cielo» (Jn 17,1). Son las horas finales de su vida, siente el peso de la angustia por la pasión que se acerca, advierte la oscuridad de la noche que está por caer sobre Él, se siente traicionado y abandonado; pero justo en ese momento, en ese preciso instante, Jesús levanta los ojos al cielo. Levanta la mirada hacia Dios. No baja la cabeza ante el mal, no se deja aplastar por el dolor ni se aísla en la amargura de quien está derrotado y decepcionado, sino que mira hacia lo alto. Lo había recomendado también a los suyos: cuando Jerusalén esté rodeada por ejércitos y los pueblos huyan angustiados, y haya miedo y devastación, precisamente entonces «tengan ánimo y levanten la cabeza, porque se acerca su liberación» (Lc 21,28). Custodiar la fe es mantener la mirada en alto, hacia el cielo, mientras sobre la tierra se combate y se derrama sangre inocente. Es no ceder a la lógica del odio y de la venganza, sino permanecer con la mirada puesta en ese Dios de amor que nos llama a ser hermanos entre nosotros.
La oración nos abre a la confianza en Dios incluso en los momentos difíciles, nos ayuda a esperar contra todas las evidencias, nos sostiene en la batalla cotidiana. No es una fuga, un modo de escapar de los problemas. Al contrario, es la única arma que tenemos para cuidar el amor y la esperanza en medio de tantas armas que siembran muerte. No es fácil alzar la mirada cuando estamos en medio del dolor, pero la fe nos ayuda a vencer la tentación de replegarnos en nosotros mismos. Tal vez quisiéramos protestar, expresar a gritos, incluso a Dios, nuestro sufrimiento. No debemos tener miedo, porque también esto es oración. Decía una anciana a sus nietos: “También enfadarse con Dios puede ser una oración”; la sabiduría de los justos y de los sencillos, que saben levantar los ojos en los momentos difíciles… En ciertos momentos, es una oración que Dios acoge más que otras porque nace de un corazón herido, y el Señor escucha siempre el grito de su pueblo y enjuga sus lágrimas. Queridos hermanos y hermanas, no dejen de mirar a lo alto. Cuiden la fe.
Un segundo aspecto del cuidar: cuidar la unidad. Jesús reza al Padre para que guarde a los suyos en la unidad, para que «todos sean uno» (Jn 17,21), una sola familia donde reinan el amor y la fraternidad. Él conocía el corazón de sus discípulos; a veces los había visto discutir sobre quién debía ser el más grande, quién debía mandar. Esta es una enfermedad mortal: la división. La experimentamos en nuestro corazón, porque frecuentemente estamos divididos dentro de nosotros mismos. Experimentamos la división en las familias, en las comunidades, entre los pueblos, incluso en la Iglesia. Son muchos los pecados contra la unidad: las envidias, los celos, la búsqueda de intereses personales en vez del bien de todos, los juicios contra los otros. Y estos pequeños conflictos que tenemos entre nosotros se reflejan después en los grandes conflictos, como el que vive en estos días vuestro país. Cuando los intereses de parte, la sed de ventajas y de poder se imponen, estallan siempre enfrentamientos y divisiones. La última recomendación que Jesús hace antes de su Pascua es la unidad. Porque la división viene del diablo que es el que divide, el gran mentiroso que siempre divide.
Estamos llamados a cuidar la unidad, a tomar en serio esta apremiante súplica de Jesús al Padre: que sean uno, que formen una familia, que tengan el valor de vivir vínculos de amistad, de amor, de fraternidad. Cuánta necesidad hay, sobre todo hoy, de fraternidad. Sé que algunas situaciones políticas y sociales son más grandes que ustedes, pero el compromiso por la paz y la fraternidad nace siempre de la base. Cada uno, en lo pequeño, puede hacer su parte. Cada uno, en lo pequeño, puede comprometerse a ser constructor de fraternidad, a ser sembrador de fraternidad, a trabajar en la reconstrucción de lo que se ha roto, en vez de alimentar la violencia. Estamos llamados a hacerlo, también como Iglesia. Promovamos el diálogo, el respeto por el otro, la custodia del hermano, la comunión. Y no dejemos entrar en la Iglesia la lógica de los partidos, la lógica que divide, la lógica que nos pone a cada uno de nosotros al centro, descartando a los demás. Esto destruye: destruye la familia, destruye la Iglesia, destruye la sociedad, nos destruye a nosotros mismos.
Finalmente, la tercera cosa a cuidar, la verdad. Jesús pide al Padre que consagre en la verdad a sus discípulos, que son enviados por el mundo a continuar su misión. Custodiar la verdad no significa defender ideas, convertirnos en guardianes de un sistema de doctrinas y de dogmas, sino permanecer unidos a Cristo y estar consagrados a su Evangelio. La verdad, en el lenguaje del apóstol Juan, es Cristo mismo, revelación del amor del Padre. Jesús ruega para que, viviendo en el mundo, los discípulos no sigan los criterios de este mundo. Para que no se dejen cautivar por los ídolos, sino que cuiden la amistad con Él; que no dobleguen el Evangelio a las lógicas humanas y mundanas, sino que mantengan íntegro su mensaje. Cuidar la verdad significa ser profetas en todas las situaciones de la vida, es decir, estar consagrados al Evangelio y ser testigos aun cuando haya que pagar el precio de ir contracorriente. A veces, nosotros cristianos buscamos un acuerdo, sin embargo, el Evangelio nos pide estar en la verdad y para la verdad, dando la vida por los demás. Y donde hay guerra, violencia y odio, ser fieles al Evangelio y constructores de paz significa comprometerse, también a través de las decisiones sociales y políticas, arriesgando la vida. Sólo así las cosas pueden cambiar. El Señor no necesita gente tibia, nos quiere consagrados a la verdad y a la belleza del Evangelio, para que podamos testimoniar la alegría del Reino de Dios también en la noche oscura del dolor y cuando el mal parece más fuerte.
Jesús todavía hoy ruega al Padre, en su oración hacer ver al Padre las llagas con las cuales ha pagado nuestra salvación; con esta oración Jesús reza e intercede por todos nosotros, para que nos cuide del maligno y nos libere del poder del mal.
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Catena Aurea
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 79
Como el Señor había dicho «Seréis afligidos en el mundo» ( Jn 16,33), se pone en oración después de esta advertencia, enseñándonos así a acudir en la tribulación al refugio de Dios. Por esto dice: «Esto habló Jesús».
Beda
Debe entenderse de aquello que les dijo en la cena, sentados a la mesa, hasta que pronunció «Levantáos, vámonos de aquí», y después, estando en pie, hasta el fin del himno, que empezó así: «Y elevando los ojos al cielo, dijo: Padre», etc.
Crisóstomo, ut supra
El elevó los ojos al cielo para enseñarnos el modo como debemos orar: que, estando en pie, miremos al cielo, no sólo con los ojos del cuerpo, sino que también con los del espíritu.
San Agustín, in Ioannem, tract., 104
Podía el Señor, que había tomado la forma de siervo, orar en silencio, si hubiera sido necesario, pero quiso manifestarse al Padre como suplicante, para que se acordase que era nuestro Maestro. Esta es la razón por la que estas palabras de oración que dirigió al Padre, sirven de edificación, no sólo a los discípulos que le oyeron, sino que también a nosotros que habíamos de leerlas. Lo que dijo: «Padre, viene la hora», demuestra que todo tiempo es oportuno para hacer lo que tiene dispuesto Aquel que no está sujeto a tiempo; y no se crea que esta hora significa hado o destino apremiante, sino disposición divina. ¡Lejos de nosotros el creer que las estrellas obligasen a morir a su Creador!
San Hilario, De Trin. l.3
No dice que ha llegado el día ni el tiempo, sino «la hora». La hora es parte de un día. Y ¿cuál será esta hora? Era la de ser escupido, azotado y crucificado, pero en ella el Padre glorifica al Hijo. El curso de esta obra se consuma, y con su muerte todos los elementos del mundo se resienten: al peso del Señor, pendiente en la Cruz, la tierra tiembla y confiesa que no puede contener dentro de sí a Aquel que muere. Exclama el Centurión: «¡Verdaderamente, Este era Hijo de Dios!» ( Mt 27,54). Esta exclamación concuerda con la profecía: el Señor había dicho: «Glorifica a tu Hijo»; y no sólo es contestado con el nombre de Hijo, sino que también con la de tuyo. Muchos, en verdad, son hijos de Dios; pero no como Este, que es propiamente verdadero Hijo por origen, no por adopción; en verdad, no de sólo nombre; por nacimiento, no por creación. Por tanto, después de su glorificación, siguió la confesión de la verdad, pues el Centurión le confiesa verdadero Hijo de Dios, a fin de que ninguno de los creyentes pueda dudar que Jesucristo fue confesado hasta por sus perseguidores.
San Agustín, ut supra
Pero si en su pasión fue glorificado, cuánto más en su resurrección. Porque en su pasión brilla más su humildad que su gloria. Por cuanto dice: «Padre, viene la hora; glorifica a tu Hijo», debe entenderse: Viene la hora de sembrar la humildad. No difieras el fruto de la gloria.
San Hilario, ut supra
Quizá se tendrá por debilidad en el Hijo la esperanza de su glorificación: y ¿quién no confesará superior al Padre, cuando El mismo dice «El Padre es mayor que yo»? ( Jn 14,28). Pero se ha de precaver que los ignorantes no entiendan que la gloria del Padre menoscabe el honor del Hijo, pues sigue: «Para que tu Hijo te glorifique a ti». Por tanto, no es inferior el Hijo, que ha de volver a su vez la glorificación que El recibe; así, pues, la petición de glorificación mutua manifiesta el poder divino en los dos.
San Agustín, in Ioannem, tract., 105
Con razón se pregunta cómo el Hijo glorificará al Padre, siendo así que la gloria sempiterna del Padre ni puede disminuirse en la forma humana, ni aumentarse en su perfección divina; pero entre los hombres era menor cuando tan sólo en Judea era Dios conocido ( Sal 75); y como el Evangelio de Cristo, por el hecho de ser predicado en todas las naciones, había de dar a conocer al Padre, de aquí que el Padre fuera glorificado por el Hijo. Dice, pues: «Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti». Como si dijera: «Resucítame, para que por mí te hagas patente a todo el mundo». Declara a continuación más y más, cómo el Hijo glorifica al Padre, diciendo: «Así como le diste poder sobre toda carne, a fin de que todo lo que le concediste a El, les dé a ellos vida eterna». Llamó toda carne a todos los hombres, demostrando el todo por la parte. Pero este poder dado por el Padre a Cristo sobre toda carne, debe entenderse en cuanto hombre.
San Hilario, ut supra
Porque hecho carne había de restituir a la vida inmortal los cuerpos caducos y mortales.
San Hilario, De Trin. l.9
O de otro modo: la aceptación del poder es sólo la demostración de su generación, en la que recibió lo que es al nacer. La entrega (del poder) no significa superioridad, sino que el Padre es quien da, permaneciendo en El Dios Hijo, quien ha tomado el poder de dar la vida eterna.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 79
«Le diste poder sobre toda carne», para demostrar que su predicación debía extenderse no sólo a los judíos, sino a todo el mundo. ¿Pero qué quiere decir toda carne? porque no todos creyeron. En verdad, que en cuanto de El dependió todos creyeron. Pero si no quisieron oír lo que se les decía, no es culpa de la predicación, sino de los que no quisieron escucharla.
San Agustín, in Ioannem, tract., 105
Así como le habéis dado poder sobre toda carne, para que os glorifique el Hijo»; esto es, para que os dé a conocer a todos los hombres que le diste; del mismo modo le diste el poder de darles la vida eterna.
San Hilario, De Trin., l.3
Pero en qué consiste la vida eterna, lo demuestra cuando dice: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti solo verdadero Dios», etc. Vida es conocer al verdadero Dios, pero no lo constituye sólo esto. ¿Qué es, pues, lo que debe añadirse? «Y al que enviaste, Jesucristo».
San Hilario, De Trin. l.4
Los arrianos entienden que sólo el Padre es Dios único, sólo El justo, sólo El sabio, y según éstos, el Hijo queda separado y sin comunicación de uno con otro en lo que les es propio. Si se atribuye esto tan sólo al Padre, es necesario admitir que el Hijo de Dios no es verdad ni sabiduría.
San Hilario, De Trin. l.5
No es dudoso para nadie que la verdad de una cosa se manifiesta por su naturaleza y sus efectos: es verdadero trigo el que molido y hecho harina y cocido pan, sirve de alimento y produce los efectos de su naturaleza. Pregunto, pues, ¿cómo puede faltar al Hijo la verdad, no faltándole la naturaleza ni el poder de Dios? El ha hecho en virtud de su naturaleza y su poder, que fueran hechas y existieran a su placer las cosas que no eran.
San Hilario, De Trin. l.9
¿Acaso porque dice a ti solo, separa de Dios su comunión y unidad? Se separa, en verdad, pero no en el sentido que sigue: «A ti solo verdadero Dios», y a continuación añade: «Y a Jesucristo a quien enviaste». La fe de la Iglesia se funda en esto para confesar a Jesucristo verdadero Dios, después que ha confesado al Padre: es el único verdadero Dios, porque el nacimiento del Hijo por naturaleza no causa disminución en Dios.
San Agustín, De Trin. 6, 9
Tenemos el deber de estudiar esta palabra dirigida al Padre: «Para que te conozcan a ti solo verdadero Dios», como dando a entender que sólo el Padre es Dios verdadero, y que no estamos obligados a creer que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Dios. Pero por el testimonio del Señor decimos que el Padre es solo verdadero Dios; que el Hijo es solo verdadero Dios, y que el Espíritu Santo es solo verdadero Dios; y que juntamente el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (esto es, juntamente la misma Trinidad), no son tres Dioses verdaderos, sino un solo verdadero Dios.
San Agustín, ut supra
He aquí el orden de estas palabras: «Que a ti y al que enviaste Jesucristo, conozcan por el solo verdadero Dios». Por consiguiente se entiende también el Espíritu Santo, porque es Espíritu del Padre y del Hijo, como amor consustancial de los dos. Así, el Hijo te glorifica haciendo que todos los que tú le diste te conozcan. Si el conocimiento de Dios es la vida eterna, nosotros progresaremos tanto más en la vida eterna cuanto más aprovechemos en el conocimiento de Dios. Pero nosotros no hemos de morir en la vida eterna, y entonces será perfecto el conocimiento de Dios, cuando ya no habrá muerte, y entonces la glorificación de Dios será suprema, porque también lo será la gloria. Los antiguos definieron así la gloria: la aclamación del nombre de alguno con alabanza. Pero si el hombre se cree glorificado cuando es famoso su nombre, ¿cuánta no será la gloria de Dios, cuando se verá en sí mismo? Esta es la razón por la que está escrito: «Bienaventurados los que habitan en tu casa, porque te alabarán en los siglos de los siglos» ( Sal 83,5). Allí será la alabanza eterna, donde será pleno el conocimiento de Dios y, por tanto, su glorificación.
San Agustín, De Trin. 1, 8
Cuando vivamos eternamente, contemplaremos lo que dijo a su siervo Moisés: «Yo soy el que soy» ( Ex 3,14).
San Agustín, De Trin. 3, 18
Cuando nuestra fe sea verdad en vida, entonces nuestra mortalidad se cambiará en la eternidad.
San Agustín, in Ioannem, tract., 105
Pero antes Dios es glorificado en este mundo cuando se da a conocer a los hombres por la predicación y por la fe de los creyentes, por lo que dice: «Yo te glorifiqué sobre la tierra».
San Hilario, De Trin. l. 3
Este cambio de glorificación no pertenece al provecho de la divinidad, sino al honor que ella recibe de aquellos que lo dan a conocer a los que lo ignoraban.
Crisóstomo, ut supra
Por esto dice: «Sobre la tierra», porque en el cielo ya era glorificado recibiendo la gloria de su propia naturaleza, y adorado por los ángeles. No habla de aquella gloria que pertenece a su sustancia, sino de la que pertenece al culto de los hombres. Por lo que dice: «Consumé la obra que me encargaste hacer».
San Agustín, ut supra
No dice que me mandaste, sino «que me encargaste», palabras que evidentemente favorecen el dogma de la gracia. ¿Qué tiene, pues, que no hubiera recibido en el Unigénito la naturaleza humana? ¿Pero cómo consumó la obra que aceptó, cuando todavía le faltaba la prueba de su pasión, sino porque estaba cierto de que sería consumada?
Crisóstomo, ut supra
Dice «Consumé»: casi por lo que a mí toca, todo está hecho. O bien porque hecha la mayor parte puede decirse hecho todo. La raíz de todos los bienes quedó plantada, y en consecuencia debían seguir todos los frutos, y en lo sucesivo El quedaba presente para lo que restaba hacer.
San Hilario, De Trin. l. 9
Después de habernos mostrado el mérito de su obediencia y el misterio de su misión divina, añade: «Y ahora glorifícame tú, Padre, en ti mismo».
San Agustín, ut supra
Antes había dicho: «Padre, viene la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti», en cuyo orden de palabras manifestaba que primero había de ser glorificado el Hijo por el Padre, para que a Este le glorificase el Hijo. Pero ahora dice: «Yo te he glorificado, y tú ahora glorifícame», como si El hubiera glorificado primero al Padre, de quien pedía después su glorificación. Es necesario reconocer que antes se había servido de las mismas palabras y en el mismo orden en que había de suceder después, pero ahora usa del verbo en tiempo pretérito sobre cosa futura, como si dijera: «Yo te glorificaré sobre la tierra», consumando la obra que me encargaste que haga, y entre tanto, glorifícame tú Padre, que es enteramente la misma sentencia, con la sola diferencia de que aquí añade el modo de glorificación, con estas palabras: «Con aquella gloria que tuve antes de que el mundo fuese hecho, contigo». El orden de las palabras es éste: «Que tuve contigo antes de que el mundo existiera». Algunos pensaron que estas palabras debían entenderse en el sentido de que la naturaleza humana, a la que el Verbo se había unido, se convirtiese en Verbo, y el hombre en Dios. Pero si atentamente consideramos esta opinión, la humanidad perecería en Dios, porque no habrá nadie que se atreva a decir que por esta mutación del hombre, el Verbo de Dios se duplicaría o aumentaría. Porque quien negara la predestinación del Hijo de Dios, negaría por lo mismo la del Hijo del Hombre. Y más abajo, como viese llegar el tiempo predestinado, rogó que su predestinación se convirtiera en realidad, diciendo: «Y ahora glorifícame», etc. Esto es: con aquella gloria que tuve en ti en tu predestinación, es ya tiempo de que aun viviendo reciba tu glorificación a tu derecha.
San Hilario, De Trin. l. 3
O pedía para que lo que había empezado en el tiempo, recibiese aquella gloria que está más allá del tiempo, a fin de que desapareciese la corrupción de la carne y quedara transformada en el poder de Dios y en la incorruptibilidad del Espíritu.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 80
Porque había dicho «Consumé la obra», manifiesta qué obra, a saber, que publicará el nombre de Dios. Por esto dice: «Manifesté tu nombre a los hombres que me diste».
San Agustín, in Ioannem, tract., 106
Si esto no se refiere más que a aquellos discípulos que cenaron con El, esta glorificación no corresponde a aquella de que antes se hablaba, por la que el Hijo glorifica al Padre. ¿Qué gloria podía resultar de la manifestación a once o doce hombres? Pero si lo que dice «He manifestado tu nombre a los hombres que me diste del mundo», quiere decir todos los que habían de creer en El, no queda duda de que ésta es la glorificación con la que el Hijo glorifica al Padre. Y las palabras «Yo he manifestado tu nombre», son las mismas que antes había dicho: «Yo te he glorificado», para el tiempo venidero, usando aquí y allí el pretérito. Pero de lo que a continuación sigue se demuestra como más creíble, que no se refería a todos los que habían de creer, sino a los que ya eran sus discípulos. Desde el principio de su discurso quería dar a entender el Señor como suyos a aquellos por quienes glorifica al Padre, manifestándoles su nombre, pues como dijera «Tu Hijo te glorifique», manifestó en seguida cómo había de ser esto, diciendo: «Así como le diste poder sobre toda carne». Ahora ya oigamos a qué discípulos de los que le oían se refiere. «Yo manifesté tu nombre a los hombres que me diste del mundo». Entonces, aun siendo judíos, no habían conocido el nombre de Dios; pues ¿por qué se lee en el Salmo «Conocido es Dios en Judea, y en Israel es grande su nombre»? (Sal 75,2) Porque estas palabras, «Manifesté tu nombre a los hombres que me diste del mundo», que me oyen, no deben entenderse del nombre con que te llamas Dios. Sino del que te llamas Padre mío, el cual no podía ser manifestado sin la manifestación del Hijo; pues por cuanto Dios lo es de toda criatura, su nombre no ha podido ser desconocido a todas las naciones antes que creyeran en Cristo. Como criador del mundo y antes que fueran instruidos en la fe de Cristo, Dios era conocido en medio de todas las naciones. En Judea era conocido de un modo que su culto no podía confundirse con el de los dioses falsos. Pero como Padre de Cristo, por el que ha borrado los pecados del mundo, su nombre en otro tiempo desconocido fue dado a conocer a aquellos del mundo a quienes el Padre le dio. ¿Pero de qué modo lo manifestó, si aun no había venido la hora de la que antes había dicho: «Porque viene la hora en que ya no os hablaré con parábolas?» ( Jn 16,25). Es necesario entender que esta frase fue pronunciada para el tiempo venidero, en verbo pretérito.
Crisóstomo, ut supra
O bien que El les había dejado comprender por las palabras y las obras que el Padre tenía a Cristo por Hijo.
San Agustín, ut supra
Con las palabras «Que tu me diste de este mundo», dijo a sus apóstoles que ellos no eran de este mundo, por efecto de su regeneración, no de su nacimiento. ¿Qué quiere decir lo que sigue, «Tuyos eran y me los diste»? ¿Es que el Padre en algún tiempo tuvo algo que no tuvo el Hijo? De ningún modo. Pero el Hijo de Dios tuvo en cierto tiempo lo que no tuvo aún el Hijo del hombre, que aun no había sido hecho hombre en el seno de su Madre. Así, que cuando dijo «Tuyos eran», el Hijo de Dios no se separó de su Padre, pero acostumbró atribuir el poder a Aquel de quien le viene el ser y el poder. Y por eso dice «y me los diste», dando a entender que como hombre ha recibido el poder de poseer; y aunque El mismo se los dio a sí, esto es, Dios Cristo con el Padre.
Crisóstomo, ut supra
Dijo esto para manifestar la unidad que existe entre El y el Padre, y lo que le agrada al Padre que crean al Hijo. Por eso sigue: «Y guardaron tu palabra».
Beda
Se llama asimismo palabra del Padre, porque por El el Padre lo creó todo y contiene en sí toda palabra; y como si dijera, la aprendieron de memoria para no olvidarla jamás. Y dice: «Y guardaron tu palabra», es decir, en aquello que en mí creyeron; y sigue: «Y ahora han conocido que todo lo que me diste viene de ti». Algunos, sin embargo, dicen que el sentido de éste texto es como sigue: ahora he conocido que todos los que me diste son ajenos a Ti. Pero en esto no tienen razón, porque ¿qué podía ignorar el Hijo de las cosas que son de su Padre? Pero se dice que esto habla de los discípulos, como si dijera: Ellos han conocido que no hay en mí nada extraño a ti, y que todo lo que enseño es tuyo.
San Agustín, ut supra
El Padre le dio todas las cosas en el momento que engendró al que todas las cosas tiene.
Crisóstomo, ut supra
¿Y en dónde aprendieron? En mis palabras, con las que les enseñaba que yo salí de ti: este Evangelio procuraba extender. Por eso añade: «Porque les di las palabras que me diste, y ellos las recibieron».
San Agustín, ut supra
Esto es, las entendieron y las retuvieron, pues la palabra es recibida cuando es comprendida por la inteligencia. Y sigue: «Y conocieron verdaderamente que yo salí de ti». Y para que nadie juzgara que este conocimiento era fruto de la inspiración y no de la fe, expresa su pensamiento, diciendo: «Y creyeron» (esto es, que tú me enviaste). Estos, pues, creyeron en verdad, porque conocieron la verdad. Las palabras salí de ti, es lo mismo que tú me enviaste. Lo que dice: «Creyeron en verdad» entendamos que no fue dicho del mismo modo que arriba dijo: «Ahora creéis, viene la hora en que os disperséis cada uno por su lado», sino que debe entenderse de este modo: creeréis de un modo indudable, firme, constante, fuerte; no ya para abandonar a Cristo y volver a vuestras familias. Verdad que los discípulos aun no eran tales cual los describen las palabras del pasado, como si ya lo fuesen, pronosticando lo que habían de ser después de recibir el Espíritu Santo. ¿Cómo el Padre dio al Hijo estas palabras? Esta cuestión es fácil de resolver, considerando que las recibió del Padre como Hijo del hombre. Porque si se le considera que las recibió como engendrado del Padre, no hay cuestión de tiempo, porque El fue primero, antes que existieran estas palabras; pues todo lo que Dios Padre dio al Hijo se lo dio al engendrarlo.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 80
Como a pesar de oír los discípulos muchas palabras de consuelo, no se persuadían, El continúa dirigiéndose a su Padre dando expansión al sentimiento de amor que les tenía, y dice: «Yo ruego por ellos»; como si dijera: «Yo les doy no sólo lo que de mí depende, sino que aun pido para ellos otra cosa para manifestarles más mi amor».
San Agustín, in Ioannem, tract., 106
Pero cuando añadió: «No por el mundo», quiso dar a entender por mundo a aquellos que viven según la concupiscencia del mundo, y no en la suerte de la gracia para ser elegidos de entre el mundo, cuya suerte significa cuando dice: «Sino (que ruego) por los que me diste». Por lo mismo que el Padre ya se los dio, ya no pertenecen al mundo, por el cual no ruega; ni porque el Padre los dio al Hijo perdió los que le dio, y así dice: «Porque tuyos son».
Crisóstomo, ut supra
Repite con frecuencia «Me los diste», para demostrar que esta palabra es grata al Padre, y que no vino como extraño a seducirlos, sino que los recibió como propios. Después, para que nadie piense que es nuevo su poder y que recientemente lo ha recibido del Padre, añade: «Y todas mis cosas son tuyas, y todas las tuyas son mías». Como diciendo: Para que nadie crea que porque me los diste dejan de ser del Padre, porque mis cosas son suyas; ni que oyendo que eran tuyos entienda que me eran extraños, porque lo que es del Padre es mío.
San Agustín, ut supra
Claramente se ve, pues, cómo son del Hijo todas las cosas que son del Padre, por la razón de que es Dios nacido del Padre e igual al Padre. No como se dijo al mayor de los dos hijos: «Todas mis cosas son tuyas» ( Lc 15,31), las cuales se refieren a todos los seres inferiores a la criatura racional, mientras que las dichas al Salvador hablan de la criatura racional que no está sujeta más que a Dios. Esta, pues, perteneciendo al Padre, no podría ser al mismo tiempo del Hijo si no fuera igual al Padre. Es, por tanto, un pecado el decir que los santos de quienes esto se ha dicho sean de otro, sino de quien fueron criados y santificados. Hablando del Espíritu Santo, dijo: «Todo lo que tiene el Padre, es mío» ( Jn 16,15), refiriéndose a lo que pertenece a la misma divinidad del Padre. Y ni el Espíritu Santo habrá de recibir de una creatura que esté sometida al Padre y al Hijo, porque ha dicho: «De lo mío recibirá» ( Jn 16,14).
Crisóstomo, ut supra
Pasa después a probar lo antedicho, en esta forma: «Yo he sido glorificado en ellos», lo que prueba que tengo poder sobre ellos por cuanto me glorifican creyendo en ti y en mí, pues no es glorificado por los que no dependen de su potestad.
San Agustín, in Ioannem, tract., 106
Diciendo que esto ya ha sido hecho, manifiesta que ya ha sido predestinado, y quiso tener por cierto lo que se había de hacer. Pero se pregunta si es la misma glorificación de la que había dicho: «Y ahora glorifícame tú, Padre en ti mismo». Porque si es en ti, ¿cómo ha de ser en ellos? Pues porque esta gloria se les hace patente a ellos, y por ellos a todos los que les creen como testigos suyos, y por esto dice: «Y yo no estoy en el mundo, y ellos en el mundo están».
Crisóstomo, ut supra
Esto es, aunque no aparezca según la carne, soy glorificado por aquellos que mueren por mí, así como por el Padre, y me predican como al Padre.
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