La ideología de género, los ataques a la familia, la promoción de la sexualidad a corta edad, la legalización del aborto, de la eutanasia, lo políticamente correcto, la manipulación mediática, la censura, la legislación del odio, la cultura “del descarte”, la mentalidad de indiferencia y la uniformización… Todas esta cuestiones se están dando en nuestros días con una gran profusión mediática, creándose opinión y tratando de encauzar el pensamiento dominante por esos patrones, dictados por no se sabe bien por quién y para qué fin específico común. Aunque cabe colegirse que muy probablemente éstas manos invisible que mueve la cuna sospechamos que tiene un nombre: NOM.
Mencionando un hecho ilustrativo concreto: Hasta muy recientemente el empeño puesto en el candelero fue la cuestión de la igualdad de género, y más específicamente en el vocabulario. Así, se trata de modificar el lenguaje, inventándose palabras con terminación femenina, y descartando cualquier término genérico que no resulte inclusivo. (Todo esto, dicho de paso, parece cosa disparatada tratar de forzar el hablar de forma tan artificiosa y no creemos que tenga mayor recorrido, cosa que parece ya verse).
Todo ello, y visto en conjunto, relacionadamente, nos lleva a pensar que se trata, ni más ni menos, que el intento de uniformizar lo distinto, eliminar la diferencia que suma y complementa y enriquece, para igualar masivamente. O yendo un poco más allá, aniquilar la naturaleza en sí, la creación, la dignidad de la singularidad irrepetible y la grandeza de cada persona para diluirla en un todo, de despersonalizarla y de hacerla perder dimensión trascendente.
Entonces llegaremos a no ver a ser humano es sus justos términos, es más ya no le veremos, nos será indiferente. Impuesta la globalización de la indiferencia, entonces la cultura del descarte -en todas sus maneras posibles- resultará fácil y factible, sin el más mínimo asomo de sentimiento de culpa.
Y esto del descarte tiene unas consecuencias de largo alcance e imprevisible: desde la aniquilación de los fetos, a la de los «sobrantes urbanos» que pululan por las calles de nuestras ciudades, los enfermos «medio terminar» que resulten una carga, los ancianos que pasen de una determinada edad, los que no tenga calidad de vida, los que supongan un lastre social, los emigrantes, etc., e incluso se podrá llevar al extremo de perseguir o eliminar (excluir al menos socialmente) a quien piense no según lo establecido o políticamente correcto, esgrimiendo cualquier argumento de seguridad o de bien común.
Contra toda esta cultura del descarte o, más acertadamente, de la muerte, con la que se convive cada vez más con absoluta normalidad, choca -y quizá como único baluarte- la cosmovisión cristiana de la vida. Este comporta, como ya se está viendo, a una cada vez más enconada y aviesa cristianofobia; pues Cristo representa y supone la expresión de la ternura y el amor de misericordia, que suscita la compasión, haciendo inviable el que se imponga cualquier intento de minimizar la grandeza del alma humana, creada por manos divinas.
Dios no va a permanecer indiferente ante la globalización de la indiferencia.
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