Dice el santo Padre Pio X en la introducción d su encíclica Pascendi: «Al oficio de apacentar la grey del Señor que nos ha sido confiada de lo alto, Jesucristo señaló como primer deber el de guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe, tanto frente a las novedades profanas del lenguaje como a las contradicciones de una falsa ciencia.»
Algunos pastores, obispos, de la Iglesia católica, tienen un despiste colosal, Su visión de la realidad y de la doctrina católica está sectariamente afectada por la ideologización dominante: el wokismo o Nuevo Orden Mundial.
Lo que pretenden, en definitiva, con este devaneo de intentar trastocar la doctrina de la Biblia, la Tradición y el Magisterio bimilenario de la Iglesia Católica; desvirtuar especialmente moral -en concreto, la sexual- del Catecismo y adaptarla a la mundanidad imperante. Y con ello, además, crean tensiones y antagonismos separatistas, que amenazan la unidad de la Iglesia, en contra de lo que dijo Jesús: «que sean uno». Lo cual es de una gravedad extraordinaria.
La soberbia, la falta de humildad y sensatez, hace que personas señaladas para dirigir el rebaño por caminos ciertos y seguros le confunde y compromete su salvación; no hay cosa más grave.
Afirman cosas, con opiniones tan arriesgas, tan personales, como por arte de una iluminación especialísima, que se creen estar en la verdad, y que tratan de trasladar a las mansas ovejas que pastorean. Algunas de estas ovejas, muy pocas y menos piadosas, la verdad, pero que hace mucho ruido, se les han unido a ese clero «rebelde» y embarcado en un proyecto con tintes nobles, a lo que llaman sinodalidad, para obtener sus objetivos.
Lo que se aparta en alguna medida de la doctrina establecida está infecto por la influencia insidiosa que ejerce el enemigo de Dios, para confundirle pecaminosamente, e ideologizar la voluntad divina expresada en la doctrina de su Iglesia. Es decir, y en definitiva, es el intento de que algo herético pase como palabra de Dios.
Este descarrío al que se conduce a la grey es de tal gravedad, que ni estos mismos pastores, en su fanática soberbia, son incapaces de una mínima reflexión a cerca de una posible equivocación en la nueva doctrina que promueven; se podrían plantearse seriamente: ¿Y si estoy equivocado? ¿Qué mal estoy provocando? ¿Esto une o divide? ¿Esto que afirmo es más verdad que la doctrina asentada de siempre en la santa madre Iglesia?
En fin, que a veces, incluso, aunque se estuviera acertado, es preferible salvar la unidad, y mostrase humilde, callado, por amor a la Iglesia: porque quien es fiel a ella, es fiel al Señor, y no queda excluido de su Cuerpo.
Y además, permítasenos, es de tontos no escarmentar en cabeza ajena, fínjanse lo que está pasando a los hermanos progres anglicanos y demás protestantes, especialmente en EEUU.
Si eres tonto, irresponsable y soberbio pecador, ¿para qué te aventuras cual iluminado fanático poseedor de la verdad divina en imponerla a feligresía que se te ha encomendado? Este descarrío apostata está poniendo en juego la fe y la salvación de muchos creyentes. Son, en verdad, apóstatas renegados se creen con autoridad para enmendarle la plana al Espíritu Santo.
Desgraciadamente hoy día se da con una exigencia inusitada el que la religión cristiana ha de adaptarse al correr de los tiempos. Añadiendo -para ello- la añagaza de que si quiere ser escuchada ha de hablar el lenguaje del tiempo en que vive. Lo cual es una cosa curiosa, pues la Iglesia no ha dejado durante dos milenios de decir la verdad, y verdad eterna; en cambio, esta verdad ahora parece no ser entendida ni reconocida ni querida. Y dicen: O la Iglesia cambia o nosotros no vamos a cambiar (de lo cambiados que estamos). Acaba de decir el papa León XIV: «No equipararse a la mentalidad del mundo», «actuar con la verdad es costoso, porque en el mundo hay quienes eligen la mentira».
Porque el mundo no acepta nuestra verdad, la verdad, nosotros no vamos a renunciar a ella por complacer a sus oídos. Entre otras cosas porque dejaríamos de ser los que somos: cristianos, y solo cabría aplicarnos lo que nos dijo Jesús: «si la sal se vuelve sosa, solo sirve para ser pisada».
En este punto en que nos encontramos de pretensión de secularización interna el dilema a dilucidar es: O cristianizar el mundo o mundanizar el cristianismo.
Si nos equiparamos al mundo, correremos su misma suerte: estar a merced del diablo, «el mundo entero yace en poder del Maligno» (1 Juan 5,19).
Ideologizar, que es lo que domina hoy día, no es otra cosa que imponer la propia subjetividad, o sea, la visión particular, ideológica, de cada cual sobre la realidad, sobre lo que es, o lo que es lo mismo, sobre la verdad. De modo que lo que es, deja de ser para ser otra cosa, a gusto o deseo del ojo que mira. Así, pues, habrá tantas verdades como personas. ¡Pero esto es algo absurdo, sin lógica; no se puede constituir una vida social con relaciones estableces ni que se fundamente una ética responsable; la convivencia verdadera se convierte en un imposible. Sólo hay dos tipos de filosofía: las cosas son lo que son -realismo- o las cosas son lo que yo creo que son -idealismo- (que ideologiza). El más grande filósofo cristiano, el sabio angélico santo Tomás de Aquino, era de los primeros.
En conclusión, lo que se pretende es que la Iglesia haga como hace el mundo actual, ideologice su doctrina, o sea que la modifique ajustándola al espíritu del tiempo. Y si no lo hace así, el mundo que está bajo el poder del Maligno, como dice san Juan, se vuelve hostil. Y entonces, surge la tentación a la que siempre se enfrenta la Iglesia: pactar con el Mundo, contemporizar con el Mundo, encontrar un encaje en el Mundo… en definitiva, rendirse ante el Mundo.
La deriva ideológica por la que se conduce el Camino Sinodal, es parte de esto que estamos comentando.
Con el debido respeto, y con todas las matizaciones posibles, hemos de decir lisa y llanamente que la Sinodalidad apunta a una especie de modernismo herético. En principio, es una confusión sembrada por un espíritu modernista, que pretende mover los cimientos de las verdades eternas en que se fundamenta la fe católica.
Recordemos que la «herejía del modernismo», que en su día fue condenado por la Iglesia en repetidas ocasiones y especialmente por el papa san Pio X en la encíclica Pascendi, pretendía que la doctrina cristiana fuera acomodada al pensamiento moderno; provocando errores filosóficos como el subjetivismo y el agnosticismo.
«Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.» (Rom 12,2)
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