La confianza lo es todo

Una de las certezas más importantes para el que cree en Dios, da valor a su fe y aspira a la santidad, es confiar, confiar en el Señor. Es decir, tener la disponibilidad necesaria para que Aquel en quien se cree se le permita intervenir en su vida y que la pilote.

Se podría decir, sin riesgo alguno a equivocarnos, que la confianza lo es todo. A la hora de vivir, de vivir la fe -que en definitiva es lo más importante de nuestra existencia-, la confianza es lo fundamental.

Dios desea participar en la santificación de nuestro ser personal; pero necesita nuestro permiso para intervenir, nuestra confianza; sin esta disponibilidad por nuestra parte, Dios se mantendrá expectante, esperando esa necesaria generosidad: en el doble sentido, uno) que libremente le autoricemos a que “entrometa”, a darle espacio en nosotros y que su voluntad venga sobre la nuestra y hagamos lo mejor, y dos) que su gracia no se “derroche”, no sea en vano, no caiga en el vacío, sin que encuentro el alma que la reciba y acoja.

No dudéis jamás ni un instante, pase lo que pase. Un movimiento en falso en la cuestión de la confianza puede causar un desastre. Moisés golpeó dos veces con el bastón; por un instante dudó, y… se le negó la entrada en la tierra prometida.

Esto decía santa Teresa de Jesús hablando de que es Dios quien lleva a la vida de intimidad contemplativa a la persona que se confianza en Él: “Confíen en la misericordia de Dios y nada en sí, y verán cómo Su Majestad les lleva de unas moradas a otras” [1].

Dios mismos ha dicho: “No te dejaré ni te abandonaré”; de suerte que podemos decir con confianza: “El Señor es mi auxilio, no temeré.” ¿Qué podrán hacerme los hombres?” (Heb 13,5) . No temas ni te asustes, porque Yavé, tu Dios, está contigo dondequiera que vayas.” (Jos 1,9).

Decía santa Teresa de Lisieux[2]: “Comprendo muy bien que san Pedro cayera. El pobres san Pedro confiaba en sí mismo, en vez de confiar únicamente en la fuerza de Dios. (…) Estoy convencida de que sin san Pedro hubiese dicho humildemente a Jesús: `Por favor, concédeme fuerzas para seguirte hasta la muerte´, las habría obtenido inmediatamente.”

“La fe religiosa para el creyente es la entrega confiada en manos de una trascendencia reconocida en esa confianza.[3]

Y esto es la fe, la confianza en Quien nos ofrece la gracia, diciendo como a san Pablo: “Te basta mi gracia”.

“Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y hallar la gracia del auxilio oportuno” (Hb 4,16).

Les dejamos con estas líneas del maravilloso libro de MOLINIE, M.-D., El coraje de tener miedo:

Nuestra suerte está decidida por el juego entre la misericordia y la confianza. No existe otro problema, dificultad o error en nuestra vida. Es así: no hay absolutamente otro problema.

 Una prueba muy sencilla es lo que sucede a la hora de la muerte. En ese momento no hay más que hacer que arrojarse confiadamente en la misericordia. Si es el único acto que debiéramos realizar en el momento de la muerte, es el único que se nos pide para toda la vida. No tenemos nada que hacer aquí abajo, sino comenzar a vivir de la vida eterna. Siendo la muerte la puerta de la vida eterna, no tenemos nada más que hacer que aprender a morir en el amor de Dios.  Este aprendizaje es la muerte del hombre viejo, y él no reclama al fin y al cabo más que la confianza, la cual se requiere siempre para morir, sea espiritual o físicamente.

Ejercitarse en el amor, ejercitarse en el morir, ejercitarse en la confianza es, por tanto, lo mismo.

  “Es la confianza –decía Teresa de Lisieux– y sólo la confianza quien debe llevarnos al amor…” Eso parece consolador, y es muy temible, pues tratamos de ir a Dios por la confianza y por otra cosa –buscando apoyos, signos, garantías–. Ahora bien, lo propio de la confianza es no buscar otra cosa, no apoyarse más que en el amor y la misericordia. Si se busca a Dios por la confianza y por otra cosa, en realidad se deja de tener confianza.. y se pierde todo. Veis que es grave, tan grave que hay que tener el coraje de hacer frente a las cosas hasta el final.. El coraje de tener miedo. 

Dios obra bien, pero no puede salvar a quien no le entrega toda su confianza, y nosotros se la retiramos en la medida en que nos apoyamos en otra cosa.

Todas las impurezas espirituales se reducen a eso: apoyarse en otra cosa. he ahí por qué son necesarios el trabajo del Espíritu Santo y las purificaciones pasivas. Dios no puede invadirnos si no le acogemos pro la confianza: la única respuesta adecuada a las invasiones del amor. Estas invasiones contrarían necesariamente los falsos movimientos pro los que nos apoyamos en otra cosas.      

La confianza debe ser lo bastante profunda como para no exigir garantías. Cuando el demonio nos sopla: “¿Qué garantía tienes?” y nosotros respondemos: “¡Ninguna!, pero no la necesito, no exijo ninguna garantía”, es como si lanzásemos una flecha al corazón de Dios: desde el momento que oye eso, precipita en nosotros el peso de las gracias que no consigue derramar en otra parte.

 

“Me agrada mucho –decía Nuestro Señor a Santa Matilde– que los hombres tengan en mí una confianza tal, que les haga esperar de mi bondad grandes cosas” [4]

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

[1] Moradas, 2ª, c.1.

[2] Manuscritos 3,14.3.

[3] MARTIN VELASCO, J., El encuentro con Dios, Cristiandad, Madrid, 1976, p.119.

[4] En ARINTERO, J. G., Cuestiones místicas, BAC, Madrid, 1956, p.19 pie.