La confianza lo es todo

¡Señor mío, en ti confío!

Se podría decir, sin riesgo alguno a equivocarnos, que la confianza lo es todo;  sobre ella se sostiene todo el edificio espiritual y se fundamenta la religación con Dios. «La fe religiosa para el creyente es la entrega confiada en manos de una trascendencia reconocida en esa confianza.»[1]

La primera lectura de la liturgia de la misa de hoy,  9 de marzo, es del libro de Jeremías (17,5-10):

Esto dice el Señor:
«Maldito quien confía en el hombre,
y busca el apoyo de las criaturas,
apartando su corazón del Señor.
Será como cardo en la estepa,
que nunca recibe la lluvia;
habitará en un árido desierto,
tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor
y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua,
que alarga a la corriente sus raíces;
no teme la llegada del estío,
su follaje siempre está verde;
en año de sequía no se inquieta,
ni dejará por eso de dar fruto.
Nada hay más falso y enfermo
que el corazón: ¿quién lo conoce?
Yo, el Señor, examino el corazón,
sondeo el corazón de los hombres
para pagar a cada cual su conducta
según el fruto de sus acciones».

Una de las certezas más importantes para el que cree en Dios, da valor a su fe y aspira a la santidad, es confiar, confiar en Dios. Es decir, abrirse, ponerse en sus manos, tener la disponibilidad necesaria para que Aquel en quien se cree se le permita intervenir en su vida y que la pilote; haciendo una apuesta renovada y definitiva.

Dios desea participar en la santificación de nuestro ser personal; pero necesita nuestro permiso para intervenir, nuestra confianza; sin esta disponibilidad por nuestra parte, Dios se mantendrá expectante, esperando esa necesaria generosidad: en el doble sentido,  uno) que le háganos espacio en nosotros, que  libremente le autoricemos a que se  «entrometa,» y que su voluntad venga sobre la nuestra y hagamos lo mejor, según él,  y dos) que su gracia no se «derroche», no sea en vano, no caiga en el vacío, sin que encuentro el alma que la reciba y acoja y de fruto.

No dudéis jamás ni un instante, pase lo que pase. Un movimiento en falso en la cuestión de la confianza puede causar un desastre. Moisés golpeó dos veces con el bastón; por un instante dudó, y… se le negó la entrada en la tierra prometida.

Esto decía santa Teresa de Jesús hablando de que es Dios quien lleva a la vida de intimidad contemplativa a la persona que se confianza en Él: “Confíen en la misericordia de Dios y nada en sí, y verán cómo Su Majestad les lleva de unas moradas a otras” [2].

Dios mismos ha dicho: “No te dejaré ni te abandonaré”; de suerte que podemos decir con confianza: “El Señor es mi auxilio, no temeré.» ¿Qué podrán hacerme los hombres?” (Heb 13,5). No temas ni te asustes, porque Yavé, tu Dios, está contigo dondequiera que vayas. (Jos 1,9).

Decía santa Teresa de Lisieux[3]: «Comprendo muy bien que san Pedro cayera. El pobre san Pedro confiaba en sí mismo, en vez de confiar únicamente en la fuerza de Dios. (…) Estoy convencida de que sin san Pedro hubiese dicho humildemente a Jesús: `Por favor, concédeme fuerzas para seguirte hasta la muerte´, las habría obtenido inmediatamente.»

Y esto es la fe, la confianza en Quien nos ofrece la gracia, diciendo como a san Pablo: «Te basta mi gracia».

«Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y hallar la gracia del auxilio oportuno» (Hb 4,16).

Dios es sumamente generoso, está dispuesto a darnos todo cuanto necesitemos para santificarnos; lo cual ocurre en la medida de nuestra confianza.

Me agrada mucho —decía Nuestro Señor a Santa Matilde— que los hombres tengan en mí una confianza tal, que les haga esperar de mi bondad grandes cosas[4]

 

Les dejamos con estas líneas del maravilloso libro de MOLINIE, M.-D., El coraje de tener miedo:

         Nuestra suerte está decidida por el juego entre la misericordia y la confianza. No existe otro problema, dificultad o error en nuestra vida. Es así: no hay absolutamente otro problema.

         Una prueba muy sencilla es lo que sucede a la hora de la muerte. En ese momento no hay más que hacer que arrojarse confiadamente en la misericordia. Si es el único acto que debiéramos realizar en el momento de la muerte, es el único que se nos pide para toda la vida. No tenemos nada que hacer aquí abajo, sino comenzar a vivir de la vida eterna. Siendo la muerte la puerta de la vida eterna, no tenemos nada más que hacer que aprender a morir en el amor de Dios.  Este aprendizaje es la muerte del hombre viejo, y él no reclama al fin y al cabo más que la confianza, la cual se requiere siempre para morir, sea espiritual o físicamente.

         Ejercitarse en el amor, ejercitarse en el morir, ejercitarse en la confianza es, por tanto, lo mismo.

         «Es la confianza  —decía Teresa de Lisieux— y sólo la confianza quien debe llevarnos al amor…» Eso parece consolador, y es muy temible, pues tratamos de ir a Dios por la confianza y por otra cosa —buscando apoyos, signos, garantías—. Ahora bien, lo propio de la confianza es no buscar otra cosa, no apoyarse más que en el amor y la misericordia. Si se busca a Dios por la confianza y por otra cosa, en realidad se deja de tener confianza.. y se pierde todo. Veis que es grave, tan grave que hay que tener el coraje de hacer frente a las cosas hasta el final.. El coraje de tener miedo. 

         Dios obra bien, pero no puede salvar a quien no le entrega toda su confianza, y nosotros se la retiramos en la medida en que nos apoyamos en otra cosa.

         Todas las impurezas espirituales se reducen a eso: apoyarse en otra cosa. he ahí por qué son necesarios el trabajo del Espíritu Santo y las purificaciones pasivas. Dios no puede invadirnos si no le acogemos pro la confianza: la única respuesta adecuada a las invasiones del amor. Estas invasiones contrarían necesariamente los falsos movimientos pro los que nos apoyamos en otra cosas.        

         La confianza debe ser lo bastante profunda como para no exigir garantías. Cuando el demonio nos sopla: «¿Qué garantía tienes?» y nosotros respondemos: «¡Ninguna!, pero no la necesito, no exijo ninguna garantía», es como si lanzásemos una flecha al corazón de Dios: desde el momento que oye eso, precipita en nosotros el peso de las gracias que no consigue derramar en otra parte.

 

Y este es el salmo (1,1-2.3.4.6) la misa de hoy:

 Dichoso el hombre
que ha puesto su confianza en el Señor

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.

Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.

 

……………………………………………….

[1] MARTIN VELASCO, J., El encuentro con Dios, Cristiandad, Madrid, 1976, p.119.

[2] Moradas, 2ª, c.1.

[3] Manuscritos 3,14.3.

[4] En ARINTERO, J. G., Cuestiones místicas, BAC, Madrid, 1956, p.19 pie.

 

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