KELLY NEMECK, F. y COOMBS, M. T., Corazón que escucha

Para este domingo les presentamos unas escogidas de la de pequeña obra de espiritualidad “Corazón que escucha”[1], de Francis Kelly Nemeck y María Theresa Coombs, miembro de una comunidad contemplativa-eremítica que vive en una casa de oración situada en un rancho de Texas. La casa lleva el nombre de Lebh Shomea que, en hebreo, significa Corazón a la escucha.

 

Dicho con otras palabras, el amor inescrutable de Dios produce en el alma dos efectos estrechamente relacionados: La transforma en sí mismo por participación; la purifica hasta de sus más mínimos vestigios de inmadurez. Tan perfecta es esta unión de amor que se puede decir que el alma ha sido “deificada”, “divinizada”, “por transformación participante”. 19

 

El uso de estos términos e remonta a los principios de la teología patrística: “divinización”, “divinizar” se encuentra ya en Gregorio Nacianceno y especialmente en Pseudo-Dionisio. “Deificación”, “deificar” ex presión que usan Clemente de Alejandría, Orígenes, Hipólito, Basilio y Atanasio. Pie p.19.

 

Dios, que mora en lo más honda del ser humano, suscita en nosotros una a sed insaciable de él, y nos invita a una íntima relación interpersonal con él . 45

 

Según san Juan de la Cruz, todas las facultades, tanto espirituales como sensoriales, pertenecen a lo que él llama “la parte sensitiva del alma” (1 S 1,2; 2 N 3). No habla de la parte sensitiva del cuerpo: por eso, distingue en el alma el aspecto sensitivo y perceptible (podríamos decir el aspecto más exterior de la persona) de la dimensión  más espiritual e intima (el interior de la persona).  De ahí que en la terminología de san Juan de la Cruz, el entendimiento, la memoria y la voluntad, aún cuando son facultades “espirituales”, pertenecen a la parte sensitiva del alma, y a la “noche del sentido”. La “noche del espíritu”, la purificación de la “parte espiritual del alma”, se refiere principalmente a la purificación de esa dimensión misteriosa del “ser” que va más allá de todas las facultades. Pie pp.47-48.

 

En la contemplación al comunicarse Dios de manera directa e inmediata, la función de estas potencias se transforma. En la oración discursiva se comunica indirectamente y a través de medios, exteriores o interiores. 49

Dios hace que seamos capaces de acogerle y experimentarle sin necesidad de mediaciones. Esta unión íntima despoja a las potencias de todo concepto concreto o consideración determinada. 49

 

Muchas veces nos ponemos a orar y enseguida nos darnos cuenta de que por lo menos por algún tiempo, necesitamos hacer uso de la memoria, el entendimiento o la voluntad, hasta encontrarnos en una postura más contemplativa. Una práctica bastante provechosa para tales momentos es la de recordar una palabra, una frase o un versículo de la Sagrada Escritura y dejar que el Señor, valiéndose de esas palabras, actúe en nosotros según su ritmo y menera. Cuando esta sencilla meditación haya completado su curso debemos abandonarla sin intentar tomar de nuevo ningún otro pasaje. De este modo nos dejamos llevar más fácilmente hacia la simplicidad de la entrega amorosa. 77

Otras veces, anda más empezar a orar, la persona se siente inmediatamente atraída hacia esa atención sosegada en el Señor, sin haber pasado antes por ningún tipo de oración discursiva, ni siquiera por la más sencilla. 77

Como en los comienzos de la contemplación uno puede a veces contemplar y a veces meditar, surge la pregunta de tipo práctico sobre cómo sabemos cuándo conviene dejar ya de orar mentalmente. 77

En este paso de meditación a la contemplación, una sencilla pauta a seguir es ésta: Ora como puedas, no como creas que deberías orar. 77

 

No es extraño que de un día para otro, o incluso durante el mismo rato de oración, nuestra experiencia de contemplación varíe y vaya del consuelo a la sequedad, del suave sentir a la presencia del Señor a la desconcertante sensación de su aparente ausencia. 87

 

Si nos hallamos necesitados de consejo y guía, y no encontramos un director espiritual, podemos estar seguros de que el Señor, con toda certeza, nos proporcionará la orientación necesaria a través de otros medios, como pueden ser ciertos acontecimientos, lecturas espirituales, sermones, conferencias, personas que se crucen en nuestro camino, etc. Lo único que necesitamos es tener el corazón abierto para saber reconocer los menajes y señales que la providencia amorosa de Dios nos envía. 89.

 

La palabra “ascética” se usa generalmente en relación con la práctica de actos concretos de mortificación o de virtud, por ejemplo, ayunos, obras de caridad, esfuerzos por desterrar un vicio, actos para crecer en una determinada virtud, etc. 117-118

 

Para que un acto ascético de este tipo sea espiritualmente provechoso debe hacerse como respuesta a una inspiración interior del Espíritu que nos pide que realicemos tal o cual acción. La verdadera ascética nace de ese estar abiertos y disponibles ante Dios. 118

Una ascética practicada por iniciativa propia, sin el impulso interior de la gracia, llega a ser un obstáculo para la oración mística. La tendencia a buscar prácticas ascéticas según nuestro gusto y criterio, a veces no es más que un solapado intento de procurarnos la propia salvación, tratando sí de esquivar la dura experiencia de nuestra absoluta dependencia de Dios. 118

 

Durante la oración, por ejemplo, debemos “padecer” pacientemente la creciente sequedad, y perseverar en ella a pesar de que nos parezca que estamos perdiendo el tiempo y no adelantando nada. Debemos “parecer” las purificaciones, el loco correr de nuestra imaginación, la falta de consuelos sensibles…; y llegará un momento en que tendremos que padecer incluso la aparente ausencia de Dios. 120

 

Durante el transcurso de nuestra vida, el amor de Dios nos va exigiendo no sólo que abandonemos nuestras formas individualistas, perjuicios y apegos desordenados, sino que además y sobre todo, nos pide que dejemos a un lado nuestro propio yo, y que permanezcamos abandonados en él en amor y por amor. Unicamente a través de la gradual y sistemática “aniquilación del yo” (donde experimentamos la angustia de muerte de ser reducidos a la “nada”) es como el amor de Dios alcanza su perfección en nosotros. Paradójicamente, es precisamente al perder nuestro yo, cuando encontramos nuestra verdadera identidad en Dios. 122

 

El primero  y principal efecto de la contemplación es el experimentar la presencia de Dios en nuestro ser. En esto consiste la verdadera esencia de la contemplación: en el hecho de que Dios desde el interior de la persona se comunica a ella por amor, de manera directa e inmediata. El segundo efecto es semejante al primero: Dios comunicándose al alma, evoca en ella una respuesta de amor hacia él, la cual da lugar a una íntima comunión. 123

Estos primero efectos de la contemplación en el orden ontológico (el orden del ser) pero no necesariamente en el orden psicológico (de nuestras percepciones).  123-4

El efecto más evidente de la contemplación a nivel psicológico es de tipo purgativo: la experiencia cada vez más profunda de nuestro yo, de nuestra terrible pobreza y miseria, lo cual nos hace más consciente de la realidad de Dios morando en nuestro interior. Porque nosotros llegamos a amar  a Dios incomparablemente más al sabernos amados por él aun a pesar de nuestra miseria y sin mérito alguno por nuestra parte. 124

Como principiante en la oración, uno se experimenta a sí mismo y a Dios, especialmente por medio de la meditación discursiva, examen de conciencia, comunicación personal, ayudas psicológicas, etc. 124

 

La experiencia de Dios dentro de uno es el ámbito y el clima en el que hace que se den otras muchas gracias propias de la noche de la contemplación, como son la humildad, la obediencia, la paz y la libertad de espíritu. 129

La humildades fundamentalmente “andar en verdad” (Santa Teresa, Moradas Sextas 10,7).  Al experimentar a Dios en nuestro propio ser caemos en la cuenta de que todo lo que somos y todo cuanto tenemos es regalo recibido del Señor, “¿qué cosa tienes tú que no la hayas recibido?” (1 Cor 4,7).  Según vamos creciendo en humildad, las opiniones que teníamos de nosotros, de Dios y de los demás, opiniones y juicios surgidos de nuestros propios varemos y esquemas de perfección, se van modificando. Nos vamos haciendo más pacientes con nuestras debilidades personales, más compasivos con los demás, más compresivos con sus defectos; y también vamos creciendo en una mayor confianza de Dios y dependencia de él y sólo de él. 129

Obediencia  es la entrega amorosa de nuestra voluntad a la voluntad del Amado. Nos predispone a seguirle en pura fe adonde quiera llevarnos, aún cuando sea por uan senda por la que preferiríamos no ir. La obediencia se concretiza en la fidelidad y sometimiento a todo lo que Dios manifieste ser su voluntad. 129

 

Apego es una falta de madurez de la persona en su actitud ante algo creado. No implica necesariamente que haya nada malo en la criatura. Ella no es la que causa el apego, sino que el problema está en uno mismo. Por lo tanto la “desnudez” que se da durante la contemplación purgativa no consiste en una ruptura tajante o en un rechazo del mundo; es mas bien un reorientar todo deseo y desordenado. Desnudez es el proceso por el cual el Señor nos enseña a amar con proceso por el cuál el Señor nos enseña a amar con rectitud tanto a él mismo como a la creación entera. 131

La libertad de espíritu que se va dando en nosotros según vamos siendo más desprendidos no tiene que ve nada con la presencia o ausencia en nuestra vida de personas, situaciones o cosas. (…) Libertad de espíritu, es la capacidad de amar como Dios ama y de preferir siempre lo que él quiere. 131

 

Velad, pues, orando en todo tiempo (Lc 21,36).  Permaneced constantes en la oración (Rom 12,12).  Orad sin cesar (1 Tes 5,17).  Orando en todo tiempo (Ef 6,18).  

 

Para una persona con responsabilidades en una comunidad y con jornada completa de trabajo apostólico, un ahora al día de oración solitaria pudiera considerarse como un  mínimo práctico.  Y esto podría aplicarse igualmente al alma de casa o al ejecutivo de una empresa. Por lo regular, debido a las muchas responsabilidades y limitaciones de la vida diaria, una hora de oración al día suele ser también un máximo práctico. (…) hacer todo lo que esté de nuestra parte por asegurar por lo menos una hora de oración al día, a ser posible sin interrupciones. 136

Esta hora de oración solitaria no deberíamos dejarla ingenuamente para cuando tengamos ganas de orar. Los seres humanos vivimos y funcionamos con toda naturalidad dentro de todo un complejo de estructuras y esquemas, en el que una de ellas es el horario  de cada día. (…) Lo más lógico por tanto, es que el rato de oración esté encajado en la jornada diaria de manera habitual y consistente. 136

 

Es inexperiencia de oración solitaria, intuitivamente se dan cuenta que por lo general necesitan una hora como mínimo para poder orar a fondo. 137

 

[1] Narcea, Madrid, 1984.