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Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos (Mt 5,6). Bienaventurados los perseguidos por ser justos, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5,10).
***** Un monarca déspota que ejercía su poder con una crueldad extrema, en uno de sus viajes le sorprendió la noche antes de llegar al lugar de destino, yendo a hospedarse a la villa que encontró más próxima. Exigió alojamiento en la mejor casa. El hombre más noble del pueblo que disponía de un palacete de sus antepasados, se negó a que entrara bajo su techo semejante tirano. El monarca, encolerizado, amenazó con arrasar el pueblo entero. El noble, viendo el peligro corrían sus conciudadanos si persistía en semejante actitud, accedió a hospedar en su casa al rey cruel. Al día siguiente, cuando ya el monarca y su séquito habían abandonado el pueblo, aquel hombre digno y noble tomó una dolorosísima decisión: quemar su palacete. Mientras ardía a vista del todos los vecinos, exclamó con un leve suspiró lleno de entereza: «¡nobleza obliga!». *****
Quien no tenga un alto concepto de justicia, que no espere tener un profundo sentimiento acerca de las desigualdades e injusticias y padecimientos ajenos. Si no tenemos esos sentimientos es porque carecemos del valor estimativo de justicia. La injusticia no nos ha de dejar impasibles, sino que como pertenecientes a la naturaleza humana nos ha de hacer sentir indignación; al igual que la justicia, complacencia. Quien no se conmueve (indigna) ante el mal y la injusticia es que ha perdido contacto con su ser, se ha alejado, alienado, de los sentimientos que dimanan de su dignidad humana que le es propia. Sentimientos con los que vive y se desenvuelve su ser, y que ante su ausencia se vuelve extraño; su humanidad se le hace desconocida, por no sentida. …..
En esta tierra no se puede ser leal con uno mismo y respetuoso con la justicia sin llorar. No se puede pretender amar la justicia, ser justo, sin pagar un precio, a veces un alto precio. En esta vida es imposible que así no sea. “Luchar” por la justicia pasa irremisiblemente por padecer de alguna manera la injusticia. No es lisa y llanamente ¿hoy, al menos en Occidente, la cosa no es tan grosera, pero no menos real? que ningún brazo opresor en sentido estricto ejerza despiadadamente la injusticia, pero… pero si que se da la injusticia, y, por consiguiente, el requerimiento de la voz de la conciencia a responder, a correr el riesgo de «ser perseguido», es decir, de perder tantas cosas… imagen, poder, bienes, bienestar, simpatías, tranquilidad, etc. Ser justo y honrado es estar abocado a perder. Quien pretenda ser íntegro y honesto ha de estar dispuesto a perder, a padecer, a ser víctima. «Jesús fue víctima consciente y deliberada de su radicalismo. En esta tierra sólo se salva quien acepta negociar”[1]. Quien quiera asemajarse a Dios, ser cristiano, puede encontrarse ?si de veras es fiel a su fe en Cristo? con la suerte de Jesús: Cruz, Calvario,… Permíteme, querido lector, una pregunta agresiva quizá injusta contigo: Si en el mundo existe la injusticia, ¿cuál es tu lucha?, ¿cuál tu precio a pagar? Porque no se puede ser verdaderamente cristiano, pienso, sin padecer (carga, yugo) de alguna manera la injusticia de un mundo opositor al Reino de Dios.
` [1] GC, p.48. |
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