Jesús llama… a la conversión

El Evangelio (Lc 5,27-33) de la liturgia de hoy, 21 de febrero, nos narra la llamada o invitación de Jesús al futuro apóstol suyo Mateo; lo que supone un cambio de vida, una conversión radical de una existencia alejada de Dios.

En este texto —y también en los paralelos: san Marcos 2,13-17 y san Mateo— encontramos una enseñanza significativa: Jesús que está en camino, nos llama a todos, gratuitamente, como a Mateo, a que le sigamos, sobre todo a los que están acomodados, haciendo algo inapropiado con sus vidas. Y esta llamada de un Dios que se hace en encontradizo, que pasa a nuestro lado, implica que dejemos la situación en que nos encontramos –»pecadora»–, que nos levantemos y hagamos camino con Él.

Esta aproximación de Jesús a los alejados, pecadores o no creyentes, sorprende a los «expertos teólogos» de su tiempo, los escribas y fariseos, que reparan en el hecho este de relacionarse con los publicanos y pecadores (como en el caso de Mateo, que ejercía de cobrador de impuestos en Cafarnaum: una profesión repudiada por ser aliado de los opresores romanos), algo mal visto y «contrario a la ley». Jesús a estas observaciones respondió: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan». Es decir, Jesús ha venido a salvar a todos, por pura misericordia; y especialmente hacía los que tiene que dirigir sus esfuerzos, es justamente a los alejados, los descarriados, los que corre en riesgo de perderse.

Ahora bien, no cabe interpretar como se hace hoy día que Dios por su inmensa bondad e infinita misericordia perdona a todos, por más pecadores que sean, y siempre; esto es cierto, lo que no lo es que Dios no pida o exija el arrepentimiento, el cambio, el levantarse de la situación de perdición y que se echa a andar siguiéndole. Hoy se da mucho el buenísimo tontorrón, complaciente con de todo el mundo «es bueno» y que todos nos vamos a salvar, pues Dios invita al cielo a todos, sin más, sin poner nada de nuestra parte. Según este planteamiento Levi, luego apóstol san Mateo, no se hubiera levanto de su sitio.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 5, 27-32

En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano, llamado Leví (Mateo), sentado en su despacho de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.

Leví ofreció en su casa un gran banquete en honor de Jesús, y estaban a la mesa, con ellos, un gran número de publicanos y otras personas. Los fariseos y los escribas criticaban por eso a los discípulos, diciéndoles: “¿Por qué comen y beben con publicanos y pecadores?” Jesús les respondió: “No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan”.

Marcos 2,13-17:

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del lago; la gente acudía a él, y les enseñaba.
Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»
Se levantó y lo siguió
. Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos.
Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos: «¡De modo que come con publicanos y pecadores!»
Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Mateo 9,9-13:

 9Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió. 10Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos. 11Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?». 12Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. 13Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores». 

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Palabras del papa Francisco:

(Audiencia, 13 abril 2016)

Hemos escuchado el Evangelio de la llamada de Mateo. Mateo era un «publicano», es decir un recaudador de impuestos para el imperio romano, y por esto, considerado un pecador público. Pero Jesús lo llama a seguirlo y a convertirse en su discípulo. Mateo acepta, y lo invita a cena en su casa junto a los discípulos. Entonces surge una discusión entre los fariseos y los discípulos de Jesús por el hecho de que ellos comparten la mesa con los publicanos y los pecadores: «¡Pero tú no puedes ir a la casa de estas personas!», decían ellos. Jesús, de hecho, no los aleja, más bien los frecuenta en sus casas y se sienta al lado de ellos; esto significa que también ellos pueden convertirse en sus discípulos. Y además es verdad que ser cristiano no nos hace impecables. Como el publicano Mateo, cada uno de nosotros se encomienda a la gracia del Señor, a pesar de los propios pecados.

Todos somos pecadores, todos hemos pecado. Llamando a Mateo, Jesús muestra a los pecadores que no mira su pasado, la condición social, las convenciones exteriores, sino que más bien les abre un futuro nuevo. Una vez escuché un dicho bonito: «No hay santo sin pasado y no hay pecador sin futuro». Esto es lo que hace Jesús. No hay santo sin pasado, ni pecador sin futuro. Basta responder a la invitación con el corazón humilde y sincero.

La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de discípulos en camino, que siguen al Señor porque se reconocen pecadores y necesitados de su perdón. La vida cristiana, entonces, es escuela de humildad que nos abre a la gracia.

Un comportamiento así no es comprendido por quien tiene la presunción de creerse «justo» y de creerse mejor que los demás.

Soberbia y orgullo no permiten reconocerse necesitados de salvación, más bien, impiden ver el rostro misericordioso de Dios y de actuar con misericordia. Son un muro. La soberbia y el orgullo son un muro que impide la relación con Dios.

Y, sin embargo, la misión de Jesús es precisamente ésta: venir en busca de cada uno de nosotros, para sanar nuestras heridas y llamarnos a seguirlo con amor. Lo dice claramente: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal» (v. 12). ¡Jesús se presenta como un buen médico! Él anuncia el Reino de Dios, y los signos de su venida son evidentes: Él cura de las enfermedades, libera del miedo, de la muerte y del demonio. Frente a Jesús ningún pecador es excluido —ningún pecador es excluido— porque el poder sanador de Dios no conoce enfermedades que no puedan ser curadas; y esto nos debe dar confianza y abrir nuestro corazón al Señor para que venga y nos sane. Llamando a los pecadores a su mesa, Él los cura restableciéndolos en aquella vocación que ellos creían perdida y que los fariseos han olvidado: la de los invitados al banquete de Dios. Según la profecía de Isaías: «Hará Yahveh Sebaot a todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos, convite de buenos vinos: manjares de tuétanos, vinos depurados. Se dirá aquel día: Ahí tenéis a nuestro Dios: esperamos que nos salve; éste es Yahveh en quien esperábamos; nos regocijamos y nos alegramos por su salvación» (25, 6-9).

Si los fariseos ven en los invitados sólo pecadores y rechazan sentarse con ellos, Jesús por el contrario les recuerda que también ellos son comensales de Dios.

De este modo, sentarse en la mesa con Jesús significa ser transformados y salvados por Él. En la comunidad cristiana la mesa de Jesús es doble: está la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía (cf. Dei Verbum, 21). Son estas las medicinas con las cuales el Médico Divino nos cura y nos nutre. Con la primera —la Palabra— Él se revela y nos invita a un diálogo entre amigos. Jesús no tenía miedo de dialogar con los pecadores, los publicanos, las prostitutas… ¡Él no tenía miedo: amaba a todos! Su Palabra penetra en nosotros y, como un bisturí, actúa en profundidad para liberarnos del mal que se anida en nuestra vida.

A veces esta Palabra es dolorosa porque incide sobre hipocresías, desenmascara las falsas excusas, pone al descubierto las verdades escondidas; pero al mismo tiempo ilumina y purifica, da fuerza y esperanza, es un reconstituyente valioso en nuestro camino de fe. La Eucaristía, por su parte, nos nutre de la vida misma de Jesús y, como un remedio muy potente, de modo misterioso renueva continuamente la gracia de nuestro Bautismo. Acercándonos a la Eucaristía nosotros nos nutrimos del Cuerpo y la Sangre de Jesús, y sin embargo, viniendo a nosotros, ¡es Jesús que nos une a su Cuerpo!

Concluyendo ese diálogo con los fariseos, Jesús les recuerda una palabra del profeta Oseas (6, 6): «Id, pues, a aprender qué significa aquello de: misericordia quiero, que no sacrificio» (Mt 9, 13). Dirigiéndose al pueblo de Israel el profeta lo reprendía porque las oraciones que elevaba eran palabras vacías e incoherentes. A pesar de la alianza de Dios y la misericordia, el pueblo vivía frecuentemente con una religiosidad «de fachada», sin vivir en profundidad el mandamiento del Señor. Es por eso que el profeta insiste: «misericordia quiero», es decir la lealtad de un corazón que reconoce los propios pecados, que se arrepiente y vuelve a ser fiel a la alianza con Dios. «Y no sacrificio»: ¡sin un corazón arrepentido cada acción religiosa es ineficaz! Jesús aplica esta frase profética también a las relaciones humanas: aquellos fariseos eran muy religiosos en la forma, pero no estaban dispuestos a compartir la mesa con los publicanos y los pecadores; no reconocían la posibilidad de un arrepentimiento y, por eso, de una curación; no colocan en primer lugar la misericordia: aun siendo fieles custodios de la Ley, ¡demostraban no conocer el corazón de Dios! Es como si a ti te regalaran un paquete, donde dentro hay un regalo y tú, en lugar de ir a buscar el regalo, miras sólo el papel que lo envuelve: sólo las apariencias, la forma, y no el núcleo de la gracia, ¡del regalo que es dado!

Queridos hermanos y hermanas, todos nosotros estamos invitados a la mesa del Señor. Hagamos nuestra la invitación de sentarnos al lado de Él junto a sus discípulos. Aprendamos a mirar con misericordia y a reconocer en cada uno de ellos un comensal nuestro. Somos todos discípulos que tienen necesidad de experimentar y vivir la palabra consoladora de Jesús. Tenemos todos necesidad de nutrirnos de la misericordia de Dios, porque es de esta fuente que brota nuestra salvación. ¡Gracias!

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Palabras del papa Benedicto XVI

(Audiencia, 30 de agosto de 2006)

Mateo está siempre presente en las listas de los Doce elegidos por Jesús (cf. Mt 10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 15; Hch 1, 13). En hebreo, su nombre significa «don de Dios». El primer Evangelio canónico, que lleva su nombre, nos lo presenta en la lista de los Doce con un apelativo muy preciso:  «el publicano» (Mt 10, 3). De este modo se identifica con el hombre sentado en el despacho de impuestos, a quien Jesús llama a su seguimiento:  «Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo:  «Sígueme». Él se levantó y le siguió» (Mt 9, 9). También san Marcos (cf. Mc 2, 13-17) y san Lucas (cf. Lc 5, 27-30) narran la llamada del hombre sentado en el despacho de impuestos, pero lo llaman «Leví». Para imaginar la escena descrita en Mt 9, 9 basta recordar el magnífico lienzo de Caravaggio, que se conserva aquí, en Roma, en la iglesia de San Luis de los Franceses.

Los Evangelios nos brindan otro detalle biográfico:  en el pasaje que precede a la narración de la llamada se refiere un milagro realizado por Jesús en Cafarnaúm (cf. Mt 9, 1-8; Mc 2, 1-12), y se alude a la cercanía del Mar de Galilea, es decir, el Lago de Tiberíades (cf. Mc 2, 13-14). De ahí se puede deducir que Mateo desempeñaba la función de recaudador en Cafarnaúm, situada precisamente «junto al mar» (Mt 4, 13), donde Jesús era huésped fijo en la casa de Pedro.

Basándonos en estas sencillas constataciones que encontramos en el Evangelio, podemos hacer un par de reflexiones. La primera es que Jesús acoge en el grupo de sus íntimos a un hombre que, según la concepción de Israel en aquel tiempo, era considerado un pecador público. En efecto, Mateo no sólo manejaba dinero considerado impuro por provenir de gente ajena al pueblo de Dios, sino que además colaboraba con una autoridad extranjera, odiosamente ávida, cuyos tributos podían ser establecidos arbitrariamente. Por estos motivos, todos los Evangelios hablan en más de una ocasión de «publicanos y pecadores» (Mt 9, 10; Lc 15, 1), de «publicanos y prostitutas» (Mt 21, 31). Además, ven en los publicanos un ejemplo de avaricia (cf. Mt 5, 46:  sólo aman a los que les aman) y mencionan a uno de ellos, Zaqueo, como «jefe de publicanos, y rico» (Lc 19, 2), mientras que la opinión popular los tenía por «hombres ladrones, injustos, adúlteros» (Lc 18, 11).

Ante estas referencias, salta a la vista un dato:  Jesús no excluye a nadie de su amistad. Es más, precisamente mientras se encuentra sentado a la mesa en la casa de Mateo-Leví, respondiendo a los que se escandalizaban porque frecuentaba compañías poco recomendables, pronuncia la importante declaración:  «No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2, 17).

La buena nueva del Evangelio consiste precisamente en que Dios ofrece su gracia al pecador. En otro pasaje, con la famosa parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar, Jesús llega a poner a un publicano anónimo como ejemplo de humilde confianza en la misericordia divina:  mientras el fariseo hacía alarde de su perfección moral, «el publicano (…) no se atrevía ni a elevar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo:  «¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!»». Y Jesús comenta:  «Os digo que este bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 18, 13-14). Por tanto, con la figura de Mateo, los Evangelios nos presentan una auténtica paradoja:  quien se encuentra aparentemente más lejos de la santidad puede convertirse incluso en un modelo de acogida de la misericordia de Dios, permitiéndole mostrar sus maravillosos efectos en su existencia.

A este respecto, san Juan Crisóstomo hace un comentario significativo:  observa que sólo en la narración de algunas llamadas se menciona el trabajo que estaban realizando esas personas. Pedro, Andrés, Santiago y Juan fueron llamados mientras estaban pescando; y Mateo precisamente mientras recaudaba impuestos. Se trata de oficios de poca importancia —comenta el Crisóstomo—, «pues no hay nada más detestable que el recaudador y nada más común que la pesca» (In Matth. Hom.:  PL 57, 363). Así pues, la llamada de Jesús llega también a personas de bajo nivel social, mientras realizan su trabajo ordinario.

Hay otra reflexión que surge de la narración evangélica:  Mateo responde inmediatamente a la llamada de Jesús:  «Él se levantó y lo siguió». La concisión de la frase subraya claramente la prontitud de Mateo en la respuesta a la llamada. Esto implicaba para él abandonarlo todo, en especial una fuente de ingresos segura, aunque a menudo injusta y deshonrosa. Evidentemente Mateo comprendió que la familiaridad con Jesús no le permitía seguir realizando actividades desaprobadas por Dios.

Se puede intuir fácilmente su aplicación también al presente:  tampoco hoy se puede admitir el apego a lo que es incompatible con el seguimiento de Jesús, como son las riquezas deshonestas. En cierta ocasión dijo tajantemente:  «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21). Esto es precisamente lo que hizo Mateo:  se levantó y lo siguió. En este «levantarse» se puede ver el desapego de una situación de pecado y, al mismo tiempo, la adhesión consciente a una existencia nueva, recta, en comunión con Jesús.

Recordemos, por último, que la tradición de la Iglesia antigua concuerda en atribuir a san Mateo la paternidad del primer Evangelio. Esto sucedió ya a partir de Papías, obispo de Gerápolis, en Frigia, alrededor del año 130. Escribe Papías:  «Mateo recogió las palabras (del Señor) en hebreo, y cada quien las interpretó como pudo» (en Eusebio de Cesarea, Hist. eccl. III, 39, 16). El historiador Eusebio añade este dato:  «Mateo, que antes había predicado a los judíos, cuando decidió ir también a otros pueblos, escribió en su lengua materna el Evangelio que anunciaba; de este modo trató de sustituir con un texto escrito lo que perdían con su partida aquellos de los que se separaba» (ib., III, 24, 6).

Ya no tenemos el Evangelio escrito por san Mateo en hebreo o arameo, pero en el Evangelio griego que nos ha llegado seguimos escuchando todavía, en cierto sentido, la voz persuasiva del publicano Mateo que, al convertirse en Apóstol, sigue anunciándonos la misericordia salvadora de Dios. Escuchemos este mensaje de san Mateo, meditémoslo siempre de nuevo, para aprender también nosotros a levantarnos y a seguir a Jesús con decisión.

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Catena Aurea

 

San Agustín, de cons. evang. 2, 26

Después de la curación del paralítico, sigue hablando de la conversión del publicano, diciendo: «Y después de esto, salió y vio a un publicano, llamado Leví, que estaba sentado al banco». San Mateo es ese Leví.
 

Beda

Pero San Lucas y San Marcos, queriendo honrar al Evangelista, callan su nombre vulgar. San Mateo al principio de su Evangelio, acusándose a sí mismo, se llama Mateo y publicano; para que ninguno desespere de su salvación por la enormidad de sus pecados, puesto que él, de publicano que era, fue mudado en Apóstol.
 

San Cirilo

Leví era, pues, publicano, hombre avaro, desenfrenado en cuanto a las cosas superfluas, apetecedor de lo ajeno (esto es, pues, el oficio de los publicanos). Mas de las oficinas de la malicia es arrancado por el llamamiento de Cristo; de donde sigue: «Y díjole: Sígueme».
 

San Ambrosio

Manda que le siga, no con el movimiento del cuerpo, sino con el afecto del alma. Y así, llamado él por medio de la palabra, abandona lo propio el que antes tomaba lo ajeno. De donde prosigue: «Y levantándose, dejó todas sus cosas y le siguió».
 

Crisóstomo, in Mat. hom 31

En lo que puede verse el poder del que llama y la obediencia del llamado. Y no se resistió, ni siquiera vaciló, sino que en seguida obedeció; y no quiso siquiera volver a su casa a contar a su familia lo que le sucedía, como tampoco lo hicieron los pescadores.
 

San Basilio

Y no sólo abandonó la recaudación de contribuciones, sino que también menospreció los peligros que podían venirle, tanto a él como a su familia, por no rendir en debida forma las cuentas de la recaudación.
 

Teofilacto

Y así Jesucristo recibió tributo del que lo cobraba a los que pasaban; no recibiendo dinero, sino asociándolo a sí enteramente.
 

Crisóstomo, ut sup

El Señor honró el llamamiento de Leví, aceptando inmediatamente el convite que éste le hizo; esto le inspiraba más confianza. Por lo que sigue: «Y le hizo Leví un gran convite en su casa». Y no estuvo solo con él, sino que había muchos más. Por lo que sigue: «Y asistió a él un grande número de publicanos y de otros que estaban sentados con ellos a la mesa». Habían venido los publicanos a casa de Leví, a ver a su compañero y a un hombre de su misma clase, pero Leví, gloriándose de la presencia de Jesucristo, los convidó a todos a comer. Jesucristo empleaba todo género de medios para obtener la salvación de los hombres; y así no sólo disputaba, y curaba las enfermedades, sino que también reprendía a los que tenían envidia. Y aun cuando estaba comiendo, corregía también los errores de alguno; enseñándonos así que cualquier ocupación y cualquier tiempo puede sernos útil. Ni evitó la sociedad de los publicanos, por la utilidad que seguiría; como un médico que no curaría la enfermedad si no tocase la llaga.
 

San Ambrosio

En el mero hecho de haber comido nuestro Señor con los pecadores, nos autoriza para asistir al convite con los gentiles.
 

Crisóstomo

Con todo, el Señor fue argüido por los fariseos, que le tenían envidia y querían separar los discípulos de Jesucristo. De donde prosigue: «Y los fariseos murmuraban, diciendo: ¿Por qué coméis con los publicanos?»
 

San Ambrosio

Voz de serpiente es ésta. La serpiente fue la primera que pronunció esta voz, diciendo a Eva: «¿Por qué os dijo Dios: No comáis» ( Gén 3,1.), etc. Luego difunden el veneno de su padre.
 

San Agustín, De cons. Evang., lib. 2, cap. 27

Parece que San Lucas contó esto algún tanto diferente de los otros Evangelistas, porque no dice que el reproche de comer con los publicanos haya sido dirigido al Señor, sino a los discípulos, lo cual se entendía de uno y otros. San Mateo y San Marcos dicen que esto se refería a Jesucristo y a sus discípulos -porque todos comían con los publicanos y con los pecadores- pero que especialmente se dirigía al Señor, a quien imitaban siguiéndole en todo. Es una misma sentencia, tanto mejor insinuada, cuanto que -permaneciendo la verdad- varían las palabras.
 

Crisóstomo, ut sup

El mismo Señor les volvió el argumento contra ellos mismos, manifestando que no era pecado el tratar con los pecadores, sino conforme a la misericordia propia, de donde prosigue: «Y Jesús les respondió, y les dijo: Los sanos no necesitan de médico sino los enfermos». En lo cual les advierte que ellos también están enfermos, y demuestra que pertenecen al número de los paralíticos; pero que El es el verdadero médico. Prosigue: «Yo no he venido a llamar a los justos a penitencia, sino a los pecadores».
 

Gregorio Niceno

Como diciendo: No detesto a los pecadores, porque sólo he venido para bien de ellos; no para que sigan pecando, sino para que se conviertan y se hagan buenos.
 

San Agustín, de cons. evang. 2, 27

Por esto añadió, «A penitencia». Como para explicar mejor la frase, no fuese que se creyera que Jesucristo amaba a los pecadores por lo mismo que pecaban. Ya había dado a entender en aquella semejanza de la enfermedad, qué es lo que quería decir el Señor llamando a los pecadores como el médico llama a los enfermos, esto es, para curarlos de sus pecados como de una enfermedad.
 

San Ambrosio

¿Pero cómo amó el Señor la justicia ( Sal 10), y cómo David no vio jamás un justo abandonado, si el justo es abandonado y el pecador llamado? Debe entenderse que aquí llama justos a aquellos que presumen de la ley, y no buscan la gracia del Evangelio. Nadie se justifica por la ley, sino que se redime por la gracia. Por tanto, no llama a aquellos que se titulan justos, porque los usurpadores de la justicia no son llamados a la gracia; pues si la gracia viene de la penitencia, el que rechaza la penitencia abdica la gracia.
 

Beda

Llama pecadores a aquellos que, reconociéndose de malas acciones y no creyendo que pueden santificarse por medio de la ley, se someten a la gracia de Jesucristo, arrepintiéndose.
 

Crisóstomo, ut sup

Llama justos a aquéllos en sentido irónico, como cuando se dice: «He ahí Adán como uno de nosotros» ( Gén 3,22). Que no había un justo en la tierra, lo demuestra San Pablo diciendo: «Todos pecaron y necesitan de la gracia de Dios» ( Rom 3,23).
 

San Gregorio Niceno

O dice que no necesitan de médico los sanos y los justos, esto es, los ángeles, sino los que obran mal y son pecadores, esto es, nosotros, porque hemos adquirido la enfermedad del pecado, que no se conoce en el cielo.
 

Beda

Por la elección de San Mateo se expresa la fe de los gentiles, que antes suspiraban por las cosas mundanas, y ahora alimentan el cuerpo de Jesucristo con una tierna devoción.
 

Teofilacto

O publicano es el que sirve al príncipe del mundo, y paga su tributo a la carne: los manjares si es goloso, el placer si es adúltero, y lo demás si es otra cosa. Cuando el Señor le vio sentado en el banco de la recaudación, esto es, no dirigiéndose a cosas peores, lo separó del mal, siguió a Jesús, y le recibió en la casa de su alma.
 

San Ambrosio

El que recibe a Jesucristo en su alma experimenta toda clase de complacencia. Y así el Señor entra, y descansa en su afecto, pero enseguida se levanta la envidia de los malos, y se representa la pena eterna; cuando los justos coman en el reino de los cielos, sufrirán los pérfidos la pena del ayuno.
 

Beda

También se representa aquí la envidia de los judíos, que tanto sienten la salvación de los gentiles.
 

San Ambrosio

También se da a conocer la diferencia que hay entre los que hacen ostentación de cumplir con la ley y los que reciben la gracia, porque los primeros sufrirán hambre eterna intelectual, pero los que han recibido la palabra de Dios en lo más recóndito de sus almas, alimentados por la abundancia del manjar celestial y de la fuente divina, no podrán ya tener hambre ni sed. Por esto murmuraban los que ayunaban de espíritu.

 

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