
Vivir para Dios no es otra cosa sino hacer real y verdadero eso que rezamos en el padrenuestro: «¡Hágase tu voluntad!», y que se haga de por vida. O cuando Dios llamó a Samuel para que fuera su profeta y este respondió: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3, 1-13).




