“Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra” (Mt 5,4).
“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,28).
¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre (Sant 3,13).
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Siendo san Juan de la Cruz prior, un día reprende a un religioso mozo, ya sacerdote. Está presente el padre Jerónimo de la Cruz. El reprendido se encoleriza, responde agriamente al Prior y le dice que es un ignorante. Fray Juan se quita humildemente la capilla (ofrecer el rostro para ser abofeteado), se postra, pone la boca en el suelo y permanece así hasta que el exaltado jovenzuelo deja de hablar. Cuando el Prior se levanta del suelo y besa su escapulario, diciendo:
—Sea por amor de Dios.
El religioso se queda confuso, avergonzado y arrepentido.[1]
……
Isabel, apellidada de Cristo, se acusa un día de sentir demasiado algunas cosas.
—Hija —le dice fray Juan—, trague esos bocados amargos, que cuanto más amargos fueren para ella, son más dulces para Dios.[2]
..ooOoo..
Pero nada respondió a las acusaciones que hacían los pontífices y los ancianos. Entonces le dijo Pilato:
—¿No oyes todo lo que dicen contra ti?
Pero El nada le respondió, hasta el punto que el Procurador se maravilló grandemente (Mt 27,12-13).
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La mansedumbre es un distintivo de pertenencia al Reino, territorio de Dios. Aquellos que han sido descartados, desterrados, expulsados de la tierra… y que con actitud apacible -semejante a la de Jesús, que fue echado de este mundo, arrebatándosele violenta e injustamente la vida- lo han sobrellevado, serán a los que se les hará justicia devolviéndoles la tierra prometida arrebatada: el Reino de Dios.
Los mansos, que heredarán la tierra, son los que manteniéndose fieles y dueños de su corazón, bajo una actitud tranquila, serena, humilde, paciente, sacrificada y amante ante la adversidad que les incita a manifestarse dejando de ser ellos mismos, perdiendo el control de sí y desobedeciendo a la voluntad de Dios, que les pide ser como Él, manso y humilde de corazón y dispuesto a perdonar siempre.
Estos parecen ser en muchos casos humillados, descartados, a veces violentados y perseguidos, y en definitiva como perdedores a los ojos del mundo; pero no así a los de Dios: a quienes justamente les tiene reservado ganar la tierra… prometida. A ellos, el Señor les ha prometido ser los dueños por herencia de lo que les tiene preparados: la tierra eterna, el paraíso, la vida que no acaba.
La mansedumbre ciñe la voluntad a la de Dios, acogiéndose a la forma de ser de Cristo, aún en los peores momentos: “Si quieres ser perfecto —escribe S. Juan de la Cruz[3]—, vende tu voluntad… y ven a Cristo por la mansedumbre y humildad y síguelo hasta el Calvario y sepulcro” .
«Lo que dejó a los hombres fue la práctica: su actitud delante de los jueces, de los verdugos, de los acusadores, ante toda clase de calumnias y ultrajes, su actitud en la cruz. No defiende su derecho, no opone resistencia, no da un paso para alejar de sí la cosa fatal, antes bien, la provoca. Ama a los que le hacen daño: sufre y reza. No defenderse no montar en ira, no hace a nadie responsable…», si éstas son las palabras de un ateo[4], qué podríamos añadir nosotros para hablar de la actitud ejemplar de Nuestro Señor ante la violencia de mal que pretende destruir al amor, dejando de que sea amor y pierda la paz, nada. Dios nos responde al mal con más mal, con las armas de este; Dios lo vence con mansedumbre, sin resistencia violenta, pero sin retroceder ni huir.
«El, que, siendo ultrajado, no respondía con ultrajes; siendo maltratado, no amenazaba, sino que se abandonaba en manos del que juzga con justicia» (1 Pe 2,23). Cuando Jesús es humillado, abofeteado, maltratado, y se comporta con docilidad, serenidad, mansedumbre, nos pone de manifiesto esta actitud como un valor que viene a aportar un enriquecimiento de la persona humana, la santifica.
«Tampoco lo reivindican, porque son los mansos, que viven por amor a Jesús en la renuncia a todo derecho propio. Se les injuria y callana, se les oprime y lo soportan, se les empuja y se apartan. No pleitean por sus derechos, no protestan cuando son tratados con injusticia. No quieren ningún derecho propio. Prefieren dejarlo todo a la justicia de Dios. Lo que a su Señor parece justo, debe parecérselo también a ellos. Sólo eso. En cada palabra, en cada ademán, resulta evidente que no pertenecen a este mundo.»[5]
El silencio se puede tomar por ignorancia o por consentimiento, pero es sutil: esa forma de callar, de no hablar una verdad innecesaria y crispante, portadora de crítica, etc., es un secreto que Dios conoce. El manso posee ese clima de paz que le viene del interior y que le va haciendo inalterable a oleaje del mundo exterior. El manso está próximo a Dios. Dios le conoce y le guarda.
El manso vive sumergido en la presencia de Dios, bajo la acción de su reinado. Y así que en las penurias es capaz de mantener la paz, la serena alegría, que el mundo no entiende, porque le es inaccesible. Es la poderosa gracia de la vida divina actuante, contra la que el poder del mal nada puede. «El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria«[6].
«Jesús dice: ellos poseerán la tierra. La tierra pertenece a estos hombres débiles y sin derechos. Los que ahora la poseen con la fuerza y la injusticia, terminarán perdiéndola, y los que han renunciado a ella completamente, mostrándose mansos hasta la cruz, dominarán la nueva tierra. No hay que pensar aquí en una justicia intramundana y castigadora de Dios (Calvino), sino que cuando venga el reino de los cielos, quedará renovada la faz de la tierra y ésta se convertirá en herencia de la comunidad de Jesús. Dios no abandona la tierra. La ha creado. Ha enviado a ella a su Hijo. Edificó sobre ella su comunidad. Todo comenzó en este tiempo se dio un signo. Ya aquí se ha dado a los débiles un trozo de tierra: la Iglesia, su comunidad, sus bienes, hermanos y hermanas, en medio de persecuciones hasta la cruz. También el Gólgota es un trozo de tierra. A partir del Gólgota, donde murió el más manso de todos, debe ser renovada la tierra. Cuando llegue el reino de Dios, los mansos poseerán la tierra.»[7] Karl Barth dice: “Cristo padece. Por lo tanto, no conquista. No triunfa. No tiene éxito… No consigue nada más que… su crucifixión”.
«Vivir con serenidad de corazón es transparentar a Dios… Jesús, a pesar de todo, callaba. Estas palabras son toda mi fuerza» (santa Magdalena Sofía Barat). Una personalidad llena de suavidad, fortaleza, paciencia, dulzura y equilibrio… Los frutos del Espíritu, paz interior, paciencia en tu comportamiento, amabilidad para con todos, bondad en tus intenciones, confianza en tus relaciones, dulzura interior y exterior.
Aquellos que son aplastados, que tendrían suficientes razones y motivos para actuar violentamente, y que sin embargo mantienen la actitud de Cristo ante los violentos, manso y humilde… Esos que pese a todo y contra todo, se mantienen sumergidos en una lo de bondad y paz, esos son contemplativos: los excluidos, apartados, aplastados y expulsados de la vida de la tierra, serán justamente los que la heredarán.
El contemplativo es aquel que crucificado (humillado, maltratado) permanece suave; atravesado por un hierro candente permanece inalterado porque está tan recalentados al rojo vivo del Amor; el odio no le hace odiar, pues el amor en que se hallan inmersos es más poderoso. En medio de la tormenta permanece en calma, sumergido en una inmensa paz. Personas muy sencillas están impregnadas de Dios sin darse cuenta de ello. Ponen su vida tranquilamente al servicio de los demás, siempre pacientes, siempre en la alegría.
No molestar, no cortar, no herir, no criticar, etc. es de personas no pequeñas; pero no hacerlo aún cuando se tiene razón, es de personas grandes. Aunque se tengan más que razones para responder ante un mal que se nos ha causado o un ofensa deshonrosa, ofrecer el silencio con un sacrificio ofrecido al Crucificado, por amor, por asemejarnos a Él, por tener sus mismos sentimientos. San Vicente de Paúl afirmó que jamás se había arrepentido de haber sido demasiado dulce; pero que tuvo que arrepentirse tres veces de haber hablado algo duramente, creyendo que cumplía con su deber.[8] Y Santa Teresa de Lisieux nos dejó escrito: «Cuando no se nos comprende o se nos juzga desfavorablemente, ¿a qué defendernos o dar explicaciones? Dejémoslo pasar, no digamos nada, ¡es tan bueno no decir nada«[9]
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[1] JESUS DE, CR., Vida de san Juan de la Cruz; en Vida y obras completas de san Juan de la Cruz, BAC, Madrid, 1964, pp.212-213.
[2] JESUS DE, CR., Vida de san Juan de la Cruz; en Vida y obras completas de san Juan de la Cruz, BAC, Madrid, 1964, p.290.
[3] Dichos f, 6.
[4] NIETZSCHE, F., El anticristo, Anaya, Mexico, pp.54-55.
[5] BONHOEFFER, D., El precio de la gracia, Sígueme, Salamanca, 1986 (3ª), pp.67-68.
[6] SABATO, E., La resistencia, Seix Barral, Barcelona, 2000, p.108.
[7] BONHOEFFER, D., El precio de la gracia, Sígueme, Salamanca, 1986 (3ª), p.68.
[8] SALES, L., La vida espiritual, Madrid, 1977, p.481.
[9] Manuscritos, 19.5.
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