Este es el mundo progre: más normas, más prohibiciones, más controles, más sometimiento y manipulación, etc.
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El mundo del colegueo, del buenismo de pacotilla, de la empatía postiza de un pathos común (-naturaleza- que se niega), especie de solidaridad (ya desgastada y poco creíble)… es decir un devenir del «igualité, fraternité…». Nostalgia oculta, melancolía de lo que se adivina como necesario y verdadero, y que ya no lo es. Todo esto es pura filfa, politiqués de las élites, pura pose y autofalseamiento que se pretende expandir globalmente. Pero nada, nada de nada.
El globalismo o pensamiento único: el progresismo, o sea el materialismo cultural, tanto de izquierdas como de derechas. A esto se ha llegado. En sentido estricto ha modificado el significado, o por ser más precisos, ha quedado obsoleto la antigua división izquierda-derecha.
En Occidente -hasta ahora el europeo, pero pronto el americana- el catolicismo y luego también el cristianismo en general ha sido y continúa y continuará siendo perseguido, al menos en el sentido de ser desalojado de su poder o capacidad de influencia y de trasmitir sus valores a la sociedad.
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