
Este era un tiempo pretérito, remoto, oscuro de la Historia, y/o un lugar apartado del Mundo, donde opinar estaba prohibido; decir según qué cosas podría acarrear graves consecuencias…

Este era un tiempo pretérito, remoto, oscuro de la Historia, y/o un lugar apartado del Mundo, donde opinar estaba prohibido; decir según qué cosas podría acarrear graves consecuencias…
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El poder progre cada vez más intervencionista invade parcelas de libertad de personas y sociedades. Se inmiscuye en la vida de la gente de tal forma que bajo una apariencia proteccionista va ganando terreno en imponer su voluntad, recortando derechos y haciendo que todos los ciudadanos piensen según pretende.
Las fuerzas políticas progres sufrieron un contundente correctivo en las elecciones madrileñas del 4 de mayo. «Libertad o socialcomunismo» era el lema de campaña de los adversarios a las fuerzas progresistas -como se autodenominan los partidos políticos de izquierdas, cuando se aúnan en un nombre positivamente evocador disimulando los trasnochados y que invitan a la desconfianza y la sospecha de títulos de socialistas, comunistas, anarquistas, antisistema, etc.-.
Estos tiempos actuales son los de los seres humanos de la inconsistencia, el relativismo y la nihilidad. Seres humanos conformados a un fluir donde nada es estable ni hay verdad firme ni nada a qué confiarse. Sobre esa corriente —esa si— constante se deslizan los humanos como barquillos, como meciéndonos plácidamente sobre el torbellino que se ha convertido el hecho de vivir. Peligrosamente.
Creíamos —sin duda que erróneamente— que progresábamos hacía mejor, hasta que de repente tomamos bruscamente conciencia de que no es así. Si analizamos a la insobornable realidad y los datos que nos arroja ante nosotros nos percatamos del fracaso propiamente humano en que peligrosamente nos encontramos.
