Gratitud

La liturgia de la palabra de la misa de hoy, 12 de octubre, hacen referencia en su primera lectura Reyes (5,14-17) y en el evangelio Lucas (17,11-19). Ambos tienen un nexo común: la curación de la lepra, en el primer caso la del leproso Naamán el sirio y ,en el segundo, la curación de diez leprosos, de los cuales uno solo como en el caso de Naamán, tras ser curado, vuelve a dar gracias a Dios; y ambos tienen también otra cosa en común: que son extranjeros, en este caso un samaritano.

Lectura del segundo libro de los Reyes (5,14-17):

EN aquellos días, el sirio Naamán bajó y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra de Eliseo, el hombre de Dios, Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio de su lepra.
Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando:
«Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel. Recibe, pues, un presente de tu siervo».
Pero Eliseo respondió:
«Vive el Señor ante quien sirvo, que no he de aceptar nada».
Y le insistió en que aceptase, pero él rehusó
.
Naamán dijo entonces:
«Que al menos le den a tu siervo tierra del país, la carga de un par de mulos, porque tu servidor no ofrecerá ya holocausto ni sacrificio a otros dioses más que al Señor».

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,11-19):

Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:
«Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».
Al verlos, les dijo:
«Id a presentaros a los sacerdotes».
Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias.
Este era un samaritano.
Jesús, tomó la palabra y dijo:
«¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?».
Y le dijo:
«Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

 

 A la gratuidad solo se puede responder con gratitud.  Dice el dicho, es de bien nacido el ser agradecido. ¡Cuántos momentos de nuestra vida, toda, tendrían que ser de gratitud, pues toda en ella es un don, una gratuidad de origen y de continuo, aunque no sepamos apreciar, pero es real. A cada instante, aunque no lo sepamos apreciar hay momentos de sobrenaturalidad escondida, inaparente, pero real. Y esto viene a ser lo más impórtate… Lo invisible se viene a constituir en lo más sustancial de nuestra vida; aunque lo ignoremos. Dios está ahí, presente, obrando silenciosamente; tan solo las almas santas, llenas de gratitud, son capaces de reconocerlo. Y a veces los próximos, los que deberían recocerlo no lo hacen; algo falla; es un extraño, uno ajeno, un samaritano, que no pertenece al «grupo de los elegidos», el reconoce el milagro gratuito…

Esto dice la santa doctora e la Iglesia santa Teresa de Lisieux poniendo en gran relevancia la actitud de ser agradecidos con Dios: “Jesús no pide grandes acciones, sino solamente abandono y gratitud”.

«Estad siempre alegre. Orad sin cesar. Dad gracias en toda coyuntura, porque esto es lo que Dios quiere de todos vosotros en Cristo Jesús.»  (1 Tes 5,17-19).

En la celebración de la Eucaristía (Acción de Gracias) decimos: «en verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar«.

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Palabras del papa san Juan Pablo II

(Homilía en la Santa Misa de la Asociación Internacional «Amigos de los Leprosos», 21 de septiembre de 1986)

Y le salieron al encuentro unos leprosos” (Lc 17,12). En otro pasaje del Evangelio se dice que Jesús “tocó” (Lc 5,13) al leproso que se le presentó. Jesús, por tanto, se deja encontrar; se ha hecho nuestro prójimo para que podamos encontrarlo en el umbral más trágico y pesado del sufrimiento. Desde la cruz, nos enseña a buscar su propio rostro en los enfermos, a acercarnos a quienes sufren precisamente allí donde experimentan su indigencia. […] El ejemplo de Cristo debe animarnos a perseverar en nuestro compromiso con aquellas situaciones sociales que aún se muestran insensibles o impotentes ante la tragedia de la lepra. No debemos desistir si nuestros esfuerzos a veces parecen infructuosos o si nos encontramos ante entornos en los que el terror del mal inspira medidas defensivas inhumanas, fruto de aversiones instintivas e irracionales hacia los enfermos. Debemos seguir trabajando para que estos mismos entornos, que parecen más refractarios, también se abran a la esperanza. Acojamos el grito que los mismos leprosos dirigieron a Jesús: «¡Jesús, Maestro, ¡ten piedad de nosotros!» (Lc 17,13). […] El Señor ha confiado en nuestras manos muchas obras de caridad, para que a través de ellas seamos corresponsables de su plan de salvación.

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Catena Aurea

 

San Ambrosio

Después de la parábola antedicha, son reprendidos los ingratos. Dice pues: «Y aconteció que yendo Jesús a Jerusalén», etc.
 

Tito Bostrense

Para dar a conocer que los samaritanos son benévolos mientras los judíos son desagradecidos a los beneficios que se les había dispensado. Había enemistad entre los samaritanos y los judíos, la que el Señor se proponía disipar, pasando entre ellos para unirlos en un hombre nuevo.
 

San Cirilo

Después de la parábola manifiesta el Salvador su gloria para suscitar la fe de Israel. Prosigue: «Y entrando en una aldea salieron a El diez hombres leprosos», expulsados de las ciudades y de las aldeas y considerados como inmundos por la ley de Moisés.
 

Tito Bostrense, in Cat. graec. Patr

Ellos hablaban entre sí, porque los unía la desgracia común y se presentaron donde Jesús había de pasar, estando inquietos por verle venir. Y prosigue: «Que se pararon de lejos», porque la ley de los judíos considera a la lepra como enfermedad inmunda. Pero la ley del Evangelio no considera como inmunda la lepra externa, sino la interna.

Teofilacto

Esperan desde lejos como avergonzados por la impureza que tenían sobre sí. Creían que Jesucristo los rechazaría también, como hacían los demás. Por esto se detuvieron a lo lejos, pero se acercaron por sus ruegos. El Señor siempre está cerca de los que le invocan con verdad ( Sal 145,18). Prosigue: «Y alzaron la voz diciendo: Jesús, maestro, ten misericordia de nosotros».
 

Tito, ut sup

Invocan el nombre de Jesús y obtienen lo que desean, porque Jesús quiere decir Salvador. Dicen: «Apiádate de nosotros», porque conocen la magnitud de su poder y no le piden oro ni plata, sino la salud y purificación de su cuerpo.
 

Teofilacto

Y no le piden sencillamente, ni le ruegan como mortal. Le llaman maestro, esto es, Señor, con lo que casi dan a entender que lo consideran como Dios. Pero El les manda que se presenten a los sacerdotes, por lo que sigue: «Cuando El los vio les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes», porque éstos veían si habían sido curados o no de la lepra.
 

San Cirilo, in Cat. graec. Patr

La ley también mandaba que los curados de la lepra ofreciesen un sacrificio en acción de gracias por la curación.
 

Teofilacto

Al mandarles que fuesen a los sacerdotes ya les daba a conocer que debían ser curados. Por esto sigue: «Y aconteció que mientras iban quedaron limpios».
 

San Cirilo, ut sup

Los príncipes de los judíos, émulos de la gloria de Jesús, podían conocer que habían sido curados de una manera inesperada y admirable, siendo Jesucristo quien les había concedido la salud.
 

Teofilacto

Siendo ellos diez, nueve que eran israelitas fueron desagradecidos y el forastero, que era samaritano, volvió expresando su gratitud. Por esto sigue: «Y uno de ellos volvió glorificando a Dios a grandes voces».
 

Tito, ut sup

Le dio confianza para aproximarse la curación obtenida. Por esto sigue: «Y se postró en tierra a los pies de Jesús, dándole gracias», manifestando así con su postración y sus ruegos su fe y su gratitud.

Prosigue: «Y éste era samaritano».
 

Teofilacto

De aquí se puede deducir que nada impide el que cualquiera agrade a Dios, aun cuando proceda de raza profana, con tal que obre con buen propósito. Y ninguno de los que nacen de padres santos se ensoberbezca, porque los nueve que eran israelitas fueron precisamente los desagradecidos. Por esto sigue: «Y respondió Jesús y dijo: ¿Por ventura no son diez?», etc.
 

Tito Bostrense

En esto se da a conocer lo prontos que estaban a aceptar la fe los extraños, mientras que Israel andaba en ello perezoso. Por esto sigue: «Y le dijo: Levántate; vete, que tu fe te ha hecho salvo».
 

San Agustín, De quaest Evang. 2,40

En sentido espiritual puede creerse que son leprosos los que, no teniendo conocimiento de la verdadera fe, admiten las diferentes doctrinas del error, no ocultan su ignorancia, sino que aparentan tener un grande conocimiento y muestran un lenguaje jactancioso. La lepra es un mal de color. La mezcla desordenada de verdades y de errores en la discusión o discurso del hombre, semejante a los diferentes colores de un mismo cuerpo, significa la lepra que mancha y hace distintos a los cuerpos humanos, como con tintes de colores verdaderos y falsos. Estos no deben ser admitidos en la Iglesia, de modo que colocados a lo lejos, si es posible, rueguen a Cristo con grandes voces. Respecto a que le llamaron maestro, creo que dieron a entender en ello, que la lepra es una doctrina falsa que el buen maestro hace desaparecer. No se sabe que el Señor mandase a los sacerdotes a otros, a quienes había concedido beneficios corporales, más que a los leprosos. Y es que el sacerdocio de los judíos figuraba el sacerdocio que está en la Iglesia. Los demás vicios los sana y corrige interiormente el Señor mismo, en la conciencia; mientras que el poder de administrar los Sacramentos y el de la predicación, ha sido concedido a la Iglesia. Cuando los leprosos iban, quedaron limpios, porque los gentiles, a quienes vino San Pedro, no habiendo recibido aún el sacramento del Bautismo, por el cual se viene espiritualmente a los sacerdotes, son declarados limpios por la infusión del Espíritu Santo. Por tanto, todo el que se asocia a la doctrina íntegra y verdadera de la Iglesia, aunque se manifieste que no se ha manchado con el error -que es como la lepra-, será, sin embargo, ingrato con el Señor, que lo cura, si no se postra para darle gracias con piadosa humildad, y se hará semejante a aquellos de quienes dice el Apóstol ( Rom 1,21), que, habiendo conocido a Dios, no le confesaron como tal, ni le dieron gracias. Estos tales, pues, como imperfectos, serán del número nueve, porque necesitan de uno más para formar cierta unidad y ser diez. Y aquel que dio gracias fue alabado porque representaba la unidad de la Iglesia. Y como aquéllos eran judíos, se declaró que habían perdido por la soberbia el reino de los cielos, en donde la unidad se conserva principalmente. En cambio, éste, que era samaritano, que quiere decir custodio, dando lo que había recibido a Aquel de quien lo recibió, según las palabras del Salmo ( Sal 58,10): «Guardaré mi fortaleza para ti», conservó la unidad del reino con su humilde reconocimiento.
 

Beda

Cayó con la faz sobre la tierra porque se acordó del mal que había hecho y se avergonzó. Y Jesús le mandó que se levantase y se fuese, porque al que se prosterna conociendo humildemente su debilidad, merece que la palabra divina le consuele y le mande adelantar en el camino de obras más santas. Si la fe salvó a aquel que se había postrado a dar gracias, la malicia perdió a los que no se cuidaron de dar gloria a Dios por los beneficios recibidos. Por estos hechos se da a conocer que debe aumentarse la fe por medio de la humildad, como se explica en la parábola anterior.

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