Solamente a la luz de la doctrina católica clásica, de la philosophia perennis, de la escucha de la Escritura que siente con la Iglesia, de la gran Tradición, y de la tradición local hispánica, podremos vislumbrar un horizonte más amplio y luminoso.
- La fractura de la mente occidental
Tras la crisis de la Sagrada Escolástica, suscitada por los nominalistas, la llamada via moderna sembró en la mente occidental anhelos antropocéntricos. Un deseo irrefrenable de potentia absoluta, de libertad desordenada, de independencia radical, se apoderó de los espíritus.
La filosofía reivindicaba su independencia del dato revelado, y la teología se rebelaba contra el dato metafisico. Se había sembrado desavenencia entre la fe y la razón, y con ello, entre la vida política y el orden de la gracia.
En este contexto, la subordinación del entendimiento a la voluntad tiene una consecuencia: el deseo de independencia respecto de la autoridad del que sabe. Este anhelo de autonomía, que los nominalistas plantean de la filosofía respecto de la teología, se proyecta ahora sobre quien tiene la autoridad y la potestad para enseñar la verdad objetiva natural y sobrenatural, es decir, la Iglesia.
Esta proyección reviste dos formas: por un lado, se introduce el subjetivismo en la fe, y es el protestantismo. Por otro lado, se introduce el subjetivismo en la razón, y es la filosofía moderna. Ambas formas constituyen un potente principio secularizador, que romperá definitivamente la Cristiandad.
Es el momento en que la Hispanidad se rinde a la evidencia de los hechos: la Cristiandad ha medio caído con la caída de la síntesis católica, con la fractura de la Veterum sapientia, la antigua sabiduría clásica y cristiana. La Cristiandad ha medio caído con la caída del conocimiento objetivo.
Pero, aunque Occidente se había partido en dos nuevas mentalidades, protestantismo y humanismo renacentista, la Cristiandad sobrevivía, aún, de alguna forma, en Las Españas.
- El hombre, ser supremo para el hombre moderno
—La idolatría del hombre, esencia del subjetivismo
El filósofo y viajero ilustrado Conde de Volney (1757-1820), en su panfleto Las ruinas de Palmira o Meditación sobre las revoluciones de los imperios, afirma que «el hombre es el ser supremo para el hombre». Es un principio que impresiona no sólo por su antropocentrismo, sino por su descarnada idolatría, ante la cual la tremenda advertencia bíblica resuena con todo su poder, atravesando milenios: «Así habla el Señor: ¡Maldito el hombre que confía en el hombre y busca su apoyo en la carne, mientras su corazón se aparta del Señor!»
El marxismo se apropia de este lema y lo amplifica:
«Y para el hombre la raíz es el hombre mismo. La prueba evidente del radicalismo de la teoría alemana, o sea, de su energía práctica, es que parte de la decidida superación positiva de la religión. La crítica de la religión desemboca en la doctrina de que el hombre es el ser supremo para el hombre».
Con todas sus implicaciones, enriquecido por las aportaciones de Hegel (1770-1831), lo convierte en sustento ideológico de la fe en el hombre, o sea, de la idolatría revolucionaria moderna. La idolatría del subjetivismo.
- La Modernidad ilustrada y revolucionaria
Como estamos viendo, que de las entrañas de la Era del Subjetivismo haya surgido el liberalismo, no se debe a un suceso repentino e inesperado, sino a un proceso de expansión del voluntarismo nominalista.
Cuando los revolucionarios desmontan el “antiguo régimen” occidental, éste ya no era la Cristiandad, sino el Occidente deconstruido por el protestantismo y el humanismo, y sus desarrollos subjetivistas subsiguientes. Las revoluciones operadas por el espíritu del subjetivismo, para imponerse en las leyes y en las instituciones, se han amparado en la autosuficiencia subjetivista —es decir, radicalmente antimetafísica—del orden temporal.
La Modernidad Liberal es el protestantismo y el humanismo amalgamados en política. El “antiguo régimen” era, ya, un orden político artificial, era, ya, un orden subjetivista, cuya potencia absoluta será explotada, primero, por las revoluciones. La Declaración de los derechos del hombre son la declaración de los principios revolucionarios, pero antes, de los principios del subjetivismo.
- La Modernidad liberal
El pensamiento subjetivista moderno es racionalista y naturalista, y en su expresión social y política, es liberal. Por eso, León XIII en su Encíclica de 1888 Libertas praestantissimum, 12, relaciona claramente el anhelo de autodeterminación de la razón con el liberalismo:
«El naturalismo o racionalismo en la filosofía coincide con el liberalismo en la moral y en la política, pues los seguidores del liberalismo aplican a la moral y a la práctica de la vida los mismos principios que establecen los defensores del naturalismo. Ahora bien: el principio fundamental de todo el racionalismo es la soberanía de la razón humana, que, negando la obediencia debida a la divina y eterna razón y declarándose a sí misma independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad. Esta es la pretensión de los referidos seguidores del liberalismo».
Pero no se queda ahí el Pontífice. A continuación, denuncia la mentalidad de otro tipo de liberales que pretenden reducir la moral a los principios de la razón, sin acudir al derecho natural y divino. Son esos liberales que «niegan que el hombre libre deba someterse a las leyes que Dios quiera imponerle por un camino distinto al de la razón natural».
El camino recorrido por el subjetivismo ha sido largo. De los nominalistas hasta el liberalismo de tercer grado. Permanecemos, entre tanto, en la Era del Subjetivismo. No sabemos, todavía, qué vendrá luego. Sólo sabemos que combatiendo el nominalismo, y sus derivaciones jurídicas, morales, filosóficas y teológicas, contribuimos al fin de esta era axiológica y antimetafísica, y preparamos la restauración del orden tradicional.
Solamente a la luz de la doctrina católica clásica, de la philosophia perennis, de la escucha de la Escritura que siente con la Iglesia, de la gran Tradición, y de la tradición local hispánica, podremos vislumbrar un horizonte más amplio y luminoso.
David González-Alonso Gracián
Fuente y texto completo: Infocatolica
Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

