La desestructuración familiar es de una importancia extraordinaria. Afecta a muchísimas personas y en algo vital, y a su vez trastoca a la sociedad. Aún así, en los medios de comunicación apenas si se trata; pareciera que no existiera este grave problema, a no ser para los magazín rosas en que frívolamente se airean chismosamente los amoríos de los famosos y adinerados, que rutinariamente se separan y divorcian como si tal cosa.
Quizá no conviene llamar la atención sobre el desbarre social de todo ello y el problemón que suponen la rupturas de las familias para todos sus miembros y parientes próximos. ¿Por qué se aparta la mirada de este asunto de consecuencias tan extraordinarias y que merecería la atención de todos para buscar soluciones? Hay como un manto de silencio un tanto sospechoso; tal vez, se prefiera que continúe así.
Ya llama la atención este palabro técnicista «desestructurada», a algo que se entiende desde toda la vida como «rota». Eso de estructura resulta algo así como cosifico, estático, frio, que no siente, que no es humano; pensemos, por ejemplo, la estructura de un edificio. Sin embargo, cuando hablamos de una familia, es algo distinto, ¿verdad? Imponer nombre a las cosas es cargarlas de significado, teledirigirlas, controlarlas y manipularlas. En este sentido, mucho nos tememos que los enemigos de la familia, de la sociedad y de la humanidad entera, están ganando la partida.
El destrozo de las familias es llamativo y espeluznante: lo doloroso que resulta para los afectados, especialmente los hijos; luego, la pareja, como fracaso, y los abuelos…, en todas las facetas de sus vidas, afectivas, psicológicas, educativas, económicas, etc. Al igual que las consecuencias sociales, en su cohesión y en su fortaleza. Una sociedad sin células fuertes que la cohesionen, débil e inestable, siempre es más fácil de manipular y someter.
Sugería Paul Diel que la superioridad de la cultura occidental proviene de ese tipo de familia (la familia cristiana), la cual facilita mejor la educación de los hijos, la transmisión generacional de los valores morales y una individuación y noción de la libertad personal más sólida que en otras culturas, así como la comunión y la fraternidad de sus miembros.
Los padres, y especialmente las madres, eran en generaciones anteriores los educadores de los hijos, los portadores de valores a heredar. Hoy ya esto no es así. Los padres han cedido este cometido, el más hermoso, y responsabilidad, al Estado, los centros escolares, la sociedad, los medios de comunicación… etc. Decía el poeta León Felipe: «no hay otro oficio ni empleo mejor que aquel que enseña al hombre a ser un hombre». Esta dejación paternofamiliar está acarreando gravísimas consecuencias, de las que un día nos daremos más cuenta.
Todo esto ha traído desde entonces un deterioro de la sociedad, la familia y las personas que ha llevado a la enfermedad del alcoholismo, la drogadicción, el desenfreno sexual, la destrucción de los hogares, relaciones de adulterio y prematrimoniales, la promoción del homosexualidad, etc.
Tan solo dos datos significativos:
Más del 80% de los niños conflictivos y agresivos provienen de familias desestructuradas. Los delitos de menores de 20 años son cometidos por chicos que crecieron sin padre.
La violencia filio-parental en España está en aumento desde el año 2013 y ya se registran de media más de 13 denuncias al día por hijos que pegan a sus padres.
Dice la palabra de Dios: «Y entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán». (Mc 13,12). En estas estamos. Aquí hay algo de apocalíptico.
La educación o formación de personas consiste fundamentalmente en trasmisión y asunción de valores y una formación de la conciencia y la personalidad en la responsabilidad especialmente moral. Decía G. Lipovestsky: «Ya no se cree en la exigencia de una educación moral elevada», y V. Frnakl: «Educar no solamente es transmitir conocimientos, sino también «refinar» la conciencia para que el hombre sea capaz de escuchar en cada situación la exigencia con contiene».
Amén de todo esto, hay algo también importante a tener en cuenta: el modelo de familia impulsado especialmente por el cristianismo. La llama familia cristiana y los valores que aporta están en el punto de mira del los cristianosfobos. Decía Madre Teresa de Calcuta: “El amor –no me cansaré de repetirlo- empieza por el hogar”. Según para quién, esto no interesa, hay que derribarlo; y a fe que se ha conseguido. Socialmente se ha subvertido los valores.
El amor sin compromiso no es tal, sino un gusto sentimental instintivizado fugaz y perecedero. Sin voluntad de empeño, constancia y fidelidad a la palabra dada, nada se sostendrá por siempre, por toda una vida. Cuanto el destino algo tan serio como el matrimonio y la constitución de una familia se juega a que el solo sentimiento perdure en el tiempo, es una puesta inútil para emprender cualquier proyecto que requiera de de justamente de eso de tiempo. Este amor requiere de un compromiso total: «Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a la mujer, y serán los dos una sola carne». (Mt 19,5).
Alguien cercano me relataba o, mejor dicho, me ponía al corriente de la situación de conocidos que ellos mismos o ya los hijos e incluso nietos que se han dejando, o sea separado o divorciado, y que se han ido con otro/a…
Ante mi observación crítica…, dijo: «A mí me parece muy bien. Si han encontrado a otro/a y se han enamorado…»
El argumento del amor suena contundente. Ahora, bien, si esto va a ser todo, apañados vamos. Bueno, aunque ya se está viendo: el desmadre (o despadre) es mayúsculo. No está quedando un matrimonio originario en pié.
En la mentalidad establecida actualmente se extiende como un odio a la tradición, el transmitir valores de padres a hijos, el querer romper la cadena entre generaciones, para suplirlo con adoctrinamiento alterador de todo. Detrás de esta pretensión de la disolución de la familia ha algo de demoniaco.
Y esto, cosa sorprendente, ha sobrevenido como un tsunami repentino en cosa de quince o veinte años. Es un acontecimiento «de moda». En España vamos a la cabeza (o de cabeza).
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