Esta mañana de 19 de septiembre, la primera lectura de la misa merece ser reflexionada, recordada y tenerla presente en nuestra vida y es —como dice— lo que debes enseñar e inculcar.
Y dicho de paso, añado algo que —yendo a la misa de las 9, como cada día— he podido escuchar en un instante, tan solo de pasada, al cruzar un paseo peatonal: a una mujer joven —no se si era la madre o la cuidadora, que llevaba al colegio a un niño de unos 6 añitos— le oí que decía “no mientas nunca”, y le niño le preguntó “¿por qué?, y ella le contestó “porque mintiendo al primero a quien haces mucho daño es a tu corazón…”. Luego ya no llegué a oír qué más le dijo; pero era suficiente. Como dice la palabra de Dios a través de san Pablo: lo que debes enseñar e inculcar.
Lectura de la misa de hoy, de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (1 Timoteo 6, 2-12):
Querido hermano: Lo que te he dicho anteriormente, es lo que debes enseñar e inculcar. Porque, quien enseña doctrinas diferentes y no se atiene a las palabras de salvación de Jesucristo, nuestro Señor, y a lo que enseña la religión verdadera, es un orgulloso e ignorante, obsesionado por las discusiones y los juegos de palabras. Y lo único que nace de todo ello, son envidias, pleitos e insultos, sospechas perjudiciales y continuos altercados, propios de hombres de mente depravada, privados de la verdad y que consideran que la religión es un negocio.
Ciertamente la religión es el gran negocio, pero sólo para aquel que se conforma con lo que tiene, pues nada hemos traído a este mundo y nada podremos llevarnos de él. Por eso, teniendo con qué alimentarnos y con qué vestirnos nos damos por satisfechos.
Los que a toda costa quieren hacerse ricos, sucumben a la tentación, caen en las redes del demonio y en muchos afanes inútiles y funestos, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se han desviado de la fe y se han visto agobiados por muchas tribulaciones.
Tú, en cambio, como hombre de Dios, evita todo eso y lleva una vida de rectitud, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre. Lucha en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que has sido llamado y de la que hiciste tan admirable profesión ante numerosos testigos.
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