
La gente hace cualquier cosa por no pasar desapercibido, por tener el llamado «su momento de gloria». Que más que gloria, sería más acertado denominarlo «vanagloria».
El afán de notoriedad coduce a muchos a protagonizar situaciones delirantes. Nadie se reprime —controla, aguanta— de dar la nota, con tal de aparecer bajo los focos y que todo el mundo lo mire. Algunos, en ese afán esperpenticamente vanidoso, se autograba cualquier tipo de video o foto que cuelgan en internet o envían a televisiones: graban cosas absurdas y estrafalarias, provocativas obscenidades, ilegalidades, etc. Es decir, desde hacer el payaso con extravagancias diversas, ridículas, morbosas, y «hazañas» arriesgadas, hasta grabarse conduciendo en dirección prohibida o a 200 km/h; otros, dando una paliza a alguien o violando en grupo a una chica…, y otros —en el colmo de esta patología de la notoriedad— se autograban suicidándose. En fin, para echarse a llorar…
¡Cuánto dista esta actitud tan común hoy día en nuestra sociedad, con el valor cristiano de la humildad, la sencillez, del desprenderse de uno mismo, etc.! Son caminos que cada vez se distancian más: el de la mundanidad y el de la santidad. De ahí —entre otras razones— que resulte tan poco atrayente para la juventud de hoy día la religión: su propuesta es tan alejada de la que ofrece el mundo del espectáculo, la apariencia, la imagen, la fama, la loa, el aplauso, del triunfo.
O tal vez, e incluso, sea una sociedad de soledades, de huérfanos, que necesitan ser reconocidos, desesperadamente tenidos en cuenta, que se fijen en ellos para verse confirmados de que existen, que son reconocibles y no espectros que vagan solos. Tal vez.
Quién de nuestros jóvenes tendría la capacidad de pasar por la vida desapercibidamente, sin preocuparse de que le tuvieran en consideración, de no sufrir si sus opiniones no son tenidas en cuenta, de hacer cosas buenas, generosas, etc., sin que sean vistas, reconcidas, sin que nadie se las valore, etc.; hechas o dichas por amor, con generosidad, o, simplemente, por deber. Y dejarlas ahí, sin reclamar autoria, como muestra de agradecimiento a la vida y en las manos de Dios.
Decía estas palabras de una joven única, inigualable, —y el que se den en la actualidad, las hace más excepcionales—: «La vocación de carmelita es la de desaparecer. (…) La Iglesia es un rosal precioso y las raíces de este rosal son las carmelitas, que con su oración dan vida al rosal. Si la raíz sale de debajo de la tierra, el rosal se seca. Pero las semillas que están por plantar, hasta que no se hunden en tierra, se pueden poner en cualquier sitio: en el suelo, encima de la mesa o delante de una cámara”.
Ella se llama Almudena, y lo tenía todo para estar en el candelero de la fama. Poseía condiciones para ello; sus padres son importantes, de reconocido prestigio. Pero ella optó por desaparecer, entrando en el Carmelo, por amor a Aquel que ve en lo oculto y secreto.
Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
