El patito feo

La cosa más sencilla y humilde, si está animada por la gratuidad divina, vale más que todo el mundo entero; porque aquella se convierte en eterna, como cosa de Dios, como todo lo suyo. Lo otro, lo intramundano es perecedero. Una insignificante florecilla silvestre si es tocada por el dedo de Dios vale más que los jardines de Babilonia. ¡Cuánto más cuando esto sucede al nivel humano; cuando la implicación de Dios, su presencia, su gracia, se refleja en el alma humana! ¡Cuántas veces está oculta indebidamente por la apariencia que la menosprecia en su dignidad. Pero a la que Dios restablecerá: “no tenía rostro humano…”, “los últimos serán los primeros”, “el que se humilla será ensalzado”, etc.!

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            Llegó una visita muy apreciada para la familia; y la mujer decidió ofrecerle la mejor comida. Entonces el marido buscó entre las aves del corral la más hermosa. Tenían una pata, pero estaba incubando un huevo; improvisó la solución: cogió el huevo y lo puso en el nido de una gallina culeca. De esta manera, la anfitriona coció para el distinguido invitado como plato la pata.

           Cuando rompieron el cascarón los pollitos de la gallina marginaban por feo al de la pata.

           Todos juntos fueron tras la mama gallina al estanque a beber. Al llegar al agua, el patito se echo a nadar; y sus hermanos, los pollitos de la gallina, se quedaron en la orilla, asombrados, envidiando el nadar del hermanito feo.

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           Era un hombre bueno, pacífico y sencillo, del que todo el mundo se aprovechaba. Sus compañeros de trabajo, aunque le estimaban, no le tenían en mucha consideración. Apenas si contaba para algo importante y significativo.

           Sucedió un hecho luctuoso en la fábrica. Se produjo  una explosión que provocó un derrumbamiento y un repentino incendio. Varios trabajadores se vieron atrapados entre los cascotes y las llamas.

           En los patios se oían los gritos tremendos que salían del interior. Nadie parecía atreverse a entrar a socorrerlos.

           Una figura menuda, débil, incapaz de sobresalir, sin mucha iniciativa, “sin coraje”… que muchas veces había sido causa de burla y escarnio, salió de entre todos, y avanzando se introdujo en el fuego. Todos permanecieron quietos, paralizados al borde de las llamas, queriendo… pero siendo  incapaces de seguirle. 

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No muy lejanas fechas un joven negro, africano, emigrante de patatera, protagonizó un hecho milagroso: viendo colgado un niño en un quinto piso de un balcón a punto de caer y matarse, este hombre marginal, saliendo de entre la gente que miraba pasivamente la situación crítica, se puso a escalar la fachada, como un “spiderman” o un tarzán, subió y subió, agarrándose a los balcones, poderoso, cada vez con más brío, valencia y arrojo, sin temor a la altura y sin pensar en el riesgo ni sí mismo (como luego confesara) hasta alcanzar a la criatura a punto de precipitarse al suelo.

El presidente de la República Francesa, el Sr. Macron, le recibió como si a un héroe y le otorgó la nacionalidad francesa.

Aquí pueden verlo: https://www.youtube.com/watch?v=4FQ7l3MbHJo

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