El pan que da la vida

Este es el Evangelio (Jn 6,30-35) de la liturgia de la misa del día de hoy, entresacamos estas expresiones:

«Dios les dio a comer pan del cielo.»

«El pan que Dios da es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo»

Y Jesús les dijo: «Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed.»

Este pan no es otro que Dios en Cristo mismo que ha descendido del cielo para darnos ese alimento divino que sustenta a todo aquel que, con fe, quiere acercarse.

Es un alimento que sacia y plenifica, de forma que nunca se tendrá hambre —a diferencia del material: “no sólo de pan vive el hombre” (Mt 4,4)—, ni tampoco sed. Ese hambre y esa sed del alma, presente en el ser humano, tendente a buscar la religación con Dios, su origen, fuente, sustento, santidad y fin. «Señor, danos siempre ese pan.». «El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed

Es obvio que concretamente este pan es el cuerpo de Cristo hecho Eucaristía y el Verbo encarnado -—«Aquel que ha bajado del cielo»— hecho Palabra de Dios, para todo el que se abre a Él tenga vida y vida eterna —“el pan que da vida.»—.

Este es el alimento sobrenatural que Dios nos ofrece gratuitamente —“es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo”—, para el que tan solo hace falta es quererlo, ir a Jesús: “El que viene a mí”, es decir, tener fe en Él; esta es la que posibilita que la libertad humana diga “si” a entrar en comunión con Cristo. Jesús, que ha bajado del cielo, con su vida hecha señal, testimonio, posibilita que “viéndola creamos” en Él.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,30-35):

En aquel tiempo, la gente dijo a Jesús: «¿Y qué señal puedes darnos para que, al verla, te creamos? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: «Dios les dio a comer pan del cielo.»»
Jesús les contestó: «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo. ¡Mi Padre es quien os da el verdadero pan del cielo! Porque el pan que Dios da es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo
Ellos le pidieron: «Señor, danos siempre ese pan
Y Jesús les dijo: «Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed

  

Decía el Papa Francisco el 27 de marzo de 2019, en la catequesis sobre el Padre Nuestro,  centrado en el tema “Danos hoy nuestro pan de cada día” :

Una vez había una gran multitud ante Jesús; era gente que tenía hambre. Jesús preguntó si alguien tenía algo, y solo se encontró un niño dispuesto a compartir lo que tenía: cinco panes y dos peces. Jesús multiplicó ese gesto generoso (ver Jn 6: 9). Ese niño había entendido la lección del “Padre Nuestro”: que los alimentos no son propiedad privada, -metamos esto en nuestra mente: la comida no es propiedad privada– sino providencia que debe compartirse, con la gracia de Dios.

El verdadero milagro realizado por Jesús ese día no es tanto la multiplicación —que es verdad— sino el compartir: dad lo que tengáis y yo haré el milagro. Él mismo, multiplicando aquel pan ofrecido, anticipó la ofrenda de  sí mismo en el Pan Eucarístico. Efectivamente, solo la Eucaristía es capaz de saciar el hambre de  infinito y el deseo de Dios que anima a cada hombre, también en la búsqueda del pan de cada día.

 

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  Catena Aurea

 

San Agustín In Ioannem tract., 25.

Creer en El es comer aquel alimento que permanece hasta la vida eterna. ¿Para qué preparas tu diente y tu vientre? Cree y ya has comido. Mas aunque los invitaba a creer, ellos todavía pedían milagros para creer. Y esto es lo que sigue: «Entonces le dijeron: ¿pues qué milagro haces», etc.
 

Crisóstomo, ut supra

Nada más opuesto a la razón que decir esto como si no hubiese hecho ningún prodigio, cuando tenían un milagro ante los ojos. Y no le permiten al Señor que elija la clase de milagro que quiera hacer, sino que lo quieren obligar a que no haga ningún otro que no sea aquél que se hizo en beneficio de sus padres. Por esto añaden: «nuestros Padres comieron el maná en el desierto».
 

Alcuino

Y para que no parezca que era de despreciar el maná en alguna manera, lo ensalzan con las palabras del salmo, diciendo ( Sal 78,24): «como está escrito: Pan del cielo les dio a comer».
 

Crisóstomo, ut supra

Habiendo hecho muchos milagros en Egipto, en el mar Rojo y en el desierto, sólo hacen mención de éste, porque era el que deseaban más por la tiranía del vientre. Y no dicen que Dios hizo esto, para que no parezca que lo comparan con Dios; y no citan a Moisés, para que no se crea que humillan a Jesucristo, sino que adoptan el término medio, diciendo: «nuestros padres comieron el maná».
 

San Agustín In Ioannem tract., 25.

Jesús nuestro Señor hablaba de sí de tal modo, que se hacía superior a Moisés, porque Moisés nunca se había atrevido a decir que daría una comida que no concluiría jamás. Sabía aquella gente todo lo que había hecho Moisés y sin embargo querían ver cosas mayores. De modo que casi puede entenderse que decían al Señor: tú ofreces un alimento que nunca se acaba, y sin embargo, nada haces de lo que hizo Moisés; porque aquél no nos dio panes de cebada, sino maná bajado del cielo.
 

Crisóstomo in Ioannem hom. 44.

El Señor podía haberles dicho que Moisés había hecho otros milagros mayores, pero ahora no era tiempo de hablar de esto, sino de procurar atraerlos al alimento espiritual. Por esto sigue: «En verdad, en verdad os digo, que no os dio Moisés pan del cielo», etc. Porque en realidad el maná no venía del cielo. ¿Y cómo se dice del cielo? Del mismo modo que se dice aves del cielo ( Sal 8; Sal 17,14; Eclo 46): «Tronó el Señor desde el cielo». Dice que aquel pan no era verdadero, no porque hubiese sido falso el milagro del maná, sino porque sólo era figura y no realidad. No dijo: no dio Moisés, sino yo. Y en lugar de Moisés pone a Dios Padre y en vez de maná se ofrece a sí mismo.
 

San Agustín, ut supra

Como diciendo: aquel maná representaba esta comida (esto es, aquella comida de que os he hablado antes), y todas aquellas cosas eran figuras mías. Habéis amado las figuras y despreciáis lo significado por ellas. Pues Dios concedió el pan que el mismo maná había representado, esto es, a nuestro Señor Jesucristo. Por esto sigue: «Mas el pan de Dios es aquél que descendió del cielo y da la vida al mundo».
 

Beda

Pero no a los elementos, sino a los hombres que habitan en el mundo.
 

Teofilacto

Hablaba de sí mismo como pan verdadero, porque lo que principalmente se representa por medio del maná, es el Hijo Unigénito de Dios hecho hombre. Maná es vocablo que significa ¿qué es esto? 1 ( Ex 26) Porque los judíos, cuando lo veían, se decían asombrados los unos a los otros: ¿qué es esto? Mas el Hijo de Dios hecho hombre es el maná más poderoso y admirable, de modo que a cualquiera se le ocurre preguntar: ¿qué es esto? ¿Y cómo el Hijo de Dios es Hijo del hombre? y ¿cómo puede ser que de dos naturalezas se forme una sola persona?
 

Alcuino

El, que siendo divino, descendió del Cielo asumiendo la humanidad y para la vida al mundo 2.
 

Teofilacto

Y este pan existe como vida según su naturaleza (como Hijo del Padre vivo). Hace obras propias, porque da vida a todas las cosas. Y así como el pan de la tierra conserva la naturaleza débil de nuestra carne, así Jesucristo, por medio de las operaciones del Espíritu, da vida al alma y hace también al cuerpo incorruptible, pues por su resurrección comunica la incorruptibilidad al cuerpo y de aquí el decir que da la vida al mundo.
 

Crisóstomo, ut supra

No sólo a los judíos, sino a todo el mundo. Mas ellos se fijaban aún en las cosas más bajas. Por esto sigue: «ellos, pues, le dijeron: Señor, dadnos este pan». Y habiendo dicho El: mi Padre es quien da este pan, no le dijeron: ruégale que nos lo dé, sino: dánosle.
 

San Agustín, ut supra

Y así como la Samaritana, a quien dijo el Señor: «El que bebiere de esta agua nunca volverá a tener sed» ( Jn 4,14), tomando esto mismo en sentido material y queriendo ponerse a cubierto de la indigencia, también había dicho: «dame de esta agua»; éstos dicen: «Danos este pan»; que nos alimente y que no falte.

 

Crisóstomo in Ioannem hom. 44

En lo que sigue el Señor los va a iniciar en el conocimiento de los misterios. En primer término, habla de su divinidad, por lo que les dice: «Y Jesús les dijo: yo soy el pan de la vida». Y no dijo esto refiriéndose a su cuerpo, porque de esto habló más adelante cuando dijo: «el pan que os daré, es mi propia carne». Pero ahora habla de su divinidad, porque su carne es pan por la Palabra de Dios, que se convierte en pan celestial para todo aquél que recibe su mismo espíritu.
 

Teofilacto

Y no dijo: yo soy el pan de alimento, sino de la vida. Y como todas las cosas estaban muertas, Jesucristo nos da vida por medio de sí mismo. Luego es un pan, no de la vida ordinaria, sino de aquélla que no concluye con la muerte. Por esto añade: «El que a mí viene, no tendrá hambre; y el que en mí cree, nunca jamás tendrá sed».
 

San Agustín In Ioannem tract., 25.

El que viene a mí, esto es, el que cree en mí. Y cuando dijo: no tendrá hambre, debe entenderse esto mismo, y cuando dice que nunca tendrá sed, con una y otra cosa significa aquella saciedad eterna en donde nunca hay hambre.
 

Teofilacto.

No se tendrá sed ni hambre, esto es, de oír la palabra de Dios, ni se cansará, ni será mortificado con sed intelectual, como sucedería cuando no tuviera el agua del bautismo y la santificación por el Espíritu Santo.

 

Notas

  1. El nombre hebreo man es explicado en Ex 16,15 por la pregunta de los israelitas: man hu, ¿qué es esto?
  2. «A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que ‘en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente’ ( Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el ‘sacramento’, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora». ( Catecismo de la Iglesia Católica, 515) «Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres». ( Catecismo de la Iglesia Católica, 609)

 

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