
«El justo camina con integridad, ¡felices sus hijos después de él!» (Prov 20,7).
«Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13,15).
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Unos padres, como tantos otros, llevaron a sus hijos al circo. Al sacar las entradas, la taquillera les dijo el precio:
—Para los adultos son a 10 euros, para los menores de 12 años, son 5 euros, y para los de menos de 6 son gratis.
—Denos, pues, dos de adultos y una para nuestra hija de 12 años y otra para el hijo de 6.
Al volverse para marcharse los padres pudieron oír comentar a la taquillera:
—¡Qué bobos! Podrían haberse ahorrado 10 euros con tan sólo decir que sus hijos tenían un año menos. ¿Quién se iba a dar cuenta…?
El padre se volvió y dijo:
—Mis hijos sí.
……
Y ahora, hijos, escúchenme: ¡felices los que observan mis caminos! (Prov 8,32).
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El principio de la educación es predicar con el ejemplo.
Una demostración es siempre más efectiva que una explicación. La gente prefiere siempre ver un sermón que oírlo.
Los ejemplos son enseñanzas parabolizadas, la palabra hecha carne, la representación aparentemente muda que nunca se olvida, la educación esculpida en el alma, grabada en la memoria que siempre se podrá volver a oír.
Aunque el ejemplo requiere de la virtud de la humildad, la paciente constancia del efecto pequeño; pero, a la larga, es lo que mejor instruye de forma indeleble. Y esto los únicos que lo puede llevar a cabo, por la constante presencia en largo tiempo, los padres. He ahí su responsabilidad… y grandeza.
Todos, especialmente los padres, tenemos una gravísima responsabilidad para con los que están a nuestro lado: la de no educarlos el corazón en la desconfianza, porque esto es un escándalo, escandalizarles, hacerles perder la inocencia y la confianza que propicia el amor. ¡Cuántas veces hacemos de serpiente en el Paraíso, que provoca la pérdida de la inocencia, el ser como niño, la expulsión del Reino!
A modo de refrendo, valga la parangonización estas palabras evangélicas: «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad asentada sobre un monte, ni se enciende una lámpara y se la pone bajo el celemin, sino sobre el candelero, para que alumbre a cuantos hay en la casa.» (Mt 5,14-15).
«Nosotros tenemos las antorchas encendidas en nuestras manos cuando, con las buenas obras, damos a nuestros prójimos buenos ejemplos» (San Gregorio Magno).
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