El amor que salva es más fuerte que la muerte

 

En esto hemos conocido el Amor, en que El ha dado su vida por nosotros, y nosotros debemos dar también la vida por nuestros hermanos (1 Jn 3,16).

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           Tras el viaje a Erevan (Armenia) para socorrer a las víctimas del terremoto ocurrido en diciembre de 1988, evocaba el tremendo espectáculo como “Algo imposible de describirse: niños aplastados, heridos, mutilados; huérfanos que no saben que lo son, pero que no tardarán en saberlo…”

       Uno de los espectáculos que confesaba no conseguir olvidar era “el de una madre que permaneció siete días bajo los escombros con un hijo de tierna edad. Noté que tenía las manos llenas de cortes. Me enteré luego de que se los había hecho ella misma para saciar con su propia sangre el hambre de su hijo”.

           —¡Ella se estaba muriendo  —concluía la Madre Teresa—, pero su  hijo se había salvado![1]                                    

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          Animales como se quitan materialmente la comida de la boca para dársela a sus crías. Y ahí la capacidad de sacrifico del pelícano que cuando no encuentra otra cosa se abre la pechuga a picotazos con el fin de alimentar a los polluelos con su propia sangre.[2]

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           Después de sofocado el fuego comenzó la labor de valuación de daños, y fue entonces que al ir caminando por el parque, un guardabosques encontró una ave calcinada junto al pie de un árbol, como una estatua petrificada, en una posición extraña, pues no parecía que hubiese muerto atrapada o intentado escapar, simplemente estaba con sus alas cerradas alrededor de su cuerpo.

       Impactado, el guardabosques la golpeó suavemente con una vara, y de pronto tres diminutos polluelos emergieron vivos de debajo de las alas de su madre muerta.[3]

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       Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». (Mt 26,39)

       En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo. (Lc 22,44)

       Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: «Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. (Mt 26,45).

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[1] GONZALEZ-BALADO, J. L., Madre Teresa de Calcuta, Acento Ed., Madrid, 1998, p.109.

[2] J. L. ORTEGA: “Como las Cigüeñas” Rev. Reinado Social, n. 743, marzo 1993, p.13

[3] Artículo en la revista National Geographic, sobre algo que había sucedido durante un incendio en el Parque Nacional Yellowstone de los EE.UU.