
Todo se perfila hacia esa realidad de poder o figura única al mando del gobierno del mundo.
Estas son las declaraciones del secretario general de la ONU Antonio Guterres pidiendo la «gobernanza global», aprovechado la crisis mundial provocada por el Covid-19: «Debemos unirnos para reinventar y reinventar el mundo que compartimos». En el mundo interdependiente de hoy, «los intereses nacionales no se separan fácilmente del bien global». Además, la agitación económica y social causada por la pandemia de coronavirus «ha puesto de manifiesto desigualdades graves y sistémicas» en todo el mundo, y subrayó su fragilidad frente a la «crisis climática», la amenaza de guerra nuclear y la «ilegalidad en el ciberespacio». Ante tales problemas, «los líderes mundiales deben ser humildes y reconocer la importancia vital de la unidad y la solidaridad». «Debemos reinventar la forma en que las naciones cooperan». «Necesitamos un multilateralismo efectivo que pueda funcionar como un instrumento de gobernanza global donde sea necesario».
La unificación del poder para que se dé un mando único conlleva -se quiera o no- un peligro serio, demasiado serio. Tarde o temprano alguien accederá con las suficientes y desmedidas ansias de poder como para considerarse el amo del mundo, de forma absoluta y para siempre.
Se podrá argüir que se estructurará de tal forma -amén de las consabidas divisiones de poder- y se tomarán las medidas necesarias herméticamente selladas para que no existan fisuras para que se posibilite que suceda la presidencia mundial que se corone como amo del mundo. Pero nada será suficiente para que se impida a fuerza de reinterpretar leyes y de aglutinar más y más poder, y de doblegar voluntad y corromper… Todo ello, sin escatimar un asalto a poder de forma golpista, sin contar pero teniendo en cuenta las vicisitudes y situaciones sobrevenidas al mundo de manera extrema o excepcional, así como la seguridad y el uso del manido argumento del bien general o común. Es decir, que si la figura del presidente de un supuesto gobierno mundial existiera, la sucesión de un amo del mundo será un hecho.
El tiempo histórico actual es propicio para esto y muchos del NOM de afanan en empujar las cosas en esa dirección. Momentos como los actuales, de crisis, de acumulación de crisis e inestabilidad que recorre el mundo, a raíz de la pandemia, que reclama seguridades, unificar la lucha contra el Coronavirus y sus consecuencias: las economías de las diferentes naciones y las tensiones políticas se acrecientas. Cuando el mundo, sus Estados, sus sociedades… sean llevados al extremo de máxima tensión… y descontrolado, pánico y caos. Tal vez cuando se llegue a ese desorden y descontrol, cuando el clamor social sea desesperado y recorra todo el mundo al unísono, posiblemente alguien se alce como líder mundial para tomar las riendas. Es obvio el acaparamiento de poderes y derechos de los Estados, arrebatándolos a la población, so capa de protegerlos, de mirar por el interés general, por la seguridad y el bien de todos. El efecto del virus pandémico no se queda ahí, trasciende fronteras, se globaliza, y este globalismo reclama una solución global; para lo que habría de unificar todas las voluntades de los diferentes Estados en un solo mando o gobierno, con su presidente, claro.
Desde una perspectiva religiosa hay que añadir los siguiente:
Una gobernanza a escala mundial. De la responsabilidad globalmente compartida han de nacer estructuras e instituciones a escala global. Se impone la necesidad de construir una justa y eficiente gobernanza mundial, tal como viene pidiendo la doctrina social de la Iglesia católica. (Afirma el teólogo moralista Marciano Vidal).
A este respecto decir que el suena bien eso de que el mundo se organice en una pretendida justicia y equidad que alcance a todos, impartida por un gobierno que considere a todos como iguales en cualquier lugar de la tierra. Suela bien y parece deseable, cloro. El problema surge cuando uno se pregunta y cuando llegue a conseguir ese poder un indeseable…
A este presidente bien se le podía llamar «Amo del mundo», que precisamente el título de una novela de carácter apocalíptico…
Y es bien sabido -según lo profetizado- lo que supone el que el mundo caiga en una manos… en las manos de la Bestia del Apocalipsis o Anticristo.
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