E. Leclerc, Sabiduría de un pobre

Eloi Leclerc

Para deleite del espíritu y para alentar a la meditación hemos extraído unas pocas líneas que nos han parecido significativo del maravillosa obra de Eloi Leclerc, Sabiduría de un pobre.[1].  Con ellas les dejamos, queridos lectores:

 

         Desasimiento más radical de todo lo que se posee y de toda posibilidad de poseer —incluida la posesión de la satisfacción de no contar con nada. p.13

         La palabra más terrible que haya sido pronunciada contra nuestro tiempo es quizá esta: «Hemos perdido la ingenuidad». Decir eso no es condenar necesariamente el progreso de las ciencias y de las técnicas de que está tan orgulloso nuestro mundo. El progreso es en sí admirable. Pero es reconocer que este progreso no se ha realizado sin una pérdida considerable en el plano humano. El hombre, enorgullecido de su ciencia y de sus técnicas, ha perdido algo de su simplicidad. (19)

         Al perder esta «ingenuidad, el hombre ha perdido también el secreto de la felicidad. Toda su ciencia y todas sus técnicas le dejan inquieto y solo. Solo ante la muerte. Solo ante sus infidelidades y las de los toros, en medio del gran rebaño humano. Solo en los encuentros con sus demonios, que no le han desertado. 19-20

         Los impulsos de la fe, como las fidelidades humanas, se apoyan sobre adhesiones vitales e instintivas particularmente fuertes. Y no estaban de ningún modo sacudidas o enervadas. El hombre participaba del mundo ingenuamente. (20)

         Al perder esta «ingenuidad», el hombre ha perdido también el secreto de la felicidad. Toda su ciencia y todas sus técnicas le dejan inquieto y solo. Solo ante la muere. Solo ante sus infidelidades y las de los toros, en medio del gran rebaño humano. Solo en los encuentros con sus demonios, que no le han desertado.  En lagunas horas de lucidez el hombre comprende que nada, absolutamente nada, podrá darle una alegre y profunda confianza en la vida, a menos que recurra a una fuente que sea al mismo tiempo una vuelta al espíritu de infancia. La palabra del Evangelio no ha aparecido jamás tan cargada de verdad humana: «Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos». (20)

         San Francisco de Así escribía: «Salve, Reina Sabiduría, que Dios te salve con tu hermana la pura simplicidad». Sentimos demasiado claro que no puede haber sabiduría para nosotros que somos tan ricos en ciencia sin una vuelta a la pura simplicidad. (20)        

         Nada ayuda a saborear ni a comprender tanto la Palabra de Salvación como vivirla uno mismo hasta el límite. 41

         La difícil que es poseer algo y seguir siendo el amigo de todos los hombres y, sobre todo, el amigo de Jesucristo. Que allí donde cada unos e esfuerza en hacerse un haber ya se ha acabado la verdadera comunidad de hermanos y de amigos. Y que no se podrá nunca hacer que el hombre que tiene algunos bienes a la vista no tome espontáneamente una actitud defensiva con respecto a los otros hombres. 58-9

         …la tragedia del poseer, (…): todas nuestras relaciones humanas falseadas, corrompidas, reducidas a relaciones de dueño y  siervo a causa del haber. A causa de bienes que creemos poseer. 59-60

         Todos los libros del mundo son incapaces de dar la Sabiduría. Es precios no confundir la Ciencia y la Sabiduría. 60       

         Voy a confiarte una cosa. Cuando yo era más joven, también fui tentado por los libros. Me hubiera gustado tenerlos. Pensaba entonces que me darían la Sabiduría. Pero, mira todos los libros del mundo son incapaces de dar la Sabiduría. Es preciso no confundir la Ciencia con la Sabiduría. El demonio supo en otro tiempo las cosas celestes y conoce ahora más cosas terrestres que todos los hombres del mundo. En la hora de la prueba, en la tentación o en la tristeza, no son los libros los que pueden venir a ayudarnos, sino simplemente la Palabra del Señor Jesucristo. (60)

         Desgraciado del que ha venido a la soledad sin haber sido empujado por el Espíritu. 67

         Vivir en el tiempo de Dios. (cf. 82)

         Hay un tiempo para todos los seres. Pero ese tiempo no es el mismo para todos. El tiempo de las cosas no es el de los animales. Y el de los animales no es el de los hombres. Y, sobre todo y diferente a todo, está el tiempo de Dios que encierra todos los otros y los sobrepasa. El corazón de Dios no late al mismo ritmo que el nuestro. Tiene su movimiento propio. El de su eterna misericordia, que se extiende de edad en edad y no envejece nunca. (82)

         No las turbaba. Sin duda, ellas pertenecían al tiempo de Dios. NO tenían ni voluntad ni movimiento propio. Obedecían simplemente el ritmo de Dios, y por eso nada podrá perturbarles. Estaban en la paz de Dios. 85

         El hombre no sabe verdaderamente más que lo que experimenta. (99)

         Un Hermano Menor: un pobre, según el Evangelio; un hombre que, libremente, ha renunciado a ejercer todo poder, toda clase de dominio sobre los otros, y que sin, embargo, no es conducido por un alma de esclavo, sino por el Espíritu más noble que hay, el del Señor. 111

         Donde quiera que está el espíritu del Señor, el corazón no está amargo. NO hay sitio para el resentimiento. 111

         Con la ayuda del señor, has vencido tu voluntad de dominio y de prestigio. 113

         No llegas a ello luchando, sino adorando. 113        

      No llegarás a ello luchando, sino adorando. El hombre que adora a Dios reconoce que no hay otro Todopoderoso más que El solo. Lo reconoce y lo acepta. Profundamente, cordialmente. Se goza en que Dios sea Dios. Dios es, eso le basta. (113)        

         Se puede perder todo, menos la confianza. 120

         Es preciso haber sufrido mucho uno mismo, y quizá haberlo perdido todo, para hablar con ese acento de sinceridad y también con esta seriedad. Era preciso haber ido más allá de la desesperación y haber encontrado la tierra firme, la realidad profunda que no engaña. 121

         La mujer escuchaba con la mirada fija en el rostro a la vez grave y muy dulce, que le hablaba. Una cosa la impresionaba sobre todo: era la inmensa bondad que se transparentaba en las palabras de Francisco, y que irradiaba todo su ser y se extendía a todas las cosas. Mientras que le miraba y le escuchaba, el mundo tomaba para ella otro sentido y otra densidad; se le hacía basto y profundo; le parecía lleno de una armonía escondida. Nada era exagerado, todo se sostenía y se enrizaba en una misma bondad original. Se podía uno fiar, Dios estaba presente por todas partes en él. Hasta en los cuentos y las historias maravillosas de las hadas. 123

         Pedía al Señor que les quitara su pobreza, sino que les diera la alegría de la pobreza; porque donde hay pobreza con alegría no hay avidez ni avaricia. 124

         El hombre no es grande hasta que se eleva por encima de su obra par ano ver más que a Dios. 146

         … despegarse de la obra de toda una vida es algo muy distinto. Ese renunciamiento esta por encima de las fuerzas humanas. 146        

         Solo a partir de este estado de abandono y en esta confesión de pobreza, el hombre puede abrir a Dios un crédito ilimitado, copiándole la iniciativa absoluta de su existencia y de su salvación. Y entra entonces en una santa obediencia. 148

          …Impresionaba, sobre todo, era la tranquilidad con que hablaba de cosas graves. 148

         El Señor tuvo piedad de mí, me ha hecho ver que la más alta actividad del hombre y su madurez no consisten en la persecución de una idea, por muy elevada y muy santa que sea, sino en aceptación humilde y alegre de lo que es, de todo lo que es. El hombre que sigue su idea permanece encerrado en sí mismos. No comunica verdaderamente con los otros seres. No llega a conocer nunca el universo. Le falta el silencio, la profundidad y la paz. La profundidad de un hombre está en su poder de acogimiento. La mayor parte de los hombres permanecen aislados en sí mismos, a pesar de todas las apariencias. 160        

         El mundo de los hombres es un inmenso campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultaran el rostro de Dios. 163       

         Y no sólo pensarlo, sino portarse con este hombre de tal manera que sienta y descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba, y que se despierta así a una nueva conciencia de sí. (164).  Eso es anunciar la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad; u a amistad real, desinteresada, sin condescendía, hecha de confianza y de estima profundas. Es preciso ir al hombre. La tarea es delicada. 163

 

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[1] Morova, Madrid, 1987.

 

 


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