Apología del cristianismo

Olvidan que Occidente, del brazo de la Cristiandad, ha levantado a Dios los templos más sublimes, ha elaborado el derecho más humano, la más refinada teología, la música más gloriosa.

Es conocida la anécdota –que no me resisto a reproducir- que tuvo lugar en las calles de una ciudad irlandesa hace ya unas décadas, cuando en una encuesta televisiva sobre cuestiones políticas inquirieron a los transeúntes sobre si estos eran católicos o protestantes.  

Uno de ellos respondió a la pregunta:

-Yo soy ateo.

Pero el periodista insistió:

-Bien, pero ¿ateo católico o ateo protestante?

Ser católico o ser protestante no tenía que ver con ninguna creencia moral, teológica o, más ampliamente, religiosa. Ser católico o ser protestante tenía que ver con una adscripción cultural y, a partir de ahí, con una concepción del mundo en la que, el periodista barruntaba, la existencia de Dios casi era lo de menos.  

En nuestros días se ha convertido en un lugar común el pretendido carácter perverso de la religión o su impacto negativo en la historia. Tal cosa no se les hubiera ocurrido a los materialistas clásicos, perfectamente conscientes de que el cristianismo, desde el punto de vista funcional, había representado para la humanidad un salto espectacular en todos los órdenes. Y de que, de la predicación cristiana, y solo de ella, nació la afirmación más revolucionaria y radical de la historia de la humanidad, algo perfectamente absurdo para la Antigüedad que antecedió a Cristo: la igualdad esencial de todos los hombres.

Sin este principio, la Modernidad no tendría sentido. Todos los herederos del liberalismo y del marxismo tienen una deuda eterna, pues, con el cristianismo.

A ese respecto convendría recordar que no han sido los “siglos religiosos” los que han conducido al hombre a las grandes monstruosidades de nuestra época. Que ha sido justamente cuando se ha echado a Dios al olvido, que ha sido en el tiempo de la secularización, de ese laicismo con en el que el hombre ha creído alcanzar su autonomía moral, cuando se han librado dos terriblemente mortíferas guerras mundiales, prorrogadas por una miríada de conflictos casi más letales aún y cuando se han perpetrado los grandes genocidios; nada semejante, ni lejanamente, sucedió en el tiempo en que cristiandad y civilización fueron una sola cosa. 

Y, sin embargo, el hombre de esta época se tiene por más meritorio y avanzado. Se tiene -¡él, el gran escéptico!- por poseedor de una verdad que niega a todos quienes le han precedido. Su paradójica verdad es que no hay verdad, pero cree en ello con la determinación de quien está resuelto a todo.  

El hombre del siglo XXI es ese enano que, encaramado sobre un titán, ve más lejos que este; pero que es lo suficientemente idiota –por ver más lejos- como para creerse más grande que el gigante sobre el que se alza.  

Pues es cierto que los hombres de hoy otean horizontes más lejanos que los de cualesquiera otros tiempos. Pero no lo es menos que su indigencia intelectual y su miseria moral les impiden comprender, y celebrar, la grandiosidad de lo que ven.

Olvidan que Occidente, del brazo de la Cristiandad, ha levantado a Dios los templos más sublimes, ha elaborado el derecho más humano, la más refinada teología, la música más gloriosa; que, solo en ese Occidente cristiano, la mitad femenina de la humanidad ha alcanzado una consideración idéntica al hombre, que solo en él se ha protegido a los débiles, a los ancianos, a los enfermos; que ha contenido las guerras, y eliminado la esclavitud. Que solo donde se ha predicado a Cristo es la persona el basamento de la civilización.     

¿Qué acaecerá con un mundo del que se han extirpado los fundamentos divinos de la moral? ¿Suponen que ocurrirá la prometida emancipación humana o más bien el triunfo de los instintos más bajos y rastreros del ser humano?  

La respuesta sería inequívoca si nuestro tiempo no estuviese teñido por la ignorancia y el odio. Pues ¿qué creen que va a surgir de la destrucción de esa civilización? ¿Qué imaginan que va a resultar del rechazo de sus fundamentos mismos, de la negación incluso de la naturaleza humana?

Nos hallamos en el crepúsculo de un tiempo de monstruos, del que el naufragio de la razón es solo el primer síntoma. Parecemos abocados a una edad oscura, acaso más terrible que ninguna otra gracias al desarrollo ciego de la ciencia y la tecnología, que proporcionan un poder como no se ha conocido hasta la fecha.   

No perdamos de vista lo que está en juego: carecería de sentido combatir una expresión de barbarie para defender otra. No perdamos de vista que Occidente tiene en este momento dos enemigos; uno externo y otro interno. Y que de los dos, el letal es el segundo. 

Fernando Paz

http://gaceta.es/noticias/apologia-cristianismo-17042017-1149

 


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