Dios se hizo humano

La encarnación del Dios es el hecho más importante que ha ocurrido en la historia humana.

Dios en su inmensidad amorosa y fecunda «pergeñó» crear a un ser, otra persona, al que llamaría hombre, para que también participara de la Vida…

Esto según parece, fue la causa de que Lucifer (uno de los arcángeles seráficos) y los demás ángeles rebeldes se endemoniaran creando un «conflicto de dimensiones cósmicas», sembrando el mal y perturbando la obra creada por el Amor divino.

«Dios es amor», nos dice san Juan (1 Jn 1,8), y nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de ese Dios, según consta en el Génesis.

El enemigo que se levantó contra Dios y su obra creada, pretendía acabar con ésta; en lo orígenes, tras rebelarse, trasmutó en odiosa su persona angelical también amorosa, al abusar de la libertad, y desde entonces solo sabe odiar y esparcir su esencia a todo el mundo…

Y en esa… Jesucristo entrará en la historia humana para salvar cuanto el amor de Dios había creado.  De modo que el Verbo, la segunda persona de la divinidad, se hizo carne, entró en la historia humana, para que, asumiendo esa condición, la salvara. Así dice san Ireneo «lo que Dios asume es lo que salva», incorporó a sí todo, excepto el pecado, el mal, que es la esencia de lo opuesto a Dios, y lo su creación el hombre. De modo que el pecado no es propio del hombre, sino algo sobrevenido. Y de este mal Jesucristo salva al hombre, lo libera, lo desata, lo desliga del poder del Maligno, para no ser condenado, y restituirle la gracia original y a la amistad con Dios, religarle (religiosamente) con Él. Su misión era elevar a los hombres al mundo sobrenatural que habían perdido por el pecado de Adán, por inducción y seducción de la Serpiente.

Jesucristo, pues, vino, en un gesto inaudito de amor, a restituir la imagen y semejanza del ser humano con Dios. Él, el Hijo de Hombre, encarna el tipo de hombre cuyo modelo se halla dentro de cada uno de nosotros tal como Dios lo quiso; y que, a medida que nos alejamos de Él, nos desfiguramos como hombres.

De modo que la entrada del Señor, de todo un Dios, en el mundo, abajándose por amor, exponiéndose al martirio lo que luego iba a suceder, es la noticia más extraordinaria que podríamos conocer, para alegría nuestra. Pues sabemos que somos de un Dios que es amor, de un amor imparable, que está dispuesto a salvarnos, como sea y cueste lo que cueste. Dios es un misterio insondable de amor. En este amor radica nuestra esperanza, fe y alegría.

El Verbo se encarnó para hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4): «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 19, 1). «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» (San Atanasio de Alejandría, De Incarnatione, 54, 3: PG 25, 192B). (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 460).

Dios derramó su Amor, su Hijo, vino a nosotros, a sus otros hijos, para que ninguno perezca…

 

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