Dios es constante comunicación

         «Buscar a Dios en todo. (…)  En toda cosa, por nimia que sea, por oculta e incógnita, hallar a Dios” (García Morente)[1].

         «En relación con Dios nada está vacío; todo es signo suyo» (San Ireneo)[2].

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            Para San Juan de Ávila su ministerio principal fue el de la predicación. Los frutos que cosechó fueron extraordinarios. Las iglesias se llenaban.

                    Pero el demonio se puso en movimiento.

              Un día, al empezar el sermón el púlpito estuvo a punto de caer por tierra.  Hubo que apuntarlo, y el P. Ávila dijo al proseguir:

             —Mucho fruto se ha de hacer hoy, pues tanto empeño pone el demonio por impedirlo.[3]

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         El hombre no ve cosas simplemente, ve símbolos: significados contenidos que superan las mismas cosas.

       Una misma cosa evoca cosas diferentes a personas distintas. Por lo que las cosas serán polisémicas. Para el santo contemplativo las cosas se convierten en signos, mediaciones de la presencia de Dios que se manifiesta en los acontecimientos cotidianos. Pero nosotros, que no somos santos, no tenemos el oído suficientemente hecho a las cosas que nos hablan el lenguaje de Dios.

         Para el que cree todo es milagroso. Todo está preñado de la presencia divina, todo lo natural es a la vez sobrenatural, todo es señal de algo más allá de sí mismo.

         Quien espera hechos prodigiosos que desborden el orden natural de la naturaleza, se aleja de la manifestación de lo sobrenatural que se oculta en lo natural, en lo cotidiano, en lo sencillo, en la vida; la realidad está llena de «señales prodigiosas» tan sólo accesibles a la mirada de fe.

         Los profetas, los santos, los místicos «visibilizan» en cualquier hecho la mano de Dios.

         Dios habla a través de los acontecimientos. Dios habla en nosotros a través del lenguaje de los hechos, en términos de vida.

         Dios está presente y se comunica en y a través de las cosas de cada día, de la realidad misma a la que Dios desciende para hacerse escuchar. Un lenguaje que sólo los que tienen fe profunda entienden.

         «La palabra de Dios está a tu alcance, en tu corazón. Cúmplela (Dt 30,14). Es por tanto en el corazón del hombre, en su práctica, en su comportamiento de cada día, así como en los grandes acontecimientos del mundo, donde hemos de descifrar esta palabra. En un mero plan humano, los gestos y los objetos ‘dicen’ algo: ‘Este hecho es elocuente… Esa sonrisa dice mucho…’ De la misma manera hemos de descifrar la Palabra de Dios a través de las palabras, las actitudes, los acontecimientos humanos”[4].

         Dios habla siempre. Pero no habla o entra en comunicación inútilmente, es decir, lo hace para el corazón que escucha.

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[1] M. GARCÍA MORENTE, Ejercicios Espirituales, Espasa-Calpe, Madrid, 1961, p.43.

[2] Adversus haereses, IV, 21.

[3] N. GONZÁLEZ RUIZ y J. L. GUTIÉRREZ GARCÍA, Juan de Ávila, BAC, Madrid, 1961, pp. 20-1.

[4] E. CHARPENTIER, Para leer el Antiguo Testamento, Verbo divino, Navarra, 1982, p.112.

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