El corazón del rey es como canal de agua en la mano de Yavé. El le inclina hacia donde le place (Prov 21,1).
«Yo lo vendé, Dios lo curo» (Los sacerdotes-médicos de Epidauro).
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Un hombre que se había perdido en las montañas llevaba sin comida y muerto de frío tres días. Al cuarto, viéndose impotente y la muerte tan próxima se puso a orar encarecida y fervorosamente, pidiendo la ayuda del cielo. Al quinto día, cuando ya estaba al borde del desfallecimiento definitivo, apareció un grupo de rescate. Al verles exclamó con un hilo de voz:
—Gracias a Dios que habéis llegado!; empezaba a pensar…
—Amigo, esto no es cosa de Dios, sino del corazón tan grande del jefe de nuestra patrulla de socorro, que se desvive por los demás y es capaz de cualquier sacrificio por rescatar de las montañas a los que se pierden como tu.
—¿Y ese tan buen y santo corazón no es acaso obra de Dios?…
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Al Dios que se reza vive como en un templo en el corazón del ser humano. Hay corazones en los que reina, verdaderamente; se cumple entonces el «venga a nosotros su Reino».
Dios actúa en íntima comunión con el hombre para realizar el bien. Dios coopera en el actuar de sus hijos, obra conjuntamente con ellos. Su gracia actúa místicamente en el alma humana.
Buscamos demasiado lo excepcional, nos sentimos demasiado inclinados a concebir siempre la acción de Dios en nosotros, todos su impulsos, como necesariamente distintos de los nuestros. Pero estamos en un error, ya que entonces no percibiremos como acción del Espíritu en nuestras vidas más que lo extraordinario, lo milagroso, como aquello que puede ser atribuido directamente a Dios.
Dios actúa respetuosamente a través de nosotros, en lo íntimo, en el orden psicológico y moral: Dios nos habla, Dios nos llama,… Dios se nos ofrece, pero sin imponerse jamás, sin violentar la libertad del hombre. El nos propone y nos deja decidir. La fuerza de Dios es su amor, nada más (y nada menos). Y esa fuerza se ofrece a nosotros como gracia.
«Dame, hijo mío, tu corazón« (Prov 23,26), para que puedas hacer lo que quiero que hagas.
Dios interviene en el mundo, pero lo hace amorosamente; es su respuesta que corresponde al orden de la gracia, del amor, de la libertad. No coacciona violentamente —ni de ninguna de las maneras— a sus hijos a través de los acontecimientos.
El hombre es la providencia de Dios. Dios arregla las cosas desde dentro del hombre y con el hombre. El hombre deja a Dios de ser sordo ante tanta desgracia. Es el hombre el que tiene que hacer bueno a Dios.
La providencia divina se da allí donde se le posibilita. Dios no interviene donde no le es posible: allí donde se le niega, donde no se le recibe y acoge. Dios respeta la decisión de los malos, «siempre»; y la de los buenos, la voluntad de sus amigos, «no siempre»; pues éstos le permiten intervenir y el bien que Dios les reserva y quiere no siempre coinciden con el de ellos. En los primeros, Dios está a la puerta; en los segundos, Dios está dentro de la casa, y va y viene por las estancias con la libertad de un amigo y a veces «incordia», amorosamente.
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