«Amar a una persona es decirle: tú no morirás jamás» (G. Marcel).
“La existencia humana se caracteriza en el fondo por su auto-trascendencia. Lo que quiero subrayar con ello es el hecho de que ser hombre por encima de sí mismo apunta hacia algo que no es uno mismo, hacia algo o hacia alguien: hacia un sentimiento que se puede alcanzar o hacia otro ser humano al que amamos. Y sólo en la medida en que el hombre va más allá de sí mismo, se realiza también a sí mismo: en el servicio a algo o en amor hacia otra persona. Cuanto más se entrega a su pareja, es más persona, es más él mismo” (V. E. Franlk).
***** El novio tenía una grave enfermedad que requería una intervención inmediata. La familia del muchacho llamó a todas las puertas pidiendo la ayuda económica necesaria para costear la costosa operación. Pero no consiguieron reunir la suma necesaria. Al chico se le iba la vida; en pocos días estaría muerto. La novia sabía de un antiguo pretendiente que poseía mucho dinero. Ante la situación de emergencia, y venciendo el sentimiento de enemistad en que quedó aquella relación y la vergüenza que le suponía recurrir a pedirle ayuda, llamó a su puerta. —Te daré la cantidad que me pides; pero a cambio habrás de acceder a mis deseos. La muchacha lo rechazó de inmediato. El fatal desenlace se aproximaba a pasos agigantados. Y la chica, angustiada en extremo, acabó accediendo. El novio fue operado, y finalmente curó. Con posterioridad, cuando el novio se enteró de cómo su novia había obtenido el dinero, montó en cólera y la rechazó. Pasado un tiempo el muchacho recibía una carta remitida por el cura párroco a quien la muchacha previamente a nada consultó pidiendo consejo. El texto era breve: «Ella, María, tu novia, sabía que iba a perder su primera vez y que también te iba a perder a ti; pero su amor era mayor que todo y salvarte la vida era antes que nada». *****
Hay momentos en la vida en que hemos de optar, decidir dramáticamente, por sacrificar la parte para salvar el todo. Quisiéramos que no sucediera, pero a veces sucede, y no hay más remedio… Y ello requiere de un coraje y de un temple extraordinarios. Nos comportamos por preferencias (jerarquía de importancia): escala de necesidades y valores. Y hay mandamientos que, en determinados momentos y circunstancias, deben ceder ante otros valores o hechos relevantes en la vida de la persona. Hay quien, por apego a la materia, da más importancia a valores inferiores, o muy inferiores, que a otros de rango mucho más excelente; por ejemplo, a la «virtud física» que a la vida, que al amor,… Una personalidad moral madura sabe delimitar lo sustantivo y lo adjetivo, y tener claro que hay cosas innegociables, valores primarios indeclinables. El riesgo, las dudas, las contradicciones, la perplejidad, la ambivalencia, la inseguridad,… es parte de la aventura de vivir: del ser moralmente responsable, del tomar decisiones radicales, del emprender algo serio, del comprometerse con alguien, del amar hasta darse por completo. …..
Quien es esclavo del egoísmo no está libre para darse, y lo que es más grave —pues le resulta tan extraño a sí—, es incapaz de comprender a quien da. Hay cosas que forman parte de la misma vida, y quien las da se da con ellas. “La esfera más importante del dar no es la de las cosas materiales, sino el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra? Da de si misma, de lo más precios que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él —da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza—, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio. No da con el fin de recibir; dar es de por si una dicha exquisita”[1].
……………………………………. [1] E. FROMM, El arte de amar, Ed. Paidos, Barcelona 1986, p.33.
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