Durante la liturgia de la misas de esta primera semana del año se lee parte de la primera carta de Juan. Se centra principalmente en el tema de nuestra filiación divina y del amor fraterno derivado de esa afiliación. A diferencia de la de Jesucristo con el Padre que es una afiliación por naturaleza, la nuestra lo por «adopción».
En la parte intermedia pueden leer estas lecturas de estos días y al final algunos comentarios nuestros; ahora, antes de nada, vamos a precisar la noción de filiación divina, con unas líneas muy precisas de Pere Farnés[1]:
Tres modalidades de la filiación divina puede ayudarnos a entender y vivir mejor nuestra condición de hijos de Dios. Las tres facetas de la filiación divina son: a) la filiación del Verbo de Dios de la que participa también en toda su plenitud la humanidad del Hijo; b) la filiación divina de los bautizados, convertidos por el bautismo en miembros del Cuerpo de Cristo y c) la filiación divina de todos los hombres en cuanto participan de una misma carne y de una misma sangre con Jesucristo (Hb 2, 12). Incluso, analógicamente, podría llegar a hablarse de una cierta filiación divina de toda la creación en cuanto espera también ella la revelación de los hijos de Dios (Rm 8, 21).
Hoy miércoles, 2 de enero de 2024. Lectura de la primera carta de Juan 2,29–3,6:
Queridos hijos: Si ustedes saben que Dios es santo, tienen que reconocer que todo el que practica la santidad ha nacido de Dios.
Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos. Si el mundo no nos reconoce, es porque tampoco lo ha reconocido a él.
Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Y todo el que tiene puesta en él esta esperanza, procura ser santo, como Jesucristo es santo. Todo el que comete pecado quebranta la ley, puesto que el pecado es quebrantamiento de la ley. Y si saben ustedes que Dios se manifestó para quitar los pecados, es porque en él no hay pecado. Todo el que permanece en Dios, no peca. Todo el que vive pecando, es como si no hubiera visto ni conocido a Dios.
Ayer, Martes, 2 de enero de 2024. Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,22-28):
¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre. En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y ésta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna. Os he escrito esto respecto a los que tratan de engañaros. Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas –y es verdadera y no mentirosa– según os enseñó, permanecéis en él. Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.
Mañana, Jueves, 4 de enero de 2024. Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,7-10):
Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como él es justo. Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo. Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.
Viernes, 5 de enero de 2024. Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,11-21):
Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No seamos como Caín, que procedía del Maligno y asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo asesinó? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas. No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie; nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva en sí vida eterna. En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Pero si uno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios.
Quien niegue a Cristo está negado al Padre, y se convierte en anticristo, y pierde la filiación que nos otorga la vinculación con el Hijo, que nos hace hijos en él. Y consecuencia de esta pérdida sobreviene la perdición eterna. El Maligno en la figura del Anticristo -y de todos los que pecando nos vinculamos a esta negación de la identidad de Cristo- se afana, tanto en aquel tiempo del siglo I, que combatía san Juan en Éfeso contra aquellos que quería subvertir la verdad del Evangelio predicado por los apóstoles. Hoy día también hay tentativas de fomentar la apostasía y falsificar el conocimiento de la verdad, tratando de mundanizar la doctrina, causando división y rompiendo la fraternidad del Cuerpo de Cristo.
La filiación divina no es algo más entre otras características de nuestro ser cristianos. Filiación que tiene origen en el Padre divino que nos ha otorgado por amor: cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos. Y en esta condición no se peca: todo el que permanece en Dios, no peca. Todo el que vive pecando, es como si no hubiera visto ni conocido a Dios. (…) Todo el que practica la santidad ha nacido de Dios. Todo el que quiera ser santo ha de comportarse, vivir y sentir según el Hijo: ser santo, como Jesucristo es santo. Santidad que obra el Espíritu Santo que actúa en nosotros asemejándonos a él, haciendo que tengamos sus mismos sentimientos; no obstante, afiliación en el Hijo, queda por colmarse en plenitud: ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
El hombre no «es» el hombre tal como se nos aparece en las condiciones actuales sino tal y como será mañana, según lo revelado en Cristo. El hombre por tanto no es el que vemos, sino el que veremos, el hombre escatológico, el futuro de cada hombre está no ciertamente en la tierra, sino en la muerte y más allá de la muerte: donde tendrá lugar la beatitud, el ser colmado, planificado según la imagen y semejanza de Cristo que caracteriza toda su existencia. Como decía san Ignacio de Antioquía[2]: «Cuando llegue allá (al cielo), entonces seré hombre«. Sólo en el cielo seremos hombres tal como Dios nos quiso desde toda la eternidad, como imagen y semejanza perfecta de él (Gen 1,26). «El séptimo día (el del descanso) seremos nosotros mismos» (San Agustin[3]).
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[1] En https://mercaba.org/FICHAS/almudi.org/filiacion_divina.htm. Y sigue: «Cuando el Verbo asume una humanidad como la nuestra, esta humanidad del Verbo es también Hijo, pues la naturaleza divina del Verbo se une personalmente al Verbo formando con él una única Persona. Así la filiación divina del Hijo, unida a la humanidad por la Encarnación, -al participar el Verbo de una misma carne y sangre con los hombres- convierte a la humanidad en hija y por ello está llamada a tener gran repercusión en la vida espiritual y a transformar nuestra relación frente a Dios.
Pero no sólo el Verbo también en su naturaleza humana es Hijo; «hijo por naturaleza» sino que nosotros como bautizados participamos de una manera muy peculiar la filiación divina de Jesucristo; somos hijos de Dios por adopción en la persona de Cristo. Por el bautismo, en efecto, hemos sido incorporados a la persona de Cristo, hemos sido convertidos en miembros de su Cuerpo. Cuantos hemos sido bautizados en Cristo, dirá repetidamente el apóstol, nos hemos revestido de Cristo, hemos sido incorporados a su Cuerpo. Como cristianos, pues, también nosotros somos hijos, no ciertamente hijos por naturaleza ni por generación, pero sí por adopción. Nuestra filiación es real, somos hijos aunque sólo analógicamente pues entre la filiación del Verbo y nuestra propia filiación media una diferencia radical.
El salmo 2, desde antiguo, se aplica a Jesucristo en su encarnación, es decir a Jesucristo hecho hombre, -o mejor dicho, como diría san Agustín habla literalmente de Cristo-hombre-, y se aplica al Hijo, como hombre verdadero, una profecía: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy», es decir, en el hoy de la encarnación por la que su humanidad queda asumida como Hijo de Dios.
En un sentido mucho más amplio, podemos hablar aún de la humanidad entera como hija de Dios en cuanto que Cristo hombre no sólo es Cabeza de la Iglesia sino también Cabeza de la humanidad entera: por nosotros los hombres, confesamos en el Símbolo, se hizo hombre. Incluso la creación entera puede llegar a llamarse hija, pues la humanidad de Cristo forma parte de la creación. La carta a los Romanos, en un pasaje no especialmente claro (Rm, 8) afirma que la creación está anhelando la plena manifestación de los hijos de Dios.»
[2] A los Romanos, 6,2.
[3] Ciudad de Dios, lib. 22, cap. 30, núm. 5; en «Obras de san Agustín», BAC, t. 17; Madrid, 2ª ed., 1965, p.778.
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