Cuando el aborto se tiene por un derecho

En Esparta se tiraban a los niños por debiluchos por un barranco… En Roma se echaba a los cristianos a las fieras… En Francia se guillotinaba a los que no pensaban igual… En Alemania se cremaban seres humanos porque se les tenía por menos humanos… En la China actual se persigue al disidente o a la persona que tiene otro credo (religioso o de pensamiento), se atropellan derechos y propiedades, existen campos de concentración, se tortura y existe la pena de muerte… Y hoy, enarbolando la bandera del progreso, en el mundo en general, en las llamadas sociedad avanzas, el aborto es un derecho.

El presidente de los EE.UU., Trump, es el único (con la excepciones de Polonia y Hungría), que ha apostado fuerte y sin intimidarse por lo políticamente correcto, por la defensa del derecho del no nacido. EE.UU. le dice a la ONU que deje de promover el aborto como un derecho y vuelva a defender los verdaderos abusos contra derechos humanos, como los que sedan en China, en la provincia  de Xinjiang, donde el Gobierno mantiene a más de un millón de musulmanes uigures y otras minorías en campos de concentración donde sufrirían torturas y adoctrinamiento religioso, trabajo forzoso, así como abortos y esterilizaciones.

A muchos les chirría imágenes como esta. Pero es lo que hay o lo que se quiere. Desmembrar, arrancar los miembros del cuerpecito de una criatura humana tiene que doler en el alma, si no, malo. Pero aún así, no se piense que en general la gente en general hace algo por evitarlo, no. Los Estados, los políticos, los pro-abortistas y las clínicas de los suculentos beneficios del aborto están en el empeño de evitar de que imágenes reales como esta sean prohibida Parece que hiere la sensibilidad del ojo que la ve. De modo que: ojos que no ven corazón que no siente. En este intento de tapar lo sangrante (como en Australia) pone de manifiesto la verdad de esta realidad: la crudeza de cómo se quita la vida a un ser humano, por descuartizamiento. 

Entre las fauces de un león arrancado un brazo, una pierna, la cabeza, etc., de un cristiano en el circo romano hace dos mil años, y el actual desmembramiento con pinzas con dientes de sierra para extraer desmembrando las partes del cuerpecito de feto del útero de su madre, no hay -gráficamente, al menos- mucha diferencia. Hay una tan solo: la de que allí se vitoreaba el hecho y aquí las madres que tienen consciencia de ello salen traumatizadas y depresivas de por vida.  En cualquier caso: ambas sociedades -como tantas otras- han sido y son sociedades monstruos.

Hemos parangonado el aborto con el martirio en el circo romano, pero igualmente se podría hacer con el gaseamiento o cremación de judíos en los campos de concentración nazis, pues no es tan distinto de la acción con productos químicos o ácidos para exterminar al nasciturus del vientre materno. 

Después de esto, ¿qué cabe esperar de un mundo cuya sociedad se conduce tan desalmadamente? Pongamos en lo peor; pues cuando se legaliza lo mayor -la muerte sangrienta del inocente- se puede legalizar cualquier cosa…, ideología de género, transhumanismo, negación de la naturaleza humana, la aniquilación de la conciencia y la moral, etc.

Un mundo así no está capacitado para dar lecciones a nadie ni de nada; es decir, hablar de derechos, de verdades, de dignidad, de mejorar la vida, de progresismo…

Nota: a todo esto, son excepcionales las homilías en las que se menciona el tema del aborto.

ACTUALIDAD CATÓLICA

 


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.