Si no cambiáis y no os hacéis como los niños no entraréis en el reino de los cielos. (Mt 18,3)
Convertíos y viviréis (Ez 18,32).
Con cuerdas de bondad los atraía,
con lazos de amor (Os 11,4).
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Contaba[1] la Madre Teresa de Calcuta:
Un día encontramos a un hombre agonizando en la calle, entre unos escombros, plagado de insectos. Tenía el cuerpo lleno de úlceras, cubiertas de sangre y de pues. Lo recogí, lo llevé a casa, lo lavé y traté de curarle las heridas una por una. Lo llevamos a la casa del Moribundo abandonado. Lo lavamos y aceptó nuestros cuidados nuestros cuidados con paciencia, sin decir palabra. Tuvimos la impresión de que estaba agonizando. Antes de cerrar los ojos, aquel hombre nos miró, nos sonrió y nos dijo:
—He pasado toda mi vida en las calles, como un animal. Y ahora, al final, voy a morir como un ser humano, como un ángel, atendido, cuidado y querido. Gracias.
Jamás olvidaré la serenidad de aquella sonrisa con que fue al encuentro de Dios.
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Una vez vino a «Nirmal Hriday» un hombre que no tenía fe. Unos minutos antes de su llegada, nos habían traído a un hombre recogido de la calle, cubierto de gusanos, sacado probablemente de una alcantarilla. Una hermana lo estaba atendiendo, totalmente olvidada de todo lo demás, en tanto el recién llegado a la observaba atentamente: su cariño hacia el enfermo, la manera de sonreírle, de curarlo. También yo coincidí por allí. El ateo me dijo:
—Llegué aquí sin Dios, con el corazón repleto de odio. Me voy lleno de Dios. A través de la ternura, el amor de esa hermana hacia el moribundo, he podido observar el amor de Dios en acción. Llegué ateo, me voy creyendo.
Por mi parte, ni conocía aquel hombre ni, menos aún, sabía que fuese ateo. Creo que jamás seré capaz de olvidarlo.
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Creer para convertirse y convertirse para creer. Si no cambiamos en dirección a la inocencia, Dios no nos dirá nada, aunque quiera.
«Tu me sedujiste y yo me dejé seducir» (Jer 20,1). La conversión tiene esos dos polos: pasivo y activo; pero por este orden.
Creer es, antes que nada, ser atraído, seducido, cautivado. El primer acto libre y meritorio que se nos pide es el de ceder a esta seducción, a este atractivo de dejarse amar, ser obedientes a esa Presencia amorosa de Dios que reclama la adhesión amorosa del hombre para que éste pueda llegar a su realización plena. Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído (1 Jn 4,16).
Ser subyugado, fascinado para siempre por un misterio de amor misericordioso, donde se vislumbra la presencia secreta de la Gracia de Dios, en la que uno tan sólo tiene que pronunciar «fiat» y dejarse llevar. Así decía san Ignacio de Antioquía: “siento en mí un agua y viva y sonora, que me dice desde lo más íntimo: ven al Padre”.
Dios, por amor, desciende a la tierra, se involucra en la historia de los hombres. Dios se rebaja para que le hombre se eleve. Dios se humaniza y el hombre se diviniza.
Nos cuesta creerlo, pero tal vez es porque es demasiado hermoso: Dios asume, por amor, la naturaleza humana. Sólo en Dios cabe la grandeza inconmensurable de descender de lo infinito a lo finito, de la divinidad a la humanidad.
Si comprendiéramos por un momento, por solo un instante, lo que significa el amor de Dios hacia el hombre, quedaríamos inmediatamente convertidos. Pero no lo comprendemos. Pidamos con urgencia esa gracia.
Para creer se necesita un grado de pureza, de inocencia, de capacidad de ser vulnerable, de apertura, de acogida, de benevolencia, de postura positiva, humildad, de pequeñez, etc.
Nos cuesta creer porque es demasiado hermoso, una locura de amor inaudito. Y nosotros nos hemos hecho demasiado racionalistas, ilustrados, adultos, hemos perdido el perfil inocente del espíritu de la infancia que lo hace todo creíble, hasta lo más maravilloso.
Si no os hacéis niños…. nacerá en vosotros el orgullo, la soberbia, el resentimiento y tal vez los complejos de superioridad, no entenderemos que el protagonismo de la historia no es de los hombres sino de Dios que lo dato, la Gracia de su reinado imperecedero, al que invita tierna y paternalmente. ¡No te lo pierdas!
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[1] GONZALEZ-BALADO, J. L., Madre Teresa de Calcuta, Acento Ed., Madrid 1998, pp.21 y 133, y 141.
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