China, «non possumus»

China, «non possumus»

El comportamiento de China con respecto a la religión, especialmente cristiana, raya lo intolerable. Sin embargo, el mundo no dice absolutamente nada. La ONU, los países occidentales, las organizaciones de derechos humanos y ONG permanecen callados como muertos.

La Iglesia Católica se las ve y se las desea en el diálogo para tratar de arreglar las cosas con un gobierno dictador comunista. A veces, resulta complicadísimo el procurar se honestos con el dar una respuesta o mantener posturas que puedan perjudicar gravemente la existencia de terceros (como en este caso, la de fieles y presbíteros en ese país represor y cristianofobo).  

Todo hace recordar -hasta cierto punto y guardando las distancias- a esta historia pasada de hace más de un siglo, y que viviera el papa San Pío X:

Émile Combes, primer ministro de Francia entre 1902 y 1905, ilegalizó a la Iglesia y, cuando ésta carecía de personalidad jurídica, promulgó la ley de las “cultuales”. Con esta ley nacieron las llamadas asociaciones cultuales (de culto público), que, naturalmente, controlarían el Estado. Esta ley otorgaba al Estado la capacidad de nombrar obispos y párrocos. Era profundamente injuriosa hacia Dios y la Iglesia.

Al Papa, por entonces Pío X, luego santo, se le exigía que reconociera esa ley. El santo Pontífice podía aceptarla, renovando el Concordato con la República, o rechazarla, exponiendo a la Iglesia y a los católicos franceses a la persecución gubernativa y a la expoliación fiscal.

El Papa recibió el documento de manos del cardenal Marry del Val; lo colocó sobre el altar de la capilla privada y aquella noche no durmió. Oró hasta el alba, delante del altar. Y cuando el cardenal, muy temprano, le pidió una respuesta, contestó, muy cansado, pero con firmeza:

¾Eminencia, mire al Crucifijo: ¿Qué dice? Nos dice: non possumus.

¾¿Ésta es nuestra respuesta, Santidad?

¾Sí, Eminencia: no podemos.

El purpurado asintió.

Y el Papa le contó:

¾El año 302, en Roma, se dio orden de que los soldados sacrificaran a los dioses bajo pena de ser expulsados del ejército, y en el 303 se publicaron tres decretos que, en progresión geométrica, fueron intensificando la persecución: el primero, mediante la destrucción de los edificios eclesiásticos y de los libros, destitución de la jerarquía eclesiástica y la prohibición de apelar a juicio; el segundo, se condenaba a la cárcel no sólo a la alta jerarquía sino a todo el estamento clerical; el tercero, conminaba a la tortura y a la muerte de los reincidentes y los obstinados que no querían aceptar las disposiciones imperiales. En el siglo IV, el emperador Diocleciano fue el protagonista de esta última gran persecución sistemática y general del Imperio al cristianismo. Pretendía la aniquilación de la Iglesia. Se trató de una persecución global sin precedentes, en todas las regiones del Imperio y contra cualquier manifestación externa o privada de la fe cristiana. Había prohibido a los cristianos, bajo pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse para el culto y construir lugares para sus asambleas. En el año 304 en la ciudad de Abitinia, cerca de Cartago (hoy Túnez), 49 cristianos ¾hombres, mujeres y niños¾ fueron sorprendidos por haberse reunido para celebrar la eucaristía dominical en contra de lo establecido por la autoridad. Fueron apresados e interrogados sobre por qué habían transgredido la orden del emperador, y ellos respondieron con unas sencillas palabras que han pasado a la historia como resumen de la actitud de la Iglesia cuando le tocan lo fundamental: «Non possumus», no podemos no hacer lo que debemos. Luego, fueron finalmente martirizados. La respuesta de la Iglesia hace mil setecientos años, fue: “non possumus”, no podemos obedecer a los hombres antes que a Dios.

Al despedirse el cardenal, el Papa Pío X también le dijo:

¾Eminencia, es preferible perder los bienes a perder el Bien.

El peso de la ley se hizo sentir. El clero fue expoliado, y entre los bienes confiscados se incluían hasta las iglesias. Combes puso en pública subasta los bienes eclesiásticos, preferentemente inmobiliarios. Y así, en la prensa francesa comenzaron a verse anuncios de subasta de templos, ermitas y conventos. El cardenal de París tuvo que abandonar su recinto y los párrocos campesinos fueron arrojados de las casas parroquiales.

Años más tarde la Iglesia renacería de sus cenizas materiales y seguiría evangelizando…

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