Esta pobre gente —pobre, pese a su riqueza o precisamente por ella— parece ignorar a lo que se expone: el endurecimiento y la condenación.
La actitud de persistencia en la corrupción endurece el alma, insensibiliza la conciencia, y crea una aptitud —una predisposición del carácter— a ser, a afrontar la realidad, de una determinada manera. Es decir, que su comportamiento se verá determinado por la corrupción adquirida que le habita. Esto mientras viva. Aunque por fuera, parezca en tipo muy divertido, dicharachero, juerguista, en fin, casi un encanto a primera vista; en el fondo le habita una sombra de muerte. Que saldrá a relucir en comportamientos cuando la realidad se torne un poco exigente. Cuando uno se hace un corrupto del de dinero y la codicia por vida, esto lo anega todo, y las deslealtades, las injusticias, los pecados, como la sombra al cuerpo.
La condenación es un riesgo latente y patente para el corrupto. «Pongo ante ti la opción del bien o el mal; elige el bien», dice Dios. Ante este elección nos definimos, nos la jugamos: optamos por lo que queremos ser. Este es el juicio final, más o menos, en el sentido de que no es tanto el Señor quien nos sentenciará sino nosotros mismos, quien con nuestra determinación nos determinados para siempre. De modo que Dios no condena, nos condenamos nosotros mismos.
¡Ay, del corrupto! Lo tiene —con el término de moda— crudo. El peligro de la corrupción económica es que el dinero —como se suele decir— «deja huella»; es decir, en este caso, te persigue hasta el más allá: en otros pecados, si te arrepientes, pides perdón y cumples la penitencia: los pecados son perdonados. En el caso del pecado de la corrupción, arrepentirse, de por sí, no sirve; o sea, que sin devolución de lo robado, del dinero con el que te has corrompido no hay perdón. Esto es lo común, el que nadie de esta gran masa de gente corrupta que nos habita en nuestros días, en todos los sectores de la actividad humana.
¡Ay, del corrupto! Pues su mal le acompañará mientras vida y hasta el más allá.