Así como tratemos seremos tratados

           “Te trataré de la misma manera y te juzgaré según la misma ley que aplicas a los demás” (Lactancio).

           El que se tapa los oídos para no oír al débil, cuando él llamare no habrá tampoco quien le oiga (Prov 24,13).

         Escuchad esto, los que aplastáis al pobre e intentáis exterminar a los necesitados (Am 8,4), jamás me olvidaré de ninguna de vuestras obras (Am 8,7b).

 

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              En una gélida noche de invierno un pordiosero se había refugiado en la escalinata de una iglesia. El sacerdote se topó con él, y a regañadientes le hizo entrar en el templo: «Pasa y quédate esta noche; pero que sepas que la iglesia es la casa de Dios y no un centro para los sintecho como tu. Mañana tendrás que abandonar este lugar».

         Esa misma noche el sacerdote sufrió una dolencia cardiaca y murió repentinamente, y subió ante el Juez Supremo. Este tomó entre sus manos su Palabra y le leyó:

         —En verdad os digo que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis (Mt 25,40). —Y añadió—: El mismo trato dado a uno de éstos, mis preferidos, ese mismo trato os será reputado.

            Hizo una pausa y dijo:

           —Sentencia: Pasa y quédate por hoy, pero mañana habrás de abandonar el cielo.

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«El más próximo» de los hermanos es el necesitado. Cristo, «la imagen del Dios invisible», se identificó con el pobre (Mt 25,40).  Quien rechaza o acoge al pobre lo está haciendo con Cristo. Y ello es criterio determinante en el Juicio.

En el amor al indigente es donde se verifica la posición en que estamos en relación a Dios.

Dios medirá a todos los hombres según el amor al prójimo, y especialmente a un prójimo concreto. Quien haya colaborado, por ejemplo, en una ONG visitando al preso, quien haya recibido al peregrino, vestido al desnudo, alimentado al hambriento y saciado al sediento, etc., no sólo ha acogido a un hombre, sino que ha acogido de manera mística, pero real, al propio Cristo.

«Grande es el premio de la misericordia. Dios ha prometido que en atención a ella perdonaría todos los pecados. Si oyeres  —dice— a los que te suplican, yo escucharé tus ruegos. Si te compadecieres de los que sufren, yo me compadeceré de ti en tus aflicciones” (Lactancio).

«En el cielo, lo primero que se tendrá en cuenta será el socorro del hambriento; lo primero que se examinará serán las dádivas a los pobres; lo primero que se anotará en los libros divinos será la comunicación a los indigentes. Bienaventurado aquel cuyo nombre sea tantas veces leído en el cielo, cuantas se pronuncie allí el nombre del pobre” (San Pedro Crisólogo).

 

 “Mt 25,31-46. El Juicio de las naciones:

           La narración muestra claramente la extraordinaria importancia que da Jesús al amor que se tiene a los que sufren y a los oprimidos.

         El rey invita entonces a los buenos a tomar posesión del Reino que les tiene preparado desde el comienzo del mundo. El motivo del juicio es el siguiente: Le han ayudado en cualquier clase de necesidad que ha experimentado. El juicio provoca una gran conmoción ente los buenos. Ellos no han visto a Jesús nunca hambriento, sediento, sin techo, desnudo, enfermo o prisionero y, por consiguiente, no pueden haberle prestado ayuda. Pero obtienen esta respuesta contundente del juez: Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos humildes, lo hicisteis conmigo (v. 40).

         El desea ser amado en sus hermanos; considera a las obras de amor que se les han hecho a ellos como hechas a Si mismo. El amor al prójimo no es, pues, un sucedáneo, una suplantación de la fe en Dios y del amor a Dios; pero sí tiene que actuarse en la disponibilidad a ayudar al prójimo y dar prueba, por tanto, de su verdadera autenticidad.

          Según el capítulo 25 de San Mateo la condena en el Juicio Final no se debe a los pecados mortales, sino a la omisión de las obras buenas. Que haya elegido Jesús para ilustrar esta verdad a paganos como figuras positivas ejemplares, tiene que servir de acicate a todos los cristianos para no considerar como condenado o perdido a ningún hombre, porque no posee la fe verdadera o porque es pagano”.[1]

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

[1] KEMMER, A., Les hablaba en parábolas, Sal Terrae, Santander l982, pp.86-90.

 

 


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