Apostasía. Alergia a la Tradición

San Pio X. Logo del camino sinodal aleman

Esta alergia a la Tradición, a la doctrina legada, trasmitida por aquellos que nos han precedido en el camino de la Verdad, de la fidelidad -a veces, hasta el martirio- a Nuestro Señor Jesucristo, no es otra cosa que una falta de fe.

La carencia de fe, de creencia en la gracia divina, de su potencia transformadora de la realidad abrupta de un mundo pagano, sin oído para escuchar el anuncio del Evangelio salvador, de sus valores eternos, que desafían a un mundo camino del desorden, del caos, de las tinieblas.

Esta mundanidad es el espíritu del tiempo, en que se sienten naufragar la impotencia de su fe, puesta a prueba, como la barca que parece hundirse en medio del mar impetuoso.

Han perdido la fe en la Buena Nueva, en el mensaje transformador de Cristo, conductor de la historia humana hacia su consumación en su Reino.  

Hay quien —parte del clero, prelados progres-— dice crasamente que lo que el mundo opina ha de convertirse en fuente de revelación, al nivel de la Biblia y por encima de la Tradición. (Tremendo. Como si la opinión pública no fuera cambiante y manipulable).

De modo que, ante el espíritu del tiempo cuya mundanización de la realidad ofrece resistencia a la palabra divina, custodiada y trasmitida fielmente por la Tradición, se claudica, y —decepcionados por la falta de fe— se concluye que para al menos ser percibido como alguien que tiene algo que decir y que merece ser escuchado, ha de renunciar a su palabra para repetir el discurso dominante y políticamente correcto…

Este intento de, en definitiva, renuncia a la propia doctrina —al mensaje verdadero o verdad revelada—, para adaptarla a un mundo mundanizado, en el que no sentirse rechazado, es la traición llamada apostasía (consciente o no; silenciosa o no), de la que ya nos advirtieron los profetas que pasaría al final de los tiempos. El mundo cristiano occidental está en vía de apostatar de su fe; esta es una verdad amarga que está acaeciendo ante nuestros ojos.

La fe que no se transmite fielmente a la Tradición se pervierte, aguando el vino de la doctrina, es decir, el credo verdadero. De modo que esta mundanización de la doctrina, del mensaje evangélico, de la verdad revelada, de la palabra de Dios, que Jesucristo depositó sobre las espaldas de sus fieles elegidos para llevarla al mundo como camino de salvación, supone una traición, una apostasía, que provocará la perdición de muchos.

El intento de la Iglesia por aclimatarse al mundo es peligrosísimo porque acabará diluyéndose en él, sin se signo de contradicción, sin ser sal, si aportar luz, sin nada que decir…

Los que somos de Cristo no podemos por un momento: «Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rm 12,2). No hay que mundanizar el cristianismo sino cristianizar el mundo, santificarlo.

El santo papa Pio X, en su encíclica Pascendi (1907), advertía -el Cielo una vez más avisaba a través del Vicario de Cristo sobre este esta importante profecía-:

Los pastores tienen como primer deber proteger a su pueblo de los errores, declarándolos y condenándolos. Jesucristo señaló como primer deber el de guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe, tanto frente a las novedades profanas del lenguaje como a Las contradicciones de una falsa ciencia.

Guardar silencio no es decoroso. Es cuestión de fidelidad alzar la voz y no poner boca en tierra, cual pastor malherido. Todo pastor primero es pastor. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes.

Porque el enemigo está dentro de la Iglesia, y por ello es más peligroso, por estar oculto. La naturaleza intestina del modernismo (=progresismo), enemigo tanto más peligroso por ser interior; alien teológico y moral; toxina de anomia que vuelve al católico alérgico a su Tradición, y lo transforma en libera (=progre). 

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