“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5,7) «El que hace obras de misericordia, que las haga con alegría» (Rom 12,8b).
Si el Señor dio a Moisés los mandamientos en una montaña; el Señor en el sermón de la montaña nos entregó la versión positiva de su voluntad; entre estos «mandatos» está este: «Bienaventurados los misericordiosos…»
«Dios ha hecho el cielo, y ha hecho la tierra, el mar. Grandes obras, sin duda, y dignas de su sabiduría; pero con ninguna de ellas se atrajo tanto a los hombres como con su misericordia y bondad para con ellos. Esta es obra de sabiduría, de poder y de bondad. Y mucho más por haberse hecho esclavo. ¿No lo admiramos por eso sobre todo? No es esa la obra suya que más nos pasmas? Nada atrae a Dios como la misericordia. Sobre este tema hablan en todos los tonos los profetas”[1].
La verdadera fe no se juega tanto a nivel de ortodoxia sino de ortopraxis; así está en línea de salvación quien actúa con amor misericordioso con los demás, pues en ellos se halla Dios; y lo que se haya hecho a ellos, sobre todo a los más pobres, será tenido como hecho a Él, aunque no se haya explicitado su nombre.
La misericordia humano?cristiana se fundamenta en dos pilares: Por un lado en el aspecto humano, en su común naturaleza, que nos hace solidarios, y por otro, en el factor teológico, el cual por la fe descubrimos en el otro la imagen de Dios, la presencia de Cristo, quien se identifica sobre todo con el desvalido, quien asume la naturaleza humana, quien nos hace hermanos y nos da valor eterno. De esta manera, la misericordia humano?cristiana tiene su integración como fundamento en la solidaridad de una naturaleza fraternizada por la voluntad salvífica de Dios. Todo ser humano comparte la condición humana, y siente con ella. Hay una resonancia con los demás. Sentimos la pertenencia a un todo, a una comunión con la humanidad. La empatía es la base de la compasión que sobrepuja a la benevolencia y al equilibrio cordial de las relaciones humanas
Cristo al convertirse para los hombres en paradigma del amor misericordioso, proclama con sus obras, más que con sus palabras, que la misericordia es uno de los conocimientos esenciales del vivir en evangelio. La misericordia divina entraña una obligación para el hombre, que ha de conformarse a la conducta de Dios revelada en plenitud en Cristo: El cristiano debe seguir su ejemplo y mostrarse como El; que es Amor, amor apellidado misericordioso.
La misericordia cristiana ha de ser expresión de la experiencia transcendente, de su existir desde la fe, de su vinculación a Cristo, al que se acepta razón de su existencia, y desde un vivir desde la ley interior del Espíritu «derramado él en nuestros corazones por medio del Espíritu santo» (Rom 5,5). Es el amor al que tiende la vida. Este amor del que han de ser testigos los cristianos en medio del mundo y de la historia humana.
Si el cristiano verdaderamente es aquel que tiene que ver con Cristo, que es de los suyos, que le sigue… si el cristiano es aquel con quien está Cristo: «Sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28,20), entonces el cristiano habrá de dar los frutos que brotan de este estar unidos a la Vid. El cristiano que se halla vitalizado por la sabia del amor misericordioso habrá de plasmar en hechos concretos la realidad espiritual en la que se sustenta.
[1] SAN JUAN CRISÓSTOMO, en R. SIERRA BRAVO, Doctrina Social y Económica de los Padres de la Iglesia, Cía. Bibliográfica Española, S.A., Madrid 1967´, n.529. |
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