«Os doy un mandamiento nuevo : Que os améis unos a otros. Como yo os amé que así también vosotros os améis mutuamente. « (Jn 13,34)
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El bienaventurado san Juan Evangelista, al final de sus días, cuando moraba en Éfeso, apenas podía ir a la Iglesia sino en brazos de sus discípulos, y no podía decir muchas palabras seguidas en voz alta; no solía hacer otra exhortación que ésta:
—Hijitos, ¡ámense unos a otros!
Finalmente, sus discípulos y los hermanos que le escuchaban, aburridos de oírle siempre lo mismo, le preguntaron:
—Maestro, ¿por qué siempre nos dices esto?
Y les respondió con una frase digna de Juan:
—Porque éste es el precepto del Señor y su solo cumplimiento es más que suficiente.
(San Jerónimo, en Comentarios sobre la Epístola a los Gálatas)
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«Amo, ergo sum«, decía Miguel de Unamuno parangonando a Descartes que decía tener la máxima certeza en el «cogito, ergo sum», pienso luego soy. El hecho de amar es lo que nos hace ser. Es lo que nos corresponde ejercitar: el vivir amando, y hacerlo desde la apertura a Dios, fuente del amor, produce en nuestro ser sensación de bienestar, de plenitud, de felicidad, de santidad.
El cristiano tiene su fundamento en el Amor divino, causa de su ser; pues por el amor (Cáritas, agápe) de Dios es por lo que exitismos. Nuestro ser tiene su semejanza en Dios, cuya esencia de su ser es el amor, amor del que participamos y participa de su contenido al infundirnos el soplo de la vida, y ser habitados por el Espíritu del Amor, el Espíritu Santo, la Gracia de Dios presente en nosotros.
Con razón, pues, decía Tolstoi: «El hombre ama,… porque el amor es la esencia de su alma, porque no puede no amar«. No amar supondría dejar de ser como tal convertirse en bestia o algo peor, peor aún que estar muerto.
Juan de la Cruz dice en el Cántico Espiritual dos frases definitivas sobre lo que suponía el amor: «Ya no tengo otra ocupación que la de amar» y «Al final del atardecer de vida seremos examinados en el amor».
«El amor a Dios supera todo, soporta todo, jamás dice basta… ¿No sabéis nada?…, pero ¿sabéis amar a Dios? Bien, esto me basta» (santa María Josefa Roselló).
San Agustín dijo de forma categórica: «Amen y hagan lo que quieran«; Porque es el mandamiento del Señor, y si «solo» esto se cumple es suficiente.
A nadie debáis nada, sino el amor mutuo; pues al que ama al prójimo, cumplió la Ley. (…) Y si hay algún otro precepto, se reduce a este pensamiento. «amarás a tu prójimo como a ti mismo». El amor no hace mal al prójimo; así que la plenitud de la Ley es el amor. (Rom 13,8-10)
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