El desvalido se confía a Ti (Sal 9-10,14).
***** Es la historia de un soldado que regresó de la guerra de Vietnam. Tras sobrevivir a la guerra; muere por falta de amor. Al llegar a san Francisco, telefoneó a sus padres: —Mama, Papa; voy de regreso a casa, pero les tengo que pedir un favor: Traigo a un amigo que me gustaría que se quedara con nosotros. —Claro —le contestaron—. Nos encantaría conocerlo. —Pero hay algo que deben de saber… —Añadió el hijo. Y siguió: — El fue herido en la guerra. Pisó una mina de tierra y perdió un brazo y una pierna. El no tiene a donde ir, y quiero que el se venga a vivir con nosotros a casa. —Sentimos mucho el escuchar eso, hijo. A lo mejor podemos encontrar un lugar en donde el se pueda quedar. —No, Mamá y Papá, yo quiero que el viva con nosotros. —Hijo —le dijo el padre—, tu no sabes lo que estás pidiendo. Alguien que esté tan limitado físicamente puede ser un gran peso para nosotros. Nosotros tenemos nuestras propias vidas que vivir, y no podemos dejar que algo como esto interfiera con nuestras vidas. Yo pienso que tú deberías de regresar a casa y olvidarte de esta persona. El encontrará una manera en la que pueda vivir el sólo. Además él es la responsabilidad del gobierno y puede ingresar en un lugar para veteranos de guerra. Para eso pagamos impuestos. En ese momento el hijo colgó el teléfono. Los padres ya no volvieron a saber de él. Unos cuantos días después, recibieron una llamada telefónica de la policía de San Francisco. Su hijo había muerto después de que se había caído de un edificio, fue lo que les dijeron. Los padres destrozados por la noticia volaron a San Francisco y fueron llevados a la morgue de la ciudad a que identificaran a su hijo. Ellos lo reconocieron, para su horror ellos descubrieron algo que no sabían, su hijo tan sólo tenía un brazo y una pierna. ..ooOoo..
El representante del ejército les relató algo que el joven había querido mantener en secreto: Había sufrido los efectos de la explosión de una mina. El mismo era el «amigo» y quería saber de antemano si sus padres de verdaderamente lo aceptarían. Lamentablemente, al percibir la negativa, se suicidó desesperado.[1]
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La desesperación y el suicidio jamás son el camino. Jesús nos ama y nos acoge tal cual somos y si le entregamos nuestra vida miserable, El nos llevará a la casa del Padre. Pero muchas personas necesitan de nuestra acogida para comprender ese amor divino. Esta historia nos pone delante de nuestros ojos lo que puede suponer para personas que tenemos cerca la decepción de nuestra carencia de afecto y amor sinceros, sobre todo en determinados momentos que se necesitan ser amados de una manera profunda, incondicional y verdadera. Los padres de esta historia son como muchos de nosotros. Encontramos muy fácil amar a quienes nos resultan atractivos, pero rechazamos a los que retan nuestro egoísmo y nos causan inconveniencias. Preferimos estar alejados de esas personas que no son muy saludables, hermosas o inteligentes, que carecen de bienes materiales y espirituales, como nosotros. Alejarse de ellos, es alejarse de quien está con ellos: Jesús, que se identificó con los desgraciados… Afortunadamente, hay una persona que no nos trata de esa manera. Alguien que nos ama con un gran amor, que siempre nos recibirá en su familia, no importa qué tan destrozados estemos, física o mentalmente. Hagamos un examen de conciencia ante esta historia. Pidamos a Jesús que nos haga más misericordiosos para amar sin medida. Tengamos siempre presente que hay gente que a veces no tiene a nadie que le brinde un apoyo desinteresado e incondicional. Estar atentos porque el desvalido solo te puede llegar a tener a tí como refugio, porque Dios no encuentra a otro que haga esa labor que no seas tú.
Tu los miras y los tomas en tus manos: El desvalido se confía a Ti (Sal 9-10,14).
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