«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí»

 

El Evangelio de la liturgia de hoy, quinto domingo de Pascua, contiene esta categórica de expresión en labios de Jesucristo.

Pero de las dos frases, la más relevante quizá sea la de «Nadie va al Padre sino por mí«. Solo por el Hijo, Cristo, se llega al Dios Padre. La figura del Padre no existe con esta carga de profundidad, sino en el cristianismo: el Hijo nos hace hermanos en Él, pertenecientes a la familia de Dios Padre; la otra religión que está adquiriendo mayor protagonismo a escala mundial, el Islamismo, no contempla paternidad divina.

      Lectura del santo evangelio según san Juan (14,1-12):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre»

Nos encontramos en un momento cumbre de la revelación de la identidad total de Jesús y de lo que esto supone. De manera que ante esta inquietud que se suscita en los discípulos (de entonces y ahora) pide tener fe: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí.»  

 Jesucristo es el camino:  

El Señor afirma: «ya sabéis el camino». Y es justamente Tomás, el que reclamará pruebas de «si no meto mis dedos en el agujero de sus manos y la mano en su costado, no creeré», quien pide en este otro momento: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Quien está con Cristo está en el camino y en el lugar de llega; él es alfa y omega, el principio y el fin. Jesús es el punto de partida, en cuanto a nuestra procedencia, como arquetipo humano del que hemos  surgido, a su imagen y semejanza; a quien debe nuestro origen y ser, con el que hemos sido agraciados, creados. Y es el camino que transitar mientras vivimos aquí, el camino a recorrer y con quien hacer el camino. Estando con Jesús es estar en el camino correcto, en la dirección acertada; es más, él a su vez es el lugar de llegada.

Quien está con Jesús no está desencaminado, sino en la verdad.

 Jesucristo es la verdad:

Acerca de la verdad tenemos ese encuentro esclarecedor de Jesús frente a Pilato:

Pilato le dijo: «Entonces, ¿tú eres rey?». Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz». Pilato le dijo: «Y ¿qué es la verdad?». Dicho esto, salió… (Jn 18,37-38a).

Dijo entonces Pilato: “¿Luego tu eres rey?” Respondió Jesús: “Tu dices que yo soy rey; pues para esto he nacido y he venido al mundo, para que todo el que es de la verdad, oiga mi voz”. Díjole Pilato: «¿Qué es la verdad?» Respondió Jesús: “La verdad proviene del cielo”. Dijo Pilato: “¿No hay verdad sobre la tierra?” Y respondió Jesús a Pilato: “Estás viendo cómo son juzgados los que dicen la verdad por los que ejercen el poder sobre la tierra (Actas de Pilato, cap.III., apócrifo atribuido a NIcodemo).

Jesús es la verdad baja del cielo , la verdad proviene del cielo”, «he venido al mundo -dice Jesús-: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».  Y el que tiene fe, intima relación con la verdad, que es su persona, le escucha y conoce -comprende- y vive con él y de él, participa de su vida, está en su presencia; no así Pilado, que abandona la presencia ante Jesús: «salió…«, después de un escéptico: «Y ¿qué es la verdad?». Se alejó de la Verdad.

El relato apócrifo contiene una carga gnostica, en comparación con la verdad proveniente de la fe, que proviene del cielo,  con arreglo a la de la tierra, la discursiva de tejas a bajo, y ponen a Jesús una palabras sobre la verdad que se alejan de la Verdad: Dijo Pilato: “¿No hay verdad sobre la tierra?” Y respondió Jesús a Pilato: “Estás viendo cómo son juzgados los que dicen la verdad por los que ejercen el poder sobre la tierra”. Y la verdad, más allá la filosofía, no es sino el Ser y su sentido; en su más profundo y radical sentido, la Verdad es el Ser. Cuando Pilato preguntó a Jesús qué es la verdad, Jesús guardó silencio. La verdad no es definible, sino “sentible”, “padecible”, «asumible».  La Verdad no es algo sino Alguien. No es una cosa sino la Persona. Sólo se puede querer, amar la verdad si esta es una persona.

 Jesucristo es la vida:

la Vida con mayúsculas, la vida eterna. El es que nos hace vivir, nos da la vida como la vid al sarmiento, como la sangre al cuerpo; él es la existencia, aquí y para siempre, sin él nada se sustenta y nada se salva.  

Jesús abre el camino de la esperanza: «me voy a prepararos un lugar«: el lugar de la eternidad, en la gloria del cielo, con el Señor, con y en quien la vida no acaba.

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PALABRAS DEL PAPA BENEDICTO XVI:

(Regina Caeli, 22 de mayo de 2011)

El Evangelio de este quinto domingo de Pascua propone un doble mandamiento sobre la fe: creer en Dios y creer en Jesús. En efecto, el Señor dice a sus discípulos: «Creed en Dios y creed también en mí» (Jn 14, 1). No son dos actos separados, sino un único acto de fe, la plena adhesión a la salvación llevada a cabo por Dios Padre mediante su Hijo unigénito. El Nuevo Testamento puso fin a la invisibilidad del Padre. Dios mostró su rostro, como confirma la respuesta de Jesús al apóstol Felipe: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). El Hijo de Dios, con su encarnación, muerte y resurrección, nos libró de la esclavitud del pecado para darnos la libertad de los hijos de Dios, y nos dio a conocer el rostro de Dios, que es amor: Dios se puede ver, es visible en Cristo. Santa Teresa de Ávila escribe que no hay que «apartarse de industria de todo nuestro bien y remedio, que es la sacratísima humanidad de nuestro Señor Jesucristo» (Castillo interior, 7, 6: Obras Completas, EDE, Madrid 1984, p. 947). Por tanto sólo creyendo en Cristo, permaneciendo unidos a él, los discípulos, entre quienes estamos también nosotros, pueden continuar su acción permanente en la historia: «En verdad, en verdad os digo —dice el Señor—: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago» (Jn 14, 12).

La fe en Jesús conlleva seguirlo cada día, en las sencillas acciones que componen nuestra jornada. «Es propio del misterio de Dios actuar de manera discreta. Sólo poco a poco va construyendo su historia en la gran historia de la humanidad. Se hace hombre, pero de tal modo que puede ser ignorado por sus contemporáneos, por las fuerzas de renombre en la historia. Padece y muere y, como Resucitado, quiere llegar a la humanidad solamente mediante la fe de los suyos, a los que se manifiesta. No cesa de llamar con suavidad a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de “ver”» (Jesús de Nazaret II, Madrid 2011, p. 321). San Agustín afirma que «era necesario que Jesús dijese: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), porque una vez conocido el camino faltaba por conocer la meta» (Tractatus in Ioh., 69, 2: ccl 36, 500), y la meta es el Padre. Para los cristianos, para cada uno de nosotros, por tanto, el camino al Padre es dejarse guiar por Jesús, por su palabra de Verdad, y acoger el don de su Vida. Hagamos nuestra la invitación de san Buenaventura: «Abre, por tanto, los ojos, tiende el oído espiritual, abre tus labios y dispón tu corazón, para que en todas las criaturas puedas ver, escuchar, alabar, amar, venerar, glorificar y honrar a tu Dios» (Itinerarium mentis in Deum, I, 15).

Queridos amigos, el compromiso de anunciar a Jesucristo, «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), constituye la tarea principal de la Iglesia. Invoquemos a la Virgen María para que asista siempre a los pastores y a cuantos en los diversos ministerios anuncian el alegre mensaje de salvación, para que la Palabra de Dios se difunda y el número de los discípulos se multiplique (cf. Hch 6, 7).

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PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO:

 (Regina Caeli, 7 mayo 2023)

El Evangelio de la Liturgia del día (Jn 14,1-12) está sacado del último discurso de Jesús antes de su muerte. El corazón de los discípulos está atribulado, pero el Señor les dirige palabras tranquilizadoras, invitándolos a no tener miedo, no tengáis miedo: Él, de hecho, no les está abandonando, sino que va a preparar un lugar para ellos y a guiarles hacia esa meta. El Señor hoy nos indica así a todos nosotros el maravilloso lugar al que ir, y, al mismo tiempo, nos dice cómo ir, nos enseña el camino a recorrer. Nos dice dónde ir y cómo ir.

En primer lugar, dónde ir. Jesús ve la tribulación de los discípulos, ve su miedo de ser abandonados, precisamente como nos sucede a nosotros cuando nos vemos obligados a separarnos de alguien a quien queremos. Y entonces dice: «Me voy a prepararos un lugar […] para que donde estoy yo estéis también vosotros» (vv. 2-3). Jesús usa la imagen familiar de la casa, un lugar de relaciones y de intimidad. En la casa del Padre – dice a sus amigos y a cada uno de nosotros – hay espacio para ti, tú eres bienvenido, serás acogido para siempre con el calor de un abrazo, y yo estoy en el Cielo preparándote un lugar. Nos prepara ese abrazo con el Padre, el lugar para toda la eternidad.

Hermanos y hermanas, esta Palabra es fuente de consuelo, es fuente de esperanza para nosotros. Jesús no se ha separado de nosotros, sino que nos ha abierto el camino, anticipando nuestro destino final: el encuentro con Dios padre, en cuyo corazón hay un puesto para cada uno de nosotros. Entonces, cuando experimentemos cansancio, desconcierto e incluso fracaso, recordemos hacia dónde se dirige nuestra vida. No debemos perder de vista la meta, incluso si hoy corremos el riesgo de olvidarlo, de olvidar las preguntas finales, las importantes: ¿Adónde vamos? ¿Hacia dónde caminamos? ¿Por qué vale la pena vivir? Sin estas preguntas solo exprimimos la vida en el presente, pensamos que debemos disfrutarla lo máximo posible y al final terminamos por vivir al día, sin un objetivo, sin una finalidad. Nuestra patria, en cambio, está en el cielo (cf. Fil 3,20), ¡no olvidemos la grandeza y la belleza de la meta!

Una vez descubierta la meta, también nosotros, como el apóstol Tomás en el Evangelio de hoy, nos preguntamos: ¿Cómo ir? ¿Cuál es el camino? A veces, sobre todo cuando hay grandes problemas que afrontar está la sensación de que el mal es más fuerte y nos preguntamos: ¿Qué debo hacer? ¿Qué camino debo seguir? Escuchemos la respuesta de Jesús: «Yo soy el camino y la verdad y la vida» (Jn 14,6). “Yo soy el camino”. Jesús mismo es el camino a seguir para vivir en la verdad y tener vida en abundancia. Él es el camino y, por tanto, la fe en Él no es un “paquete de ideas”, en las que creer, sino un camino a recorrer, un viaje que cumplir, un camino con Él. Es seguir a Jesús, porque Él es el camino que conduce a la felicidad que no perece. Seguir a Jesús e imitarlo, especialmente con gestos de cercanía y misericordia hacia los demás. He aquí la brújula para alcanzar el Cielo: amar a Jesús, el camino, convirtiéndose en señales de su amor en la tierra.

Hermanos y hermanas, vivamos el presente, hagámonos cargo del presente, pero no nos dejemos arrasar por él; miremos hacia arriba, miremos hacia el Cielo, recordemos la meta, pensemos que estamos llamados a la eternidad, al encuentro con Dios. Y, desde el cielo al corazón, renovemos hoy la elección de Jesús, la elección de amarlo y de caminar detrás de Él. Que la Virgen María, que siguiendo a Jesús ya llegó a la meta, sostenga nuestra esperanza.

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Catena Aurea

San Agustín In Ioannem tract., 67.

No fuera que sus discípulos, como hombres, temieran la muerte de Cristo y se turbasen, los consuela asegurándoles que El también es Dios. Y dijo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí». Como diciendo: Es consecuente que si creéis en Dios, creáis también en mí; cosa que no sería consecuente si Cristo no fuese Dios. Teméis la muerte para esta forma del siervo. No se turbe vuestro corazón; la forma de Dios resucitará aquella forma.
 

Crisóstomo In Ioannem hom., 72.

La fe que tenéis en mí y en mi Padre que me engendró, es más potente que todos los acontecimientos que sobrevengan. Ningún trabajo puede nada contra ella. De esta suerte manifiesta el poder de la divinidad, que ponía en evidencia los pensamientos que estaban latentes en sus almas, diciendo: «No se turbe vuestro corazón».
 

San Agustín ut supra.

Y como los discípulos temían cada uno por sí, luego de decir a Pedro, que era el más fiel y más fervoroso, «No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces» ( Jn 13,38), se añade: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas». Con esto salen de su turbación, seguros y confiados de que después de las tentaciones permanecerían en Dios con Cristo. Porque aunque uno sea más valeroso, más sabio, más justo y más santo que otro, ninguno será desterrado de aquella casa, donde cada uno hallará hospedaje en proporción a sus méritos. Para todos es igual aquel denario que manda dar el padre de familia a los que trabajan en la viña, denario que significa la vida eterna, donde nadie ha de vivir más que otro, porque en la eternidad de la vida no cabe medición. Mas las muchas mansiones significan las diversas dignidades de los méritos en la vida eterna.
 

San Gregorio Super Ezech hom 16.

Las muchas mansiones convienen con el único denario, en que si bien unos más que otros se alegrarán y regocijarán, todos, sin embargo, gozarán en la fruición única de la visión de su Creador.
 

San Agustín ut supra.

Y así Dios será todas las cosas para todos, porque siendo Dios la caridad, obrará esta caridad que sea común a todos el bien que uno posea. De esta manera, cada uno posee lo que él no tiene, en tanto que lo ama en otro. No habrá, pues, envidia en la desigualdad de gloria, porque reinará la unidad de amor.
 

San Gregorio Moralium 35, 24

No sienten tampoco los efectos de esta desigualdad, porque allí cada cual recibe de gloria lo que le basta.
 

San Agustín ut supra

Todo corazón cristiano debe desechar la creencia de que se dijera lo de las muchas mansiones, porque haya un lugar fuera del reino de los cielos donde permanecen los bienaventurados inocentes, cuando han muerto sin el bautismo, sin el que no pueden entrar en el reino de los cielos. Lejos de nosotros el creer que, cuando la casa de los hijos que reinan no está sino en el reino, haya alguna parte de esta casa regia que no esté en el reino. Porque no dijo el Señor: en la eterna bienaventuranza hay muchas mansiones, sino «en la casa de mi Padre».
 

Crisóstomo In Ioannem hom., 72.

Como el Señor había dicho antes a Pedro: «A donde yo voy no puedes seguirme ahora, me seguirás después» ( Jn 13,36), para que no creyeran que esta promesa se hacía sólo a Pedro, dijo: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas». Esto es, ‘Vosotros también ocuparéis un lugar como el de Pedro’, pues allí hay gran abundancia de habitaciones, aunque no hace falta decir que necesitan preparación. De aquí que añade: «Por eso os he dicho que voy allá a aparejaros el lugar».
 

San Agustín In Ioannem tract., 68.

Donde claramente manifiesta que les dijo que habían allí muchas mansiones para significarles que no hacía falta preparación alguna 1.
 

Crisóstomo ut supra.

Como había dicho: «No puedes seguirme ahora» ( Jn 13,36), para que no crean que se prescinde de ellos, continuó: «Y si marchare y os preparare el lugar, al punto vengo por vosotros y os recibo junto a Mí, para que estéis donde yo estoy». Con esto les enseña que deben confiar con toda seguridad.
 

Teofilacto.

Es como si quisiera decirles estas dos cosas: No os turbéis en ningún caso, ya estén preparadas, o no lo estén, porque aunque no estén preparadas, yo os las prepararé con todo cuidado.
 

San Agustín ut supra.

Pero, ¿cómo va a prepararles lugar, si ya hay muchas mansiones? Pero aún no están en la forma en que deben prepararse, porque tiene que preparar en las obras las mansiones mismas que ya había preparado por medio de la predestinación. Ya lo están en cuanto a la predestinación, porque de otra manera hubiera dicho: Iré y prepararé (esto es, predestinaré). Pero como no lo están por las obras, añade: «Y cuando hubiere ido y preparado a vosotros el lugar». Prepara ahora mansiones preparando moradores para ellas. En efecto, cuando dice: «En la casa de mi Padre hay muchas mansiones», ¿qué otra cosa creemos que es la casa de Dios sino el templo de Dios? Del cual dijo el Apóstol: «Se ha hecho el templo de Dios, que sois vosotros» ( 1Cor 3,17). Esta casa de Dios se edifica y se prepara aún. Pero, ¿cómo es que se va a prepararlas, cuando a nosotros es a quienes tiene que preparar y no puede hacerlo dejándonos? Mas esto significa, que para que aquellas habitaciones se preparen es necesario que el justo viva de la fe; porque si ves, ya no hay fe. Se va, pues, para no ser visto; se oculta para que se crea. Entonces se prepara el lugar si se vive de la fe. Que se desee en la fe, para poseerlo en el deseo. Y si lo entiendes bien, no se aparta ni de donde viene ni del lugar a donde va. Va ocultándose y viene poniéndose de manifiesto. Pero si no permanece reinando en nosotros para que vivamos perfeccionándonos, no se nos preparará lugar donde podamos vivir gozando.
 

Alcuino.

Dijo: «Si marcho», por la ausencia de la carne, y «Vendré después», por la presencia de la divinidad, o bien vendré de nuevo a juzgar a los vivos y a los muertos. Sabiendo que habían de preguntarle a dónde iba, y por qué camino, dice: «Vosotros sabéis a dónde voy (a saber, al Padre), y sabéis el camino», (esto es, por medio de mí).
 

Crisóstomo ut supra.

Diciendo esto, manifiesta el deseo que alimentaban, y les presenta ocasión para que le pregunten.
 

 

Crisóstomo In Ioannem hom., 72.

Los judíos que querían separarse de Cristo deseaban saber a dónde iba. Mucho más sus discípulos, que deseaban no separarse jamás de El, estarían ansiosos de saberlo. Y le preguntaban con mezcla de temor y de amor: «Díjole Tomás: Señor, ignoramos a dónde vas».
 

San Agustín 69.

Jesús había dicho que sabían ambas cosas. Este asegura que las ignora ambas, pero no sabe que falta a la verdad. Luego sabían, e ignoraban que sabían. Jesús los convenció de que sabían esto. «Díjole Jesús: Yo soy el camino, y la verdad y la vida».
 

San Agustín De verb. Dom. serm., 54.

Como diciendo: ¿Por dónde quieres ir? Yo soy el camino. ¿A dónde quieres ir? Yo soy la verdad. ¿En dónde quieres permanecer? Yo soy la vida. Todo hombre comprende la verdad y la vida, pero no todos encuentran el camino. Hasta los mismos filósofos del mundo vieron que Dios es la vida eterna, y que es la verdad digna de saberse. Mas el Verbo de Dios, que con el Padre es verdad y vida, se hizo el camino tomando la humanidad. Camina por esta humanidad para llegar a Dios, porque preferible es tropezar en este camino, a marchar fuera de la vía recta.
 

San Hilario De Trin. lib. 7.

Aquel que es el camino, no puede llevarnos por lugares extraviados, ni engañarnos con falsas apariencias el que es la verdad, ni abandonarnos en el error de la muerte el que es la vida.
 

Teofilacto.

Cuando te dediques a la vida activa, sea Cristo tu camino; y cuando a la contemplativa, sea para ti la verdad. Tanto para los ejercicios activos como para los contemplativos es la vida. Y conviene que marchemos y prediquemos para alcanzar los bienes futuros.
 

San Agustín ut supra.

Sabían el camino, porque conocían al mismo que es el camino. ¿Para qué, pues, añadir lo de verdad y vida sino porque sabido ya por dónde se debía marchar, convenía también saber a dónde se había de marchar? ¿Quiso decir que iba a la verdad y a la vida? Iba a sí mismo por medio de sí mismo. Pero ¿acaso, Señor, para venir a nosotros te habías separado de ti mismo? Porque yo sé que recibiste la forma de siervo y viniste en carne mortal, permaneciendo donde estabas, y a este lugar tornaste sin dejar tampoco aquél al que habías venido. Luego si por esta vía volviste y por ella tornaste, fuiste camino, no sólo para que nosotros fuéramos a ti, sino también para tu venida y tu vuelta. Cuando, pues, te dirigiste a la vida, que eres tú mismo, llevaste tu propia carne de la muerte a la vida. Y así, en tanto que la carne pasa de la muerte a la vida, Cristo viene a la vida. Mas como el Verbo es la vida, Cristo vino a sí mismo. Porque Cristo es una y otra cosa, a saber: el Verbo es carne en la unidad de la persona. Dios había venido a los hombres por medio de la carne; la verdad había venido a los mentirosos. Porque Dios es la verdad, y todo hombre mentiroso. Al separarse, pues, de los hombres para irse allí donde nadie miente, levantando su carne, El mismo se dirigió, en cuanto el Verbo se hizo carne ( Jn 1,14), por sí mismo, esto es, por su carne, a la verdad que es El mismo. Verdad que logró mantener intacta aún después de su muerte entre los mentirosos. Ved cómo, al hablaros cosas que entendéis, me dirijo a vosotros en cierto modo, sin dejarme a mí mismo. Cuando dejo de hablar, vuelvo a mí en cierta manera, y permanezco con vosotros si conserváis los preceptos que habéis escuchado. Si esto puede la imagen que Dios hizo, ¿qué no podrá la imagen nacida del mismo Dios? De aquí que Cristo va a sí por sí mismo, y por sí mismo al Padre, y nosotros por El vamos a El y vamos al Padre.
 

Crisóstomo ut supra.

Si, pues, dice: «Yo soy el Señor del que ha de ir al Padre, y a El iréis», etc., no siendo posible ir por otro camino, y habiendo dicho antes: «Nadie puede venir a mí, si mi Padre no lo trajere», diciendo ahora que nadie puede llegar al Padre sino por mí, iguala consigo al que lo engendró. Manifiesta la razón que tuvo al decir: «Sabéis a dónde voy, y sabéis el camino» ( Jn 6,44), con estas palabras: «Si me conocieseis a mí, conoceríais también a mi Padre». Como diciendo: Si conociereis mi sustancia y dignidad, conoceríais también la de mi Padre. Porque aunque lo conocían no era como convenía, hasta que después, con la venida del Espíritu Santo, lo conocieron de una manera perfecta. Por esta causa continúa: «Ahora le conocéis (se refiere a la cognición intelectual), y le habéis visto» (por mí), manifestando que quien a El ve, ve al Padre. Pero lo vieron no en su esencia pura, sino velada por la carne.
 

Beda.

Ahora debe preguntarse: ¿cómo es que dice el Señor «si me conocieseis», etc., cuando poco antes había dicho «sabéis a dónde yo voy, y sabéis el camino»? Parece deducirse que había algunos que sabían y otros que ignoraban, entre los cuales está Tomás.
 

San Hilario De Trin. lib. 7.

Siendo el Hijo el camino para ir al Padre, conviene inquirir si es por la enseñanza de su doctrina o por la fe en su naturaleza. Por ello busquemos el sentido correcto de estas palabras: «Si me conocieseis a mí, conocierais también a mi Padre». Así pues, el Señor ha mantenido este orden confirmando que en el sacramento del cuerpo que ha asumido se encuentra la naturaleza de la divinidad del Padre. Y ha distinguido el tiempo de la visión del tiempo del conocimiento, porque asevera que ya ha sido visto el que ha de ser conocido, para que adquiriesen desde el momento mismo de esta revelación el conocimiento de la naturaleza que ya habían visto.

 

 

San Hilario De Trin. lib. 7.

La novedad de lo que oía conmovió al apóstol Felipe: es visto como hombre, se proclama Dios, y afirma que, conocido El, es conocido el Padre, y que habiéndolo visto a El se ve al Padre. Felipe prorrumpió con la familiaridad propia de los apóstoles y preguntó: «Díjole Felipe: Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta». No le dice que no lo haya visto, sino que le pide le sea mostrado; no le pide que lo muestre a la manera de una visión corporal, sino que le explique de qué manera habría de entender lo que ha visto. Había contemplado al Hijo a través de la humanidad, pero ignora cómo ver al Padre por El. Y así, para demostrar lo que El quería no era una explicación del modo de ver sino de cómo entender, dice: «Y nos basta».
 

San Agustín De Trin. 1, 8

Se busca nada más aquella alegría que se experimenta con su presencia ( Sal 15), cosa que comprendía bien Felipe, al decir: «Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta». Pero aún ignoraba que de la misma suerte pudo haber dicho a Jesús: Señor, muéstrate a nosotros, y esto nos basta. Y para que entendiese esto, exclamó Jesús: «Dícele Jesús: ¿Tanto tiempo estoy con vosotros y no me habéis conocido?».
 

San Agustín In Ioannem tract., 70.

Pero ¿cómo les dice esto, si sabían a dónde El iba, y sabían el camino no por otra razón sino porque lo conocían a El mismo? Pero fácilmente daremos solución a esta duda, si decimos que unos lo sabían y otros no, entre los cuales estaba Felipe.
 

San Hilario ut supra.

Reprende al apóstol que está ignorante en el conocimiento. Las cosas que El obró eran propias de Dios: caminar sobre las olas, mandar a los vientos, perdonar pecados, resucitar a los muertos. De esto nace toda la reprensión, porque aún no había sido conocida la naturaleza divina en la carne humana. Por esto, cuando le pide que le muestre al Padre, responde: «Felipe, el que a mí me ve, ve también al Padre».
 

San Agustín ut supra.

Así solemos hablar de dos cosas muy semejantes: ¿Has visto aquello? Pues también has visto esto. Y en la misma forma se dice: Quien me ve a mí, ve a mi Padre. No porque El sea a la vez Hijo y Padre, sino porque el Hijo no podía diferenciarse en nada de la semejanza de su Padre.
 

San Hilario ut supra.

No se significa aquí la visión de los ojos carnales, y no es el hecho de haber nacido su carne de la Virgen María lo que aprovecha para que en El se contemple a Dios en su forma e imagen, sino que lo que hace que el Padre sea entendido en el conocimiento del Hijo de Dios, es que es tal la imagen que no difiere en género sino que enseña al Autor. La palabra del Señor no expresa un ser solitario y desligado de El, sino la unidad de naturaleza. Porque cuando dice «Y al Padre», se excluye la idea de algo singular y solo. ¿Qué otra interpretación resta sino que el Padre es conocido por medio del Hijo a causa de la unidad de la esencia?
 

San Agustín ut supra.

Sin embargo, ¿es digno de reprensión el que habiendo visto la semejanza, quiera contemplar a Aquel a quien es semejante? Mas si el Señor reprendía al discípulo, es porque veía la intención del que pedía, dado que Felipe quería conocer al Padre porque lo suponía superior al Hijo, y de esta manera desconocía al Hijo, creyendo que hubiese algo mejor que El. Para poner un correctivo a esta sospecha, dijo: «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?». Como diciendo: Si para ti es demasiado entender esto, por lo menos cree lo que no entiendes.
 

San Hilario ut supra.

¿Cómo podían desconocer al Padre y qué necesidad había de mostrárselo a los ignorantes, cuando el Padre era visto en el Hijo? Y es visto por la propiedad de la naturaleza, dado que en la unidad de la naturaleza el engendrado y el generador son una sola cosa. De aquí, por consiguiente, la pregunta del Señor: «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?».
 

San Agustín De Trin. lib. 7, 8

Quería que El viviera de la fe antes que pudiese verlo, y por eso dijo: «No lo crees». Porque la contemplación es el premio de la fe, y por la fe los corazones quedan limpios para ser dignos de tal premio.
 

San Hilario De Trin. lib. 7

El Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre, no por la conjunción de dos géneros que se armonicen, ni por la inserción de una naturaleza en otra más capaz (porque según ley necesaria de los cuerpos, los continentes tienen que ser exteriores, pero nunca interiores), sino por la generación de una naturaleza viviente a partir de otra viviente. Así pues, Dios no nace de otro sino de Dios mismo.
 

San Hilario De Trin. lib. 5

Dios inmutable se conforma, para expresarme así, con su propia naturaleza, engendrando a Dios inmutable. Y no desmiente su naturaleza el que de un Dios inmutable nazca un Dios inmutable. Concebimos en El la naturaleza subsistente de Dios, cuando Dios está en Dios sin que haya fuera de Dios otro Dios.
 

Crisóstomo In Ioannem hom., 73.

Felipe quería contemplar aquí con los ojos carnales al Padre, porque de la misma forma creía ver al Hijo, acaso porque vio en los profetas que dicen: «Porque vi al Señor» ( Is 6,1), y por esta causa dice: «Muéstranos al Padre». De igual manera los judíos le preguntaron: ¿Quién es tu Padre? Y Pedro y Tomás le preguntaron a dónde iba, sin que ninguno entendiese su clarísima contestación. Y para que no se crea que Felipe se hacía pesado preguntando también «Muéstranos a tu Padre», añade: «Y esto nos basta», esto es, nada más deseamos saber. El Señor no contesta: «es imposible lo que pides», sino que demuestra que no ha visto ni al Hijo, porque si hubiera podido ver a Este, hubiera visto a Aquél. De aquí que diga: «¿Tanto tiempo he estado con vosotros y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve, ve también a mi Padre», etc. No dice: no me habéis visto, sino «no me habéis conocido», bajo el concepto de que el Hijo, permaneciendo igual al Padre, manifiesta muy convenientemente en sí mismo a Aquel que lo engendró. Después, distinguiendo las personas, dijo: «El que me ve, ve a mi Padre», para que nadie diga que el mismo Hijo es también el Padre. También con estas palabras demuestra que ni aun con los sentidos corpóreos había visto al Hijo. Si alguno interpreta esta visión por conocimiento, no me opongo tampoco a ello, como diciendo: «Quien me conoce a mí, conoce a mi Padre». Pero la verdad es que no dijo esto, sino que quiso representar la unidad de esencia, de esta suerte: Quien ve mi sustancia, ve la que asimismo es la del Padre. Por donde claramente se deduce que no es creatura, porque al ver la creatura, no todos ven a Dios. Mas Felipe quería ver la sustancia del Padre, y si Jesús hubiera sido de distinta sustancia, no hubiera dicho: «El que me ve a mí, ve a mi Padre», porque nadie puede ver la naturaleza del oro en la plata, ni ninguna esencia aparece en otra esencia diferente.
 

San Agustín ut supra.

Después habla, no singularmente a Felipe, sino colectivamente, diciendo: «Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo». ¿Qué significa no las hablo de mí mismo, sino que no he nacido de mí mismo yo que hablo? Y atribuye de esta suerte las operaciones que ejecuta a Aquél por quien El es.
 

San Hilario De Trin. lib. 7.

Por donde ni se excluye de ser Hijo, ni oculta la unidad de naturaleza en que conviene con el Padre. Porque en tanto que habla, lo hace permaneciendo en la sustancia única, y en tanto que no habla de suyo, atestigua que siendo Dios ha nacido de Dios.
 

Crisóstomo ut supra.

Obsérvese la abundancia de datos con que atestigua la unidad de esencia, al proseguir: «El Padre que está en mí, lleva a cabo las obras» ( Jn 10,37). Como diciendo: no obra de una manera el Padre y de otra yo. También dice en otro lugar: «Si yo no ejecuto las obras del Padre, no me creáis». Pero, ¿cómo empezando por las palabras llega a las obras? Parecía oportuno que hubiese dicho: El mismo habla las palabras; mas o ha querido hacer distinción entre los milagros y los signos, o bien las palabras mismas eran también obras.
 

San Agustín In Ioannem tract., 72.

Quien edifica al prójimo con su palabra, realiza una buena obra. En estos dos textos encontramos dos clases de adversarios. Dicen los arrianos: «Ved aquí cómo el Hijo no es igual al Padre», porque no habla por propia autoridad. Dicen los sabelianos: «Véase cómo el Padre y el Hijo son una misma persona», porque ¿qué otra cosa puede ser: «El Padre que está en mí, El mismo obra», sino, Yo que estoy en mí, soy el que obro?
 

San Hilario ut supra.

Pero el permanecer el Padre en el Hijo no implica unidad y singularidad de persona, como el que el Padre obre por el Hijo no es propio de quien es diferente y extraño. Tampoco arguye unidad de persona que el que habla no hable de suyo, y, por otra parte, el hablar por medio del que habla no es propio de quien es ajeno y separado. Y como había enseñado que el Padre hablaba y obraba en El, establece la fe de su unidad perfecta, diciendo: «Creed en mí porque yo estoy en el Padre y el Padre en mí», a fin de que nadie sospechase que el Padre hablaba y obraba en el Hijo, no por la esencia (resultado de generación), sino en virtud del influjo de la santidad.
 

San Agustín In Ioannem tract., 70.

Antes sólo era reprendido Felipe; ahora se echa de ver que no era él solo al que allí se reprendía. «Creed, dijo, por las mismas obras, porque yo soy».
 

Crisóstomo ut supra.

Si, pues, esto no es suficiente para atestiguar la consustancialidad, por lo menos creed por las obras. Por esto prosigue: «Por lo menos creed por las obras mismas». Habéis presenciado milagros autorizados, y todas las cosas que son privativas de Dios y que sólo el Padre puede obrar, como son los pecados perdonados, la muerte destruida y otras cosas por el estilo.
 

San Agustín ut supra.

Creed, pues, por las obras, que yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Porque si estuviésemos separados, no podríamos de ninguna manera obrar inseparablemente.

 

Crisóstomo In Ioannem hom., 73.

Al decir el Señor: «Creed por las obras», demuestra que no solamente puede realizar éstas conocidas, sino otras mayores. Dice además (y esto aumenta la admiración), que puede conceder esta facultad: «En verdad, en verdad os digo: Quien cree en mí, las obras que yo hago él también las hará, y mayores que éstas hará», etc.
 

San Agustín In Ioannem tract., 81.

Pero ¿cuáles son éstas mayores? ¿Acaso el que los enfermos se curasen, cuando ellos pasaban, con la sombra únicamente? En realidad, es más curar con la sombra que con el vestido. Sin embargo, cuando esto dice, lo que hace es recomendar sus palabras y obras. Y cuando dijo: «El Padre que está en mí, El practica las obras», ¿qué otras obras podía significar si no se refería a las palabras? El fruto de sus palabras era ciertamente la fe de ellos. Y con todo, cuando los discípulos predicaban el Evangelio, los creyentes no eran en tan escaso número como ellos, sino que las naciones creyeron. Además, ¿no se apartó aquel rico de su presencia lleno de tristeza? Pues sin embargo, lo que uno no practicó habiéndolo oído de sus labios, luego lo hicieron muchos cuando habló por boca de sus discípulos. Véase cómo realizó mayores cosas predicado por los creyentes que escuchado por los presentes. Mas no debemos fijarnos solamente en que obró mayores cosas por apóstoles, siendo así que no se refiere a ellos solos cuando dice «El que cree en mí». ¿Y acaso no debemos contar entre los fieles a los que no hayan llevado a efecto mayores cosas que Cristo? Duro es esto si no se comprende. El Apóstol dice: «Al que cree en Aquel que justifica al impío, su fe le es imputada a justicia» ( Rm 4,5). Aun en esta sola operación obramos en Cristo, porque es obra de Cristo el que creamos en El, y obra esto en nosotros, pero no sin nuestra cooperación. Atiéndase, pues: «El que cree en mí, las obras que yo hago él también las hará», porque yo hago que él haga. ¿Qué obras son éstas sino que de la impiedad pase a la justicia? Y esto lo hace Cristo en él, pero no sin él. Me atrevería a decir que esto es mucho más grande que crear el cielo y la tierra, porque el cielo y la tierra pasarán, pero la salvación y justificación de los predestinados serán eternas. Pero en los cielos los ángeles son también creados por Cristo. ¿Y hacen algo mayor que ellos los que cooperan con Cristo a su justificación? Discierna el que pueda qué es mayor, si crear justos o justificar impíos. Pues si lo uno y lo otro suponen igual poder, lo segundo implica mayor misericordia. Mas tampoco hay necesidad de entender en absoluto todas las obras de Cristo, cuando decía «Hará mayores que éstas», porque acaso aludía a las que en aquel instante obraba. Y en ese caso verdaderamente es de menos cuantía el predicar las palabras de la justicia (cosa que hace sin nosotros), que el justificar a los impíos, que se hace en nosotros para que nosotros lo hagamos.

El Señor prometió, a los que le pidiesen, una gran esperanza diciendo: «Porque yo voy al Padre».
 

Crisóstomo ut supra.

Esto es, no muero, sino que permaneceré con igual poder y estaré en los cielos. Tal vez quiso significar: En adelante, el hacer milagros es cosa que a vosotros toca, porque yo me voy.
 

San Agustín ut supra.

Y para que ninguno se atribuyese las cosas mayores que según su promesa harían, dice: «Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré». Antes había dicho hará y ahora dice haré, como diciendo: no os parezca esto imposible. No será mayor que yo el que en mí cree, pero yo haré entonces cosas mayores que las que hago ahora; realizaré más por el que crea en mí, que lo que ahora realizo por mí mismo. Lo cual no supone disminución de poder sino dignación.
 

Crisóstomo In Ioannem hom., 73.

Dice, empero, en mi nombre, porque los mismos apóstoles se expresaban así ( Hch 3,6): «En el nombre de Jesucristo, levántate y anda». En efecto, todo lo que hacían, lo hacía Jesús, y el poder del Señor estaba con ellos.
 

Teofilacto.

En estas palabras nos enseña la doctrina de los milagros, que todos pueden realizar por la oración y por la invocación de su nombre.

 

Notas

  1. San Agustín sigue una traducción latina en que por la carencia de una pausa se leía: «Si así no fuera, yo os hubiera dicho que voy a aparejaros el lugar», dando un sentido contrario a la frase.

 

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