UNAMUNO, «Del sentimiento trágico de la vida»

Les ofrecemos una colección seleccionada de textos de la obra Del sentimiento trágico de la vida[1], del gran pensador español del primer tercio del siglo pasado don Miguel Unamuno. Deseamos que los disfruten.

 

         El sujeto de no pocas divagaciones más o menos científicas. Es el bípedo implume de la leyenda, el «animal político» de Aristóteles, el contratante social de Rousseau, el «homo oeconomicus» de los manchesterianos, el «homo sapiens» de Lineo o, si se quiere, el mamífero vertical. Un hombre que no es de aquí o de allí ni de esta época o de la otra, que no tiene sexo ni patria, una idea, en fin. Es decir, un hombre. p.25

 

         La filosofía responde a la necesidad de formarnos una concepción unitaria y total del mundo y de la vida, y como consecuencia de esa concepción, un sentimiento que engendre una actitud íntima y hasta una acción. Pero resulta que ese sentimiento, en vez de ser consecuencia de aquella concepción, es causa de ella. Nuestra filosofía, esto es, nuestro modo de comprender o de no comprender el mundo y la vida, brota de nuestro sentimiento respecto a la vida misma. Y ésta, como todo lo afectivo, tiene raíces subconscientes, inconscientes tal vez. 27

 

         El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales la diferencia sea más el sentimiento que no la razón. 27

 

         Kant reconstruyó con el corazón lo que con la cabeza había abatido. 28

         Quiero decir del único verdadero problema vital, del que más a las entrañas nos llega, del problema de nuestro destino individual y personal, de la inmortalidad del alma. El hombre de Kant no se resignaba a morir del todo. 28

 

         Hegel hizo celebre su aforismo de que todo lo racional es real y todo lo real racional; pero somos muchos los que, no convencidos por Hegel, seguimos creyendo que lo real, lo realmente real, es irracional; que la razón construye sobre las irracionalidades. 29

 

         La proposición 6ª, de la parte III de su «Ética», dice Spinoza: «unaquaeque res, quatenus in se est, in suo esse perseverare conatur», es decir, cada cosa, en cuanto es en sí, se esfuerza por perseverar en su ser. (…) El esfuerzo con que cada cosa trata de perseverar en su ser no es sino la esencia actual de la cosa misma. La esencia (…) de cada hombre no es sino el conato, el esfuerzo que pone en seguir siendo hombre, en no morir. (…) Queremos no morirnos nunca y que este nuestro anhelo de nunca morirnos es nuestra esencia actual. 30

 

         Si la conciencia no es, como ha dicho algún pensador inhumano, nada más que un relámpago entre dos eternidades de tinieblas, entonces no hay nada más execrable que la existencia. 36

 

         Se trata de un valor afectivo, y contra  los valores afectivos no valen razones. Porque las razones no son nada más que razones, es decir, ni siquiera son verdades. 37

         Hay personas que parecen no pensar más que con el cerebro, o con cualquier otro órgano que sea el específico para pensar; mientras otros piensan con todo el cuerpo y toda el alma, con la sangre, con el tuétano de los huesos, con el corazón, con los pulmones, con el vientre, con la vida. Y las gentes que no piensan  más que con el cerebro, dan en definidores; se hacen profesionales del pensamiento. 37

 

         Porque puede uno tener un gran talento, lo que llamamos un gran talento, y ser un estúpido del sentimiento y hasta un imbécil moral. Se han dado casos. 39

 

         Si tuviesen cierta conciencia y se hicieran cargo de que aquel a cuyas expensas viven cree en otro mundo, juzgaríanlo acaso desvaríos de la imaginación. Y así hay parásitos sociales, como hace muy bien notar Mr. Balfour, que recibiendo de la sociedad en que viven los móviles de su conducta moral, niegan que la creencia en Dios y en otra vida sean necesarias para fundamentar una buena conducta y una vida soportables, porque la sociedad les ha preparado ya los jugos espirituales de que viven. Un individuo suelto puede soportar la vida y vivirla buena, y hasta heroica, sin creer en manera alguna ni en la inmortalidad del alma ni en Dios, pero es que vive vida de parásito espiritual. Lo que llamamos sentimiento del honor es, aun en los no cristianos, un producto cristiano. Y aun digo más, y es, que si se da en un hombre la fe en Dios unida a una vida de pureza y elevación moral, no es tanto que el creer en Dios le haga bueno, cuanto que el ser bueno, gracias a Dios, le hace creer en El. La bondad es la mejor fuente de clarividencia espiritual. 50-1

 

         ¡Saber por saber! ¡La verdad por la verdad! Eso es inhumano. Y si decimos que la filosofía teórica se endereza a la práctica, la verdad al bien, la ciencia a la moral, diré: y el bien ¿para qué? ¿Es acaso un fin en sí? Bueno no es sino lo que contribuye a la conservación, perpetuación y enriquecimiento de la conciencia. El bien se endereza al hombre, al mantenimiento y perfección de la sociedad humana, que se compone de hombres. Y esto, ¿para qué? «Obra de modo que tu acción pueda servir de norma a todos los hombres», nos dice Kant. Bien ¿y para qué? Hay que buscar un para qué. 52

         En el punto de partida, en el verdadero punto de partida, el práctico, no el teórico, de toda filosofía, hay un para qué. 52

 

         ¿De dónde vengo yo y de dónde viene el mundo en que vivo y del cual vivo? ¿Adónde voy y adónde va cuanto me rodea? ¿Qué significa esto? Tales son las preguntas del hombre, así que se liberta de la embrutecedora necesidad de tener que sustentarse materialmente. Y si miramos bien, veremos que debajo de esas preguntas  no hay tanto el deseo de conocer un porqué como el de conocer el para qué; no la de la causa, sino de la finalidad. 55

 

         El hombre de Descartes pretendía, tanto como otro cualquiera, ganar el cielo; «pero habiendo sabido, como cosa muy segura, que no está su camino menos abierto a los más ignorantes que a los más doctos, y que las verdades reveladas que a él llevan están por encima de nuestra inteligencia, no me hubiera atrevido a someterlas a la flaqueza de mi razonamiento y pensé que para emprender el examinarlos y lograrlo era menester tener alguna extraordinaria asistencia del cielo y ser más que hombre». 57

 

         ¡Eternidad! Este es el anhelo; la sed de eternidad es lo que se llama amor entre los hombres; y quien a otro ama es quiere eternizarse en él. Lo que no es eterno tampoco es real. 62

 

         ¡Todo pasa! Tal es el estribillo de los que han bebido de la fuente de la vida, boca al chorro, de los que han gustado del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. 63

 

         Y he de confesar por dolorosa que la confesión sea, que nunca, en los días de la fe ingenua de mi mocedad, me hicieron temblar las descripciones, pro truculentas que fuesen, de las torturas del infierno, y sentí siempre ser la nada mucho más aterradora que él. el que sufre vive, y el que vive sufriendo ama y espera, aunque a la puerta de su mansión le pagan el «¡Dejad toda la esperanza!», y es mejor vivir en dolor que no dejar de ser en paz.» En el fondo, era que no podía creer en esa atrocidad de un infierno, de una eternidad de pena, ni veía más verdadero infierno que la nada y su perspectiva. Y sigo creyendo que si creyésemos todos en nuestra salvación de la nada seríamos todos mejores. 66

 

         Cuando las dudas invaden y nublan la fe en la inmortalidad del alma, cobra brío y doloroso empuje el ansia de perpetuar el nombre a la fama. (…) Cada cual quiere afirmarse siquiera en apariencia. 74

         Una vez satisfecha el hambre, y ésta se satisface pronto, surge la vanidad, la necesidad   -que lo es-  de imponerse y sobrevivir en otros. El hombre suele entregar la vida pro la bolsa, pero entrega la bolsa pro la vanidad. (…) ¿Y la vanidad qué es sino ansia de sobrevivirse? 74

         Acontécele al vanidoso lo que al avaro, que toma los medios pro los fines, y olvidadizo de éstos, se apega a aquellos en los que se queda. 74

 

         Tremenda pasión esa de que nuestra memoria sobreviva por encima del olvido de los demás si es posible. De ella arranca la envidia a la que se debe, según el relato bíblico, el crimen que abrió la historia humana: el asesinato de Abel por su  hermano Caín. No fue lucha por pan, fue lucha por sobrevivir en Dios, en la memoria divina. La envidia es mil veces más terrible que le hambre, porque es hambre espiritual. 77

 

         Puede afirmarse que quien no cesa en esa resurrección carnal de Cristo, podrás ser un filocristo, pero no específicamente cristiano. Cierto que un Justino mártir pudo decir que «son cristianos cuantos viven conforme a la razón, aunque sean tenidos por ateos, como entre los griegos Sócrates y Heráclito y otros tales»; pero ese mártir, ¿es mártir, es decir, testigo del cristianismo? No. 83-4

 

         El verdadero pecado, acaso el pecado contra el Espíritu Santo, que no tiene remisión, es el pecado de herejía, el de pensar por cuenta propia. 92

 

         Salió  (la Iglesia) al paso a Galileo, e hizo bien, porque su descubrimiento, en un principio, y hasta acomodarlo a la economía de los conocimientos humanos, tendía a quebrantar la creencia antropocéntirca de que el universo ha sido creado para el hombre; se opuso  a Darwin e hizo bien, porque el darwinismo tiene a quebrantar nuestra creencia de que es el hombre un animal de excepción, creado expreso para ser eternizado. 92

 

         Primero, descentraron el mundo, el hombre no era el centro del universo, pues los astros no eran para la tierra, sino independientes, luego aquello de que Dios había creado al hombre poniéndolo en un jardín al que universo estaba dirigido y en torno al cual giraba, cayó de alguna manera; para, en una pirueta circense, antropocentrizarlo todo, pero ya sin la voluntad amorosa de Dios. m

 

 

         Necesitamos seguridad, certeza, señales, y se va a los «motiva credivilitatis», a los motivos de credibilidad, para fundar el «rationale obsquium», y aunque la fe precede a la razón, «fides praecedit rationem», según San Agustín, este mismo doctor y obispo quería ir por la fe a la inteligencia, «per fidem ad intellectum», y creer para entender «creo ut intelligam». 94

 

         Lo que llamamos alma no es nada más que un término para designar la conciencia individual en su integridad y su persistencia; y que ella cambia, y que lo mismo que se integra de desintegra, es cosa evidente. 100

 

         El racionalista se conduce racionalmente, (…), y dicen con los fariseos: «Estos vulgares que no saben la ley, son malditos.» Hay mucho de verdad en aquellas palabras de Soloviev: «Presiento la proximidad de tiempos en que los cristianos se reúnan de nuevo en las catacumbas porque se persiga la fe, acaso de una manera menos brutal que en la época de Nerón, pero con un rigor no menos refinado, pro la mentira, la burla y todas las hipocresías.» 114

         El odio antiteológico, la rabia cientifista  -no digo científica-  contra la fe en otra vida, es evidente. 114

 

         Y los racionalistas que no caen en la rabia antieteológica se empeñan en convencer al hombre que hay motivos para vivir y hay consuelo de haber nacido, aunque haya de llegar un tiempo, al cabo de más o menos decenas, centenas o millones de siglos, en que toda conciencia humana haya desaparecido. Y estos motivos de vivir y obrar, esto que algunos llaman humanismo, son la maravilla de la oquedad afectiva y emocional del racionalismo y de estupenda hipocresía, empeñada  en sacrificar la sinceridad a la veracidad, y en no confesar que la razón es una potencia desconsoladora y disolvente. 115

 

         La posición epicúrea, cuya forma extrema y más grosera es la de «comamos y bebamos, que mañana moriremos», o el «carpe diem» horaciano, que podría traducirse por «vive al día», no es, en el fondo, distintas de la posición estoica con su «cumple con lo que ha conciencia moral te dicte, y que sea después lo que fuere». Ambas posiciones tienen una base común, y lo mismo es el placer pro el placer mismo que el deber por el mismo deber. 116

 

         Que aberración y no otra cosa es el hombre mera y exclusivamente racional. 120

         Más sinceros, mucho más sinceros son los que dicen: «De eso no ese debe hablar, que es perder el tiempo y enervar la voluntad; cumplamos aquí nuestro deber, y sea luego lo que fuere»; pero esta sinceridad oculta una más profunda insinceridad. ¿Es que acaso con decir: «De eso no se debe hablar», se consigue que uno no piense en ello? ¿Que se enerva la voluntad?…. 120

 

         La ciencia, en cuanto sustitutiva de la religión, y la raza en cuanto sustitutiva de la fe, han fracaso siempre. La ciencia podrá satisfacer, y de hecho satisface en una medida creciente, nuestras crecientes necesidades lógicas o mentales, nuestro anhelo de saber y conocer la verdad, pero la ciencia no satisface nuestras necesidades afectivas y volitivas, nuestra hambre de inmortalidad, y dejos de satisfacerla, contradícela. La verdad racional y la vida está en contraposición. ¿Y hay acaso otra verdad que la verdad racional? 122

 

         Ambos conceptos son relativos; ni hay verdad ni hay necesidad absoluta. Llamamos verdadero a un concepto que concuerda con el sistema general de nuestros conceptos todos; verdadero una percepción que no contradice al sistema general de nuestros conceptos todos; verdadero a una percepción que no contradice al sistema de nuestras percepciones; verdad es coherencia. 123

 

         El absoluto relativismo, que no es ni más ni menos que el escepticismo, en el sentido más moderno de esta denominación, es el triunfo supremo de la razón racionante. 123-4

 

         La fe en la razón está expuesta a la misma insosteniblidad racional que toda otra fe. 131

 

         La voluntad y la inteligencia se necesitan, y a aquel viejo aforismo de «nihil volitum quin praecognitum», no se quiere nada que no se haya conocido antes, no es tan paradójico como a primera vista parece retrucarlo diciendo «nihil cognitum quin praevolitum», no se conoce nada que no se haya antes querido. «El conocimiento mismo del espíritu como tal  -escribe Vinet en su estudio sobre el libro de Cousin acerca de los «pensamientos» de Pascal-, necesita del corazón. Sin el deseo de ver, no se ve; en una gran materilización  de la vida y del pensamiento, no se cree en las cosas del espíritu.» Ya veremos que creer es, en primera instancia, querer creer.132

 

         Conocer algo, es hacerme aquello que conozco; pero para servirme de ello, para dominarlo, ha de permanecer distinto de mí. 132

 

         Al tratar de la fe, cómo ésta no es un su esencia sino cosa de voluntad, no de razón, como creer es querer creer, y creer en Dios ante todo y sobre todo es querer que le haya. 133

 

         Por desesperación se afirma, por desesperación se niega, y por ella se abstiene uno de afirmar  y de negar. Observad a los más de nuestros ateos, y veréis que lo son por rabia, por rabia de no poder creer que haya Dios. Son enemigos personales de Dios. Han sustantivado y personalizado la Nada, y su no Dios es un Antidiós. 140

         Y nada hemos de decir de aquella frase abyecta e innoble de «si no hubiera Dios habría que inventarlo». Esta es la expresión del inmundo escepticismo de los conservadores, de los que estiman que la religión es un resorte de gobierno, y cuyo interés es que haya en la otra vida infierno para los que aquí se oponen a sus intereses mundanos. Esa repugnante frase de saduceo es digna del incrédulo adulador de poderosos a quien se atribuye. 140

         No, no es ése el hondo sentido vital. No se trata de una policía trascendente, no de asegurar el orden  -¡vaya un orden!-  en la tierra con amenazas de castigos y halagos de premios eternos después de la muerte. Todo esto es muy bajo, es decir, no más que política, o si se quiere ética. Se trata de vivir. 140

 

         Muy otra es, bien sé, la posición de nuestros progresistas, los de la «corriente central del pensamiento europeo contemporáneo»; pero no puedo hacerme a la idea de que estos sujetos no cierran voluntariamente los ojos al gran problema y viven, en el fondo de una manera, tratando de ahogar el sentimiento trágico de la vida. 147-8

 

           Y el amor maternal, ¿qué es, sino compasión al débil, al desvalido, al pobre niño inerme que necesita de la leche y del regazo de su madre? Y en la mujer todo amor es maternal. 152

 

           Amar en espíritu es compadecer, y quien más compadece más ama. Los hombre encendidos en ardiente caridad hacia sus prójimos, es porque llegaron al fondo de su propia miseria, de su propia apariencialidad, de sus naderías, volviendo luego sus ojos así abiertos, hacia sus semejantes, los vieron también miserables aparenciales, anonadables, y los compadecieron y los amaron 152?3

 

           El hombre ansia ser amado, o, lo que es igual, ansía ser compadecido. El hombre quiere que se sientan y se compartan sus penas y sus dolores. Hay algo más que una artimaña para obtener limosna en eso de los mendigos que a la vera del camino muestran al viandante su llaga o su gangrenosos muños. La limosna, más bien que socorro para sobrellevar los trabajos de la vida, es compasión. No agradece el pordiosero la limosna al que se la da volviéndole la cara por no verle y para quitárselo de al lado, sino que agradece mejor que se le compadezca no socorriéndole a no que socorriéndole no se le compadezca, aunque por otra parte prefiera esto. Ved, si no, con qué complacencia cuenta sus cuitas al que se conmueve oyéndoselas. Quiere ser compadecido, amado. 153

 

           La compasión es, pues, la esencia del amor espiritual humano, del amor que tiene conciencia de serlo, del amor que no es puramente animal, del amor, en fin, de una persona racional. El amor compadece y compadece más cuanto más ama 153

 

           Para amarlo todo, para compadecerlo todo, humano y extrahumano, viviente y no viviente, es menester que lo sientas todo dentro de ti mismo, que lo personalices todo. Porque el amor personaliza todo cuanto ama, todo cuanto compadece. Sólo compadecemos, es decir, amamos, lo que nos es semejante, y así crece nuestra compasión, y con ella nuestro amor a las cosas a medida que descubrimos las semejanzas que con nosotros tienen. O nada más es el amor mismo, que de suyo tiende a crecer, el que nos revela las semejanzas esas. Si llego a compadecer y amar a la pobres estrella que desaparecerá del cielo un día, es porque el amor, la compasión, me hace sentir en ella una conciencia, más o menos oscura, que la hace sufrir por no ser más que una estrella y por tener que dejarlo de ser un día. Pues toda conciencia lo es de muerte y de dolor 155

 

           Conciencia, `conscientia’, es conocimiento participado, es consentimiento, y con?sentir es com?padecer 155

 

           El amor personaliza cuanto ama. Sólo cabe enamorarse de una idea personalizándola. Y cuando el amor es tan grande y tan vivo y tan fuerte y desbordante que lo ama todo, entonces lo personaliza todo y descubre que el totalTodo, que el Universo es Persona también, que tiene una conciencia, Conciencia que a suave sufre, compadece y ama, es decir, es conciencia. Y a esta Conciencia del Universo, que el amor descubre personalizando cuanto ama, es a lo que llamamos Dios. Y así el alma compadece a Dios y se siente por El compadecida, le ama y se siente por El amada, abrigando su miseria en el seno de la miseria eterna e infinita, que es al eternizar e infinitarse la felicidad suprema misma. 155

         Dios es, pues, la personalización del Todo, es la Conciencia eterna e infinita del Universo. Conciencia presa de la materia y luchando por libertarse de ella. Personalizamos al Todo para salvarnos de la nada, y el único misterio verdaderamente misterioso es el misterio del dolor. 156

         El dolor es el camino de la conciencia y es por él como los seres vivos llegan a tener conciencia de sí. Porque tener conciencia de sí mismos, tener personalidad, es saberse y sentirse distinto de los demás seres, y a sentir esa distinción sólo se llega por el choque, por el dolor más o menos grande, pro la sensación del propio límite. La conciencia de sí mismo no es sino la conciencia de la propia limitación. Me siento yo mismo al sentirme que no soy los demás; saber y sentir hasta donde soy, es saber donde acabo de ser, y desde donde no soy. 156

         ¿Y cómo saber que se existe no sufrimiento poco o mucho? ¿Cómo volver sobre sí, lograr conciencia refleja, no siendo por el dolor? Cuando se goza olvídase uno de sí mismo, de que existe, pasa a otro, a lo ajeno, se enajena. Y sólo se ensimisma, se vuele a sí mismo, a ser él en el dolor. 156

 

         «El más acerbo dolor de los hombres es el de aspirar mucho y no poder nada» (Herodoto, lib. IX,  cap.16). 156

 

           Compadecemos a lo semejante a nosotros, y tanto más lo compadecemos cuanto más y mejor sentimos su semejanza con nosotros. Y si esta semejanza podemos decir que provoca nuestra compasión, cabe sostener también que nuestro repuesto de compasión, pronto a derramarse sobre todo, es lo que nos hace descubrir la semejanza de las cosas con nosotros, el lazo común que nos une con ellas en el dolor 157

 

         Al oírle un grito de dolor a mi hermano, mi propio dolor se despierta y grita en el fondo de mi conciencia. 157

 

         El viejo adagio de que «operari sequitur esse», el obrar se sigue al ser, hay que modificarlo diciendo que ser es obrar y sólo existe lo que obra, lo activo, y en cuanto obra. 162

 

         Es muy lógico también que Schopenhauer, el que de la doctrina voluntarista o de personalización de todo, sacó el pesimismo, sacara de ambas que el fundamento de la moral es la compasión. Sólo que su falta de sentido social e histórico, el no sentir a la humanidad como una persona también, aunque colectiva, su egoísmo, en fin, le impidió sentir a Dios, le impidió individualizar  y personificar la Voluntad total y colectiva: la Voluntad del Universo. 162

 

         Toda concepción racional de Dios es en sí misma contradictoria. La fe en Dios nace del amor a Dios, creemos que existe pro querer que exista, y nace acaso también del amor de Dios a nosotros. La razón no nos prueba que Dios exista, pero tampoco que no pueda existir. 165

 

         La labor del hombre es sobrenaturaliza a la Naturaleza, esto es: divinizarla humanizándola, hacerla humana, ayudarla a que se concientice, en fin. La razón, por su parte, mecaniza o materializa. 166

 

         Hay quien vive del aire sin conocerlo. Y así vivimos de Dios y en _Dios acaso, en Dios espíritu y conciencia de la sociedad y del Universo todo, en cuanto éste también es sociedad. 167

         Es el único modo de dar al Universo finalidad dándole conciencia. Porque donde no hay conciencia no hay tampoco finalidad que supone un propósito. Y la fe en Dios no estriba como veremos, sino en la necesidad vital de dar finalidad a la existencia, de hacer que responda a un propósito. No para comprender el «porqué», sino para sentir y sustentar el «para qué» último, necesitamos a Dios, para dar sentido al Universo. 167.

 

         «Dios no piensa, crea; no existe, es eterno», Escribió Kierkegaard; pero es acaso más exacto decir con Mazzini, el místico de la ciudad italiana, que «Dios es grande porque piensa obrando», porque en El pensar es crear y hacer existir a aquello que piensa existente con sólo pensarlo, y es lo imposible lo impensable por Dios. ¿No se dice en la Escritura que Dios crea con su palabra, es decir, con su pensamiento, y que por éste, por su Verbo, se hizo cuanto existe? 168

 

         Lo que no debe escandalizar se diga ni al más piadoso teísta. Porque creer en Dios es en cierto modo crearlo; aunque El nos cree antes. Es Él quien en nosotros se crea de continuo a sí mismo. 169

         Hemos creado a Dios para salvar al Universo de la nada, pues lo que no es conciencia y conciencia eterna, consciente de su eternidad y eternamente consciente, no es nada más que apariencia. Lo único de veras real es lo que siente, sufre, compadece, ama y anhela, es la conciencia; lo único sustancial es la conciencia. Y necesitamos a Dios para salvar la conciencia; no para pensar la existencia, sino para vivirla; no para saber por qué y cómo es, sino para sentir para qué es. El amor es un contrasentido si no hay Dios. 169

 

         Dios no puede ser Dios porque piensa, sino porque obra, porque crea; no es un Dios contemplativo, sino activo. Un Dios razón, un Dios teórico o contemplativo, como es el Dios este del racionalismo teológico, es un Dios que se diluye en su propia contemplación. A este Dios corresponde, como veremos, la visión beatífica como expresión suprema de la felicidad eterna. Un Dios quietista, en fin, como es quietista por su esencia misma la razón. 178

 

         Al Dios vivo, al  Dios humano, no se llega por camino de razón, sino pro camino  de amor y su sufrimiento. La razón nos aparta más bien de Él. No es posible conocerle para luego amarle; hay que empezar pro amarle, por anhelarse, por  tener hambre de Él, antes de conocerle. El conocimiento de Dios procede del amor a Dios, y es un conocimiento que poco o nada tiene de racional. Porque Dios es indefinible. Querer definir a Dios es pretender limitarlo en nuestra mente; matarlo. En cuanto tratamos de definirlo, nos surge la nada. 181

 

         La definición le mata, porque definir es poner fines, es limitar, y no cabe definir lo absolutamente indefinible. Carece ese Dios de riqueza interior; no es sociedad en sí mismo. Y a esto obvio la revelación vital con la creencia en la Trinidad que hace de Dios una sociedad, y hasta una familia en sí, y no ya un puro individuo. El Dios de la fe es personal; es personal, porque incluye tres personas, puesto que la personalidad no se siente aislada. Una fomente aislada deja de serlo. ¿A quién, en efecto, amaría? Y si no ama, no es persona. Ni cabe amarse a sí mismo siendo simple y sin desdoblarse por el amor. 184.

 

         El Dios, pues, racional, es decir, el Dios que no es sino Razón del Universo, se destruye a sí mismo en nuestra mente en cuanto tal Dios, y sólo renace en nosotros cuando  en el corazón lo sentimos como persona viva, como Conciencia, y no ya sólo como Razón impersonal y objetiva del Universo. 189

 

         Este Dios, el Dios vivo, tu Dios, nuestro Dios, está en mí, está en ti, vive en nosotros, y nosotros vivimos, nos movemos y somos en El. Y está en nosotros pro el hambre que de Él tenemos, por el anhelo, haciéndose apetecer. Y es el Dios de humildes, porque Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y lo flaco para avergonzar a lo

 

         “Si de dos hombres ¾dice Kierkegaard¾ reza el uno al verdadero Dios con insinceridad personal, y el otro con la pasión toda de la infinitud rea a un ídolo, es el primero el que en realidad ora a un ídolo, mientras que el segundo ora en verdad a Dios.” P.190

 

         Cuantos no creen en Dios o creen no creer en El, creen en cualquier diosecillo, o siquiera en su demoniejo, o en un agüero, o en una herradura que encontraron por acaso al azar de los caminos, y que guardan sobre su corazón para que les traiga buena suerte y les defienda de esa misma razón de que se imaginan se fieles servidores y devotos. 191

 

         La materia del conocimiento nos vine de fuera. ¿Y cómo es esa materia? Imposible saberlo, porque conocer es informar la materia, y no cabe, por lo tanto, conocer lo informe como informe. Valdría tanto como tener ordenado el caos. 195

 

         El sentimiento de lo divino nos hace desear y creer que todo es animado, que la conciencia, en mayor o menor grado, se extiende a todo. Queremos no sólo salvarnos, sino salvar al mundo de la nada. Y para esto Dios. Tal es su finalidad sentida. 196

         No es, pues necesidad racional, sino angustia vital, lo que os lleva a creer en Dios. Y creer en Dios es ante todo y sobre todo, he de repetirlo, sentir hambre de Dios,. hambre de divinidad, sentir su ausencia y vacío, querer que Dios exista. 196

 

         Creer en Dios es anhelar que le haya y es además conducirse como si le hubiera; es vivir de ese anhelo y hacer de él nuestro íntimo resorte de acción. De este anhelo o hambre, de divinidad surge la esperanza; es de ésta, la fe, y de la fe y la esperanza, la caridad; de ese anhelo arrancar los sentimientos de belleza, de finalidad, de bondad. 197

 

         No es que esperamos porque creemos, sino más bien que creemos porque esperamos. Es la esperanza en Dios, esto es, el ardiente anhelo de que haya un Dios que garantice la eternidad de la conciencia la que nos lleva a creer en El. 200

         La fe pura, libre de dogmas, de que tanto escribí en un tiempo, es un fantasma. Ni con inventar aquello de la fe en la fe misma se salía del paso. La fe necesita una materia en que ejercerse. 200

         El creer es una forma de conocer, siquiera no fuese otra cosa que conocer nuestro anhelo vital y hasta formularlo. Sólo que el término creer tiene en nuestro lenguaje corriente una doble y hasta contradictoria significación, queriendo decir por una parte el mayor grado de adhesión e la mente a un conocimiento como verdadero, de otra parte una débil y vacilante adhesión. Pues si en un sentido creer algo es el mayor asentimiento que cabe dar, la expresión «creo que sea así, aunque no estoy de ello seguro», es corriente y vulgar. 200

         La fe, la garantía de lo que se espera, es más fianza en la persona que nos asegura algo. La fe supone un elemento personal objetivo. Más bien que creemos algo, creemos a alguien que nos promete o asegura esto o lo oro. Se cree a una persona ya Dios en cuanto persona y personalización del Universo. 200

 

         La fe que definió San Pablo, la «pistis» griega, se traduce mejor pro confianza. La voz «pistis», en efecto, procede del verbo «peitho», que si equivale a confiar en uno, hacerle caso, fiarse de él, obedecer. Y fiarse, «fidare se», procede del tema «fid»  -de donde «fides», fe, y de donde también confianza-. Y el tema griego «pith» y el latino «fid» parecen hermanos. Y en resolución, que la voz misma fe lleva en su origen implícito el sentido de confianza, de rendimiento a una voluntad ajena, a una persona. Sólo se confía en las personas. Confiase en la Providencia, que concebimos como algo personal y consciente, no en el Hado, que es algo impersonal. Y así se cree en quien nos dice la verdad, en quien nos da la esperanza; no en la verdad misma directa o inmediatamente, no en la esperanza misma. 201

 

         Este elemento personal de la creencia le da un carácter afectivo, amoroso y sobre todo, en la fe religiosa, el referirse a lo que se espera. Apenas. hay quien sacrificara la vida pro mantener que los tres ángulos de un triángulo valgan dos rectos, pues tal verdad no necesita del sacrificio de nuestra vida; mas, en cambio, muchos han pedido la vida por mantener su fe religiosa, y es que los mártires hacen la fe más aún que la fe los mártires. Pues la fe no es la mera adhesión del intelecto a un principio abstracto, no es el reconocimiento de una verdad teórica en que la voluntad no hace sino movernos a entender; la fe es cosa de la voluntad, es movimiento del ánimo hacia una verdad práctica, hacia una persona, hacia algo que nos hace vivir y no tan sólo comprender la vida. 204

         La fe nos hace vivir mostrándonos que la vida, aunque dependa de la razón, tiene en otra parte su manantial y su fuerza, en algo sobrenatural y maravilloso. 204

 

         Aunque decimos que la fe es cosa de la voluntad, mejor sería acaso decir que es la voluntad misma, la voluntad de no morir, o más bien otra potencia anímica distinta de la inteligencia, de la voluntad y del sentimiento. Tendríamos, pues, el sentir, el conocer; el querer y el creer, o sea crear. Porque ni el sentimiento, ni la inteligencia, ni la voluntad crean, sino que se ejercen sobre la materia dada ya, sobre materia dada por la fe. La fe es el poder creador del hombre. Pero como tiene más íntima relación con la voluntad que con cualquiera otra de las potencias, la presentamos en forma volitiva. Adviértase, sin embargo, cómo querer creer, es decir, querer crear, no es precisamente creer o crear, aunque sí es comienzo de ello. 205

 

         Se crea a Dios, es decir, se crea a Dios a sí mismo en nosotros por la compasión, por el amor. Creer en Dios es amarle y temerle con amor, y se empieza por amarle aun antes de conocerle, y amándole es como se acaba por verle y descubrirle en todo. 205

 

         Querer que exista Dios, y conducirse y sentir como si existiera. Y por este camino de querer su existencia, y obrar conforme a tal deseo, es como creamos a Dios, esto es, como Dios se crea en nosotros, como se nos manifiesta, se abre y se revela a nosotros. Porque Dios sale al encuentro de quien le busca con amor y pro amor, y se hurta de quien le inquiere por fría razón, no amoroso. Quiere Dios que el corazón descanse, pero que no descanse la cabeza, ya que en la vida física duerme y descansa a veces la cabeza, y vela y trabaja arreo el corazón. Y así, la ciencia sin amor nos aparta de Dios, y el amor, aun sin ciencia, y acaso mejor sin ella, nos lleva a dios; y por Dios a la sabiduría. ¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!  207

 

         Creo en Dios como creo en mis amigos, por sentir el aliento de su cariño y su mano  invisible e intangible que me trae y me lleva y me estruja, por tener íntima conciencia de una providencia particular y de una mente universal que me traba mi propio destino. 207

 

         ¿Qué es verdad? Dos clases hay de verdad, la lógica u objetiva, cuyo contrario es el error, y la moral o subjetiva a que se opone la mentira,. Y ya en otro ensayo he trato de demostrar cómo el error es hijo de la mentira. 209

 

         Y es que así como hay verdad lógica a que se oponen el error y verdad moral a que se opone la mentira, hay también verdad estética o verosimilitud a que se opone el disparate, y verdad religiosa, o de esperanza, a que se opone la inquietud de la desesperanza absoluta. Pues ni la verosimilitud estética, la de lo que cabe expresar con sentido, es la verdad lógica, la de lo que se demuestra con razones, ni la verdad religiosa, la de la fe, la sustancia de lo que se espera, equivale a la verdad moral, sino que se le sobrepone. El que afirma su fe a base incertidumbre, no miente ni puede mentir. 210

 

         «Todo individuo que no vive o poética o religiosamente es tonto». Así nos dice Kierkegaard. 210

 

         Si es la fe la sustancia de la esperanza, ésta es a su vez z la forma de la fe. La fe antes de darnos esperanza es una fe informe, vaga, caótica, potencial; no es sino la posibilidad de creer, anhelo de creer. Mas hay que creer en algo, y se cree en lo que se espera, se cree en la esperanza. Se recuerda el pasado, se conoce el presente, sólo se cree en el porvenir. Creer lo que no vimos es creer lo que veremos. La fe es, pues, lo repito, fe en la esperanza; creemos lo que esperamos. 212

 

         Acongojados al sentir que todo pasa que pasamos nosotros, que pasa lo nuestro, que pasa cuanto nos rodea, la congoja misma nos revela el consuelo de lo que no pasa, de lo eterno, de lo hermoso. 214

         Y esta hermosura así revelada, esta perpetuación de la momentaneidad, sólo se realiza prácticamente,  sólo vive por obra de la caridad. La esperanza en la acción es la caridad, así como la belleza en acción es el bien. 215

 

         «No seas y podrás más que todo lo que es», dice el maestro fray Juan de los Ángeles. 218

 

           Y la caridad, ¿qué es sino un desbordamiento de compasión? ¿Qué es sino dolor reflejado, que sobrepasa y se vierte a compadecer los males ajenos y ejercer caridad? 220

           Cuando el colmo de nuestro compadecimiento nos trae a la conciencia de Dios en nosotros, nos llena tan grande congoja por la miseria divina derramada en todo, que tenemos que verterla fuera, y lo hacemos en forma de caridad. Y al así verterla, sentimos alivio y la dulzura dolorosa del bien. 220?1

 

           No estamos en el mundo puestos nada más junto a los otros, sin raíz común con ellos, ni nos es su suerte indiferente, sino que nos duele su dolor, nos acongojamos con su congoja, y sentimos nuestra comunidad de origen y de dolor aun sin conocerla. son el dolor, y la compasión que de él nace, los que nos revelan la hermandad de cuanto de vivo y más o menos consciente existe. «Hermano lobo» llamaba San Francisco de Asís al pobre lobo que siente dolorosa hambre de ovejas, y acaso el dolor de tener que devorarlas, y esa hermandad nos revela la paternidad de Dios, que Dios es Padre y existe. Y como Padre ampara nuestra común miseria. 221

 

         Es el dolor algo espiritual y la revelación más inmediata de la conciencia, que acaso no se nos dio en cuerpo sino para dar ocasión a que el dolor se manifestase. Quien no hubieses nunca sufrido, poco o mucho, no tendría conciencia de Sí. El primer llanto del hombre al nacer es cuando, entrándole el aire en el pecho y limitándole, parece como que le dice: ¡tienes que respirarme para poder vivir! 221

 

         No es el dolor, sino el obstáculo que la materia pone al espíritu, es el choque de la conciencia con lo inconsciente. 222

         Es el muro con que toda la conciencia al querer ensancharse a costa de la inconsciencia, es la resistencia que esta última pone a concientizarse. 222

         Aunque lo creamos por autoridad, no sabemos tener corazón, estómago o pulmones mientras no nos dueles, oprimen o angustian. Es el dolor físico, siquiera la molestia, lo que os revela la existencia de nuestras propias entrañas. Y así ocurre también con el dolor espiritual, con la angustia, pues, no nos damos cuenta de tener alma hasta que ésta nos duele. 222

 

         El origen del mal no es, como ya de antiguo lo han visto muchos, sino eso que por otro nombre se llama inercia de la materia, y en el espíritu pereza. Y por algo se dijo que la pereza es la madre de todos  los vicios. Sin olvidar que la suprema parezca es la de no anhelar locamente la inmortalidad. 223

 

         … mi espíritu que más se acrecienta cuanto más lo reparto. 224

 

         DE la fe en Dios nace la fe en los hombres, de la esperanza en El la esperanza  en éstos, y de la caridad o piedad hacia  Dios  -pues como Cicerón- (…) la caridad para con los hombres.  227

 

         Dios da sentido y finalidad trascendentes a la vida; pero se la da en relación con cada uno de nosotros que en El creemos. Y así Dos es para el hombre tanto como el hombre es para Dios, ya que se dio al hombre, haciéndose hombre, humanizándose, por amor a Él. 229

 

         «Que se ha de despegar y negar de cinco cosas el que ha de llegar a la ciencia mística: la primera, de las criaturas; la segunda, de las cosas temporales; la tercera, de los mismos dones del Espíritu Santo; la cuarta, de sí misma; y la quinta se ha de despegar del mismos Dios» (Miguel de Molinos. 230

 

 

         Claro está que siente así los que no aciertan a darse cuenta de que el supremo placer del hombre es adquirir y acrecentar conciencia. No precisamente el de conocer, sino el de aprender. En conociendo una cosa, se tiende a olvidarla, a hacer su conocimiento inconsciente, si cabe decir así. El placer, el deleite más puro del hombre, va unido al acto de aprender, de enterarse; de adquirir conocimiento, esto es, a una diferenciación. 238

 

         El que el mayor goce de un hombre es ser más hombre, esto es, más dios, y que es más dios cuanta más conciencia tiene. 244

 

         ¿No es que al cabo se salvan todos, incluso Caín y Judas, y Satanás mismos, como desarrollando la apocatástasis pauliniana quería Orígenes?  252

         Cuando nuestros teólogos católicos quieren justificar racionalmente  -o  sea éticamente-  el dogma de la eternidad de las penas del infierno, dan unas razones tan especiosas, ridículas e infantiles que parece mentira hayan logrado curso. Porque decir que siendo Dios infinito la ofensa a El inferioridad es infinita también, y exige, por lo tanto, una castigo eterno, es, aparte de lo inconcebible de una ofensa infinita, desconocer que en moral y no en policía humanas la gravedad de la ofensa se mide, más que por la dignidad del ofendido, por la intención del ofensor, y que una intención culpable infinita es un destino, y nada más. Lo que aquí cabría aplicar son aquellas palabras de Cristo, dirigiéndose a su Padre: «¡Padre, perdónales, porque no saben lo que se hacen!», y no hay hombre que al ofender a Dios o a su prójimo sepa lo que se hace. En ética humana, o si se quiere en policía humana  -eso que llana Derecho penal, y que es todo menos derecho  una persona eterna es un desatino. 253

         «Dios es justo, y se nos castiga; he aquí cuanto es indispensable sepamos; lo demás no es para nosotros sino pura curiosidad.» Así, Lamenais, y así otros con él. Y así también Calvino. ¿Pero hay quien se contente con eso? ¡Pura curiosidad! ¡Llamar pura curiosidad a lo que más estruja el corazón! 253

         ¿No será caso que el malo se aniquila porque deseó aniquilarse o que no deseó lo bastante eternizarse por ser malo? ¿No podremos decir que no es el creer en otra vida lo que le hace a uno bueno, sino por ser bueno cree en ella? ¿Y qué es ser bueno y ser malo? Esto es ya del dominio de la ética, no de la religión. O más bien, ¿no es de ética el hacer el bien, aun siendo malo, y de la religión el ser bueno, aun haciendo mal? 253

         ¿No  se nos podrá acaso decir, por otra parte, que si el pecador sufre un castigo eterno es porque sin cesar peca, porque los condenados no cesan de pecar? Lo cual no resuelve el problema, cuyo absurdo todo proviene de haber concebido el castigo como vindicta o venganza, no como corrección; de haberlo concebido a la manera de los pueblos bárbaros. Y así un infierno policiaco, para meter miedo en este mundo. Siendo lo pero que ya no amedrenta, por lo cual habrá que cerrarlo. 253-4

 

         Los hombres andan inventado teorías para explicarse eso que llaman el origen del mal. ¿Y por qué no el origen del bien? ¿Por  qué suponer que es el bien lo positivo y originario, y el mal lo negativo y derivado? «Todo lo que es en cuanto es, es bueno», sentenció San Agustín; pero ¿por qué? ¿qué quiere decir ser bueno? Lo bueno es bueno para algo, conducente a un fin, y decir que todo es bueno, vale decir que todo va a su fin. Pero ¿cuál es su fin? Nuestro apetito es eternizarnos, persistir, y llamamos bueno a cuanto conspira a ese fin, y malo a cuanto tiende a amenguarnos o destruirnos la conciencia. Suponemos que la conciencia humana es fin y no medio para otra cosa que no sea conciencia, ya humana, ya sobrehumana. 254

         Todo optimismo metafísico, como el de Leibnitz, o pesimismo de igual orden, como el de Schopenhauer, no tiene otro fundamento. Para Leibnitz este mundo es el mejor, porque conspira a perpetuar la conciencia y con ella la voluntad, porque la inteligencia acrecienta la voluntad y la perfecciona, porque el fin del hombre es la contemplación de Dios, y para  Schopenhauer es este destruir la voluntad, porque la inteligencia, la representación, anula a la voluntad, su madre. 255

 

         Sólo se salven los que anhelaron salvarse, que sólo se eternicen los que vivieron aquejados del terrible hambre de eternidad y de eternización. 255

         No deja de anhelar con pasión su propia inmortalidad, y con pasión avasalladora de toda razón, sino aquel que no la merece y porque no lo merece como la anhela. Y no es injusticia no darle lo que no sabe desear, porque pedid y se os dará. Acaso se le dé a cada uno lo que deseó Y acaso el pecado aquel contra el Espíritu Santo, para el que no hay, según el Evangelio, remisión, no sea otro que no desear  a Dios, no anhelar eternizarse. 256

         «Según es vuestro espíritu, así es vuestra rebusca; hallaréis lo que  deseéis, y esto es ser cristiano» (R. Browning) 256

 

         Son muchos los que se imaginan al linaje humano como un ser, un individuo colectivo y solidario, y en que cada miembro representa o puede llegar a representar a la colectividad toda, y se imaginan la salvación como algo colectivo también. Como algo colectivo el mérito, como algo colectivo también la culpa; y la redención. O se salvan todos o no se salva nadie, según este modo de sentir y de imaginar; la redención es total y es mutua; cada hombre un Cristo de su prójimo. 257

         ¿Y no hay acaso como una vislumbre de esto en la creencia popular católica de las benditas ánimas del Purgatorio y de los sufragios que por ellas, por sus muertos, rinden los vivos y los méritos que le aplican? Es corriente en la piedad popular católica este sentimiento de transmisión de méritos, ya a vivos, ya a muertos. 257

 

         La fusión de los hombres todos en el hombre, en la Humanidad toda hecha Persona, que  es Cristo, y con los hombres todos, y la sujeción luego de todo ello a Dios, para Dios, la Conciencia, lo sea todo en todos. Lo cual supone una redención colectiva y una sociedad de ultratumba. 259

 

         La gloria, piensan muchos, es sociedad. Como nadie vive aislado, nadie puede sobrevivir aislado tampoco. No puede gozar de Dios en el cielo quien vea que su hermano sufre en el infierno, porque fueron comunes la culpa y el mérito. Pensamos con los pensamientos de los demás y con sus sentimientos sentimos. Ver a Dios, cuando Dios sea todo en todos, en verlo todo en Dios y vivir en Dios con todo. 261

 

         Hay que sentir y conducirse como si nos estuviese reservada una continuación sin fin de nuestra vida terrenal después de la muerte; y sin es la nada lo que nos está reservado, no hacer que esto sea una justicia, según la frase de «Obermann» 265

 

         Pensamos para vivir, he dicho; pero acaso fuera más acertado decir que pensamos porque vivimos, y que la forma de nuestro pensamiento responde a la de nuestra vida. 268

         Los que creemos móviles de nuestra conducta no suelen ser sino pretextos. La misma razón que uno cree que le impulsa a cuidarse para prolongar su vida, es la que en la creencia de otro le lleva a éste a pegarse un tiro. 268

         No puede, sin embargo, negarse que los razonamientos, las ideas, no incluyan en los actos humanos (…). Esta noción es la que llevó a Fouillée a lo de las ideas-fuerzas. Pero son de ordinario fuerzas que acomodamos a otras más íntimas y mucho menos conscientes. 268

 

         El que basa o cree basar su conducta  -interna o externa, de sentimiento o de acción-  en un dogma o principio teórico que estima incontrovertible, corre riesgo de hacerse un fanático; y, además, el día en que se le quebrante o afloje ese dogma, su moral se relaja. Si la tierra que cree firme vacila, él, ante el terremoto, tiembla, porque no todos somos de estoico ideal  a quien le hieren impávido las ruinas del orbe hecho pedazos. 269

         Pero al que cree que navega, tal vez sin rumbo en la balsa movible y anegable, no ha de inmutarle el que la balsa se le mueva bajo los pies y amenace hundirse. Este tal cree obrar, no porque estime su principio de acción verdadero, sino para hacerlo tal, para probarse su verdad, para crearse su mundo espiritual. 269

 

         No se basa, pues, la virtud en el dogma, sino éste en aquella, y es el mártir el que hace la fe más que la fe el mártir. No hay seguridad y descanso ¾los que se pueden lograr en esta vida, esencialmente insegura y fatigosa¾  sino en una conducta apasionadamente buena. 269

 

         Es conocido aquello de Pascal de: empieza pro tomar agua bendita y acabarás creyendo. 269

 

         El fin de la moral es dar finalidad humana, personal, al Universo; descubrir al que tenga   ¾si es que la tiene¾   y descubrirla obrando. 270

 

         «El hombre es perecedero. Puede ser; mas parezcamos resistiendo, y es e la nada lo que nos está reservado, no hagamos que sea esto justicia.» (Sénancour). Cambiad esta sentencia de su forma negativa en la positiva diciendo: «Y si es la nada lo que nos está reservado, hagamos que sea una injusticia esto», y tendréis la más firme base de acción para quien no pueda o no quiera ser un dogmático. 270

 

         Sí, merece eternizarse todo, absolutamente todo, hasta lo malo mismo, pues lo que llamamos malo, al eternizarse perdería su maleza, perdiendo su temporalidad. Que la esencia del mal está en su temporalidad, en que no se enderece a fin último y permanente. 271

 

         Hay que confesar que no hay, en rigor, fundamento más sólido para la moralidad que el fundamento de la moral católica. El fin del hombre es la felicidad eterna, que consiste en la visión y goce de Dios pro los siglos de los siglos. Ahora, en lo que marra es en la busca de los medios conducentes a ese fin; porque hacer depender la consecución de la felicidad eterna de que se crea o no que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, y no sólo de Aquél, o de que Jesús fue Dios y todo lo de que la unión hipostática, o hasta siquiera de que haya Dios, resulta, a poco que se piense en ello, una monstruosidad. 273

 

         El fondo de la doctrina de la redención cristiana, es que sufrió pasión y muerte el único hombre, esto es, el Hombre, el Hijo del Hombre, o sea el Hijo de Dios, que no mereció por su inocencia haberse muerto, y que esta divina víctima propiciatoria se murió para resucitar y resucitarnos, para liberarnos de la muerte aplicándonos sus méritos y enseñándonos el camino de la vida. 276

 

         El texto aquel de «comerás el pan con el sudor de tu frente», no quiere decir que condenase Dios al hombre al trabajo, sino a la penosidad de él. Al trabajo mismo no puedo condenarle, porque es el trabajo el único consuelo práctico de haber nacido. Y la prueba de que no le condenó al trabajo mismo está, para un cristiano, en que al ponerle en el Paraíso, antes de la caída, cuando se  hallaba aún en el estado de inocencia, dice la Escritura que le puso en él para que los guardarse y los labrase (Gén 2,15). 282

 

         Amar al prójimo es querer que sea como yo, que sea otro yo, es decir, es querer yo ser él; es querer borrar la divisoria entre él y yo, suprimir el mal. Mi esfuerzo por imponerme a otro, pro ser y vivir yo en él y de él, por hacerle mío  -que es lo mismo que hacerme suyo-,  es lo que da sentido religioso a la colectividad, a la solidaridad humana. 284

 

         La civilización empezó el día que un hombre, sujetando a toro y obligándole a trabajar para los dos, pudo vagar a la contemplación del mundo y obligar a su sometido a trabajos de lujo. Fue la esclavitud lo que permitió a Platón especular sobre la república ideal, y fue la guerra lo que trajo la esclavitud. No es vano es Atenea la diosa de la guerra y de la ciencia. Pero ¿será menester repetir una vez más estas verdades tan obvias, mil veces desatendidas y que otras mil vuelven a renacer? 285

         El precepto supremo que surge del amor a Dios y la base de toda moral es éste; entrégate pro entero; da tu espíritu para salvarlo, para eternizarlo. Tal es el sacrificio de vida. 285

         El individuo en cuanto individuo, el miserable individuo que vive preso del instinto de conservación y de los sentidos, no quiere sino conservarse, y todo su hipo es que no penetren los demás en su esfera, que no le inquieten, que no le rompan la pereza, a cambio de lo cual, o para dar ejemplo y norma, renuncia a penetrar él en los otros, a romperles la pereza, a inquietárseles, a apoderarse de ellos. El «no hagas a otro lo que para ti no quieras», lo traduce él así: yo no me meto con los demás; que no se meten los demás conmigo. Y se achica y se engurruña y perece en esta avaricia espiritual y en esta moral repulsiva del individualismo anárquico: cada uno para sí. Y como cada uno no es él mismo, mal puede ser para sí. 285-6

 

         La pereza, se dice, es la madre de todos los vicios, y la pereza, en efecto, engendra los dos vicios  -la avaricia y la envidia-  que son a su vez fuente de todos los demás. La pereza es el peso de la materia de suyo inerte, en nosotros, y esa pereza, mientras nos dice que trata de conservarnos por el ahorro, en realidad no trata sino de amenguarnos, de anonadarnos. 286

         Al hombre o le sobra materia o le sobra espíritu, o mejor dicho, o siente hambre de espíritu, esto es, de eternidad o hambre de materia, resignación a anonadarse. Cuando le sobra espíritu y siente hambre de más de él, lo vierte y derrama fuera, y al derramarlo, se le acrecienta, con lo de los demás; y, por el contrario, cuando avaro de sí mismo, se recoge en sí pensando  mejor conservarse, acaba por perderlo todo, y le ocurre lo que al que recibió un solo talento: lo enterró para no perderlo, y se quedó sin él. Porque al que tiene, se le dará; pero al que no tiene sino poco, hasta eso poco le será quitado. 286

         Sed perfectos como vuestro Padre celestial lo es, se nos dijo, y este terrible precepto  -terrible porque  la perfección infinita del Padre  es inasequible-  debe ser nuestra suprema norma de conducta. El que no aspire a lo imposible, apenas hará nada hacedero que valga la pena. Debemos aspirar a lo imposible, a la perfección absoluta e infinita, y decir al Padre: «¡Padre, no puedo: ayuda a mi impotencia!» Y Él lo hará en nosotros. 286

 

         Es cosa que da en qué pensar eso de que hayan llamado a la moral cristiana moral de esclavos, ¿quiénes? ¡Los anarquistas! El anarquismo sí que es moral de esclavos, pues sólo el esclavo canta la libertad anárquica. ¡Anarquismo, no!, sino «panarquismo»; no aquello de ni Dios ni amo, sino todos dioses y amos todos, todos esforzándose por divinizarse, por inmortalizarse. Y para ello dominando a los demás. 288

 

         Cuanto más soy de mí mismo, y cuanto soy más yo mismo, más soy de los demás; de la plenitud de mi mismo me vierto a mis hermanos, y al verterme a ellos, ellos entran en mí. 289

 

         «No seas, y darás más que todo lo que es» (fray Juan de los Agáneles) 290

 

         «¡Que lo haga todo Dios!», dirá alguien; pero es que si el hombre se cruza de brazos Dios se echa a dormir. 290

 

         Los primeros padres de la Iglesia no creyeron que la inmortalidad del alma fuera un don natural  -es decir, algo racional-,  sino un don divino de gracia. Y lo que es de gracia suele ser, en el fondo, de justicia, ya que la justicia es divina y gratuita, no natural. 292

 

         El que la culpa es colectiva no ha de servir para sacudirme de ella sobre los demás, sino para cargar sobre mí las culpas de los otros, las de todos; no  para difundir mi culpa y anegarla en la culpa total, sino para hacer la culpa total mía; no para enajenar mi culpa, sino para ensimismarme y apropiarme, adentrándomela, la de todos. Y cada uno debe contribuir a curarla, por lo que otros no hacen. El que la sociedad sea culpable, agrava la culpa de cada uno. 294

         El que la sociedad sea culpable agrava la culpa de cada uno y es más culpable el que más siente la culpa. Cristo, el inocente, como conocía mejor que nadie la intensidad de la culpa, era en un cierto sentido el más culpable. En él llegó a conciencia la divinidad de la humanidad y con ella su culpabilidad. Suele dar que reír a no pocos el leer de grandísimos santos que por pequeñísimas faltas, por  faltas que hacen sonreírse a un hombre de mundo, se tuvieron por los más grandes pecadores. Pero la intensidad de la culpa no se mide por el acto externo, sino por la conciencia de ella, y a uno le causa agudísimo dolor lo que a otro a penas si un ligero cosquilleo. Y en un santo puede llegar la conciencia moral a tal plenitud y agudeza,  que el más leve pecado le remuerda más que el mayor criminal su crimen. 295

         No es lo mismo hacer el mal que ser malo. El mal oscurece la conciencia, y no sólo la conciencia  moral, sino la conciencia general, la psíquica. Y es que es bueno cuanto exalta y ensancha la conciencia y  malo lo que la deprime y amengua. 295

         Y aquí acaso cabría aquello que ya Sócrates, según Platón, se proponía, y es si la virtud es ciencia. Lo que equivale a decir si la virtud es racional. 295

         No lo sé, pero yo siento que la virtud, como la religiosidad, como el anhelo de no morirse nunca  -y todo ello es la misma cosa en el fondo-  se adquiere más bien por pasión. 295

         Pero y la pasión ¿qué es?, se me dirá. No lo sé; o, mejor dicho, lo sé muy bien, porque la siento, y, sintiéndola, no necesito definirla. Es más aún: temo que si llego a definirla, dejaré de sentirla y de tenerla. La pasión es como el dolor, y como el dolor, crea su objeto. Es más fácil al fuego hallar combustible que al combustible fuego. 295

 

         Sabido es, además, que no son mejores ni los más inteligentes, ni los más instruidos. 296

 

         «A un corazón no habla sino otro corazón» (fray Diego de Estela) 307

 

         ¡Que inventen ellos!. Expresión paradójica a que no renuncio. 308

 

         Acaso un día tengan que volver a ella, a buscar su alma, los pueblos a quienes Helena se la arrebatara con sus besos. 310

         Pero ya se sabe, la Cultura se compone de ideas y sólo de ideas y sólo de ideas y el hombre no es sino un instrumento de ella. El hombre para la idea, y no la idea para el hombre; el cuerpo para la sombra. 310

 

         La verdad concreta y real, no metódica e ideal es: «homo sum, ergo cogito». Sentirse hombre es más inmediato que penar. 314

 

         Y el de Don Quijote no puede decirse que fuera en rigor idealismo; no peleaba por ideas. Era espiritualismo; peleaba pro espíritu. 316

 

         El más alto heroísmo para un individuo, como para un pueblo, es saber afrontar el ridículo; es, mejor aún, saber ponerse en ridículo y no acobardarse en él. P.317

 

         Para Windelband, como para los cantianos y neokantinos en general, no hay sino tres categorías normativas, tres normas universales, y son las de lo verdadero o falso, lo bello o lo feo, y lo bueno o lo malo moral. La filosofía se reduce a lógica, estética y ética, según la ciencia, el arte o la moral. Queda fuera otra categoría, y es la de lo grato y lo ingrato  -o agradable y desagradable-; esto es, lo hedónico. Lo hedónico no puede, según ellos, pretender validez universal, no puede ser normativo. 319

 

         La religión es una economía o una hedonística trascendental. Lo que el hombre busca en la religión, en la fe religiosa, es salvar su propia individualidad, eternizarla, lo que no se consigue ni con la ciencia, ni con el arte, ni con la moral. Ni ciencia, ni arte, ni moral nos exigen a Dios; lo que nos existe a Dios es la religión. 320

 

         Si el alma humana es inmortal, el mundo es económica o hedonísticamente bueno; y si no lo es, es malo. (…) Es bueno no lo que satisface nuestro anhelo vital, y malo aquello que no lo satisface. 321

 

         El principio del religioso y que la esencia de nuestra religión, de nuestro catolicismo español, es precisamente el ser no una ciencia, ni un arte, ni una moral, sino una economía a lo eterno, o sea a lo divino; que esto sea lo español, digo, dejo para otro trabajo  -éste histórico-,  el intento siquiera de justificarlo. 321

 

         ¿Y qué ha dejado Don Quijote?, diréis. Y yo os diré que se ha dejado a sí mismo, y que un hombre, un hombre vivo y eterno, vale pro todas las teorías y pro todas las filosofías. Otros pueblos nos ha dejado sobre todo instituciones, libros; nosotros hemos dejado almas. Santa Teresa vale por cualquier instituto, por cualquier «Crítica de la razón pura». 324

 

         ¿Por qué peleó Don Quijote? Por Dulcinea, por la gloria, pro vivir, por sobrevivir. No por Iseo, que es la carne eterna; no por Beatriz, que es la teología; no por Margarita, que es el pueblo; no por Helena, que es la cultura. Peleó pro Dulcinea, y la logró, pues que vive. 325

         Y lo más grande de él fue haber sido burlado y vencido, porque siendo vencido, porque siendo vencido es como vencía: dominaba al mundo dándole que reír de él. 326

                  

 

[1] UNAMUNO, M.: «Del sentimiento trágico de la vida», Sarpe, Madrid, 1983.

 


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.