UNAMUNO, Agonía del cristianismo

Don Miguel de Unamuno (1864-1936), sabio pensador español, de entre sus varios escritos, de carácter filosófico y relatos novelescos, hemos extraído unas líneas de uno de sus ensayos principales, «Agonía del cristianismo»[1]. Agonía expresa exactamente lucha, que refleja el espíritu propio de este figura inquieta, deseosa de creer, siempre cálido, vibrante, controvertido y hasta polémico.

         El cristianismo es un valor del espíritu universal que tiene sus raíces en lo más íntimo de la individualidad humana. 23

         La vida es lucha, y la solidaridad para la vida es lucha y se hace en la lucha. No me cansaré de repetir lo que más nos une a los hombres unos con otros son nuestras discordias. Y lo que más le une a cada uno consigo mismo, lo que hace la unidad íntima de nuestra vida, son nuestras discordias íntimas, las contradicciones interiores de nuestras discordias. Sólo se pone uno en paz consigo mismo, como Don Quijote, para morir.

         Y si esto es la vida física o caporal, la vida psíquica o escritural es, as su vez, una lucha contra el eterno olvido. Y contra la historia. Porque la historia, que es el pensamiento de Dios en la tierra de los hombres, carece de última finalidad humana, camina al olvido. Y todo el esfuerzo del hombre es dar finalidad humana a la historia, finalidad sobrehumana. 27

         La agonía es, pues, lucha. Y el Cristo vino a traernos agonía, lucha y no paz. 29

         La lógica de la pasión  es una lógica conceptista, polémica y agónica. 30

         Creer lo qeu no vimos es la fe; creer lo que vemos  -y lo que no vemos-  es la razón, la ciencia, y creer lo que veremos -o no veremos- es la esperanza. 31

         El Verbo se hizo Letra. (…) la palabra se hizo dogma (…) Que es lo que ha hecho la exégesis de origen protestante, la exégesis de los de la Letra, de los del Libro. Porque el espíritu, que es palabra, que es verbo, que es tradición oral, vivifica; pero la letra, que es el libro, mata. (…) el alma respira con palabras. 43.

         ¿Qué es le Cristo histórico? Todo desprende la manera de sentir y comprender la historia. Cuando yo suelo decir, por ejemplo, que estoy más seguro de la realidad histórica de Don Quijote que de la de  Cervantes, o que Hamlet, Macbeth, el rey Lear, Otelo… hicieron a Shakespeare más que este a ellos. 43-4

         Habría que distinguir, ante todo, entre la realidad y la personalidad del sujeto histórico. Realidad deriva de res (cosa) y personalidad de personas. El judío saduceo Carlos Marx creía que son las cosas las que hacen y llevan a los hombres, y de aquí su concepción materialista de la historia, su materialismo histórico  -que podríamos llamar realismo-; pero los que queremos creer que son los hombres, que son las personas, los que hacen y llevan a las coas, alimentamos, con duda y en agonía, la fe en la concepción personalista o espiritualista.

         Persona, en latín, era el actor de la tragedia o de la comedia, el que hace un papel en ésta. La personalidad es la obra que en la historia se cumple. 44

         Las doctrinas personales de Carlos Marx, el judío saduceo que creía que las cosas hacen a los hombres, ha producido cosas. 45

         El pagano, propiamente tal, era analfabeto. ¿O no es más bien la letra hablada la que rige en los campos y la palabra escrita la que gobierna en las ciudades? 46-47

         Bossuet puedo decir muy bien: «¡Tu cambias, luego no eres verdad!»; pero se replicaba: «¡Tu no cambias, luego eres la muerte!» 48

         Conocer es engendrar, y todo conocimiento vivo supone la penetración, la fusión de las entrañas del espíritu que conoce y no de la cosa conocida. Sobre todo si la cosa conocida, como sucede, es otro espíritu, y más si la cosa conocida es Dios, Dios en Cristo, o Cristo en Dios. De donde que los místicos nos hablan de matrimonio espiritual y que la mística sea una especie de meteórica más allá del amor.

         Ahora, que este conocimiento, conocimiento místico o creativo, no es lo que se llama el conocimiento racional. Aunque ¡cualquiera sabe a lo que los racionalistas llaman razón! 53

         La agonía del amor y del conocimiento, del conocimiento, que es amor, y del amor, que es conocimiento 55

         ¿Dios es macho o hembra? En griego, el Espíritu Santo es neutro, pero se identifica con Santa Sofía, la Santa sabiduría, que es femenino. 66

         Cuando la Magdalena le tuvo delante, en cuerpo espiritual, en visión, no le reconoció, hasta que, habiéndole oído que decía amorosamente: «¡María!», ella respondió: «¡Rabbumí!», es decir, «¡Maestro!». Y el Cristo, que no era una pura visión, una figura que no dice nada, sino el Verbo, la Palabra, le habló. 67

         La letra se ve, pero la palabra se oye, y la fe entra por el oído. 68

         Pablo combatió su buen combate, agonizó su buena agonía ¿Venció? En esta lucha, vencer es ser vencido. El triunfo de la agonía es la muerte, y esta muerte e acaso la vida eterna. 70

         Derecho y deber no son sentimientos religiosos cristianos, sino jurídicos. Lo cristiano es gracia y sacrificio. Y eso de la democracia cristiana es así como química azul. 72

         Las religiones paganas, religiones del Estado, eran políticas; el cristianismo es apolítico. 76

         Pasa el cuarto Evangelio pro ser el menos histórico en el sentido materialista o realista de la historia; pero en el sentido hondo, en el sentido idealista y personal, el cuarto Evangelio, el simbólico, es mucho más histórico que los sinópticos, que los toros tres. 76-7

         San Pedro fue el que renegó del Maestro hasta que le despertó el gallo, que es el que despierta a los durmientes. 78

             La doctrina del progreso es la del superhombre de Nietzsche; pero el cristiano debe creer que lo que hay que hacerse no es sobrehombre, sino hombre inmortal, o sea cristiano. 83

         «Pascal quería someterse, se repdicaba a sí mismo la sumisión mientras buscaba gimiendo, buscaba sin encontrar, y el silencio eterno de los espacios infinitos le aterraba. Su fe era persuasión, pero no convicción.

         ¿Su fe? Pero ¿en qué creía? Todo depende delo que se entienda pro fe y por creer.

         El pobre matemático «caña pensante» que era Pascal, Blas Pascal, pro quien Jesús hubo derramado tal gota de su sangre pensando en él en su agonía, el pobre Blas Pascal buscaba una creencia útil que le salvara de su razón. Y la buscaba en la sumisión y en el hábito.

         ¿Creía Pascal? Quería creer. Y la voluntad de creer, la «will to believe», como ha dicho William James, otro probabilista, es la única fe posible en un hombre que tiene la inteligencia de las matemáticas, una razón clara y el sentido de la objetividad. 88

         Pascal se sublevaba contra las pruebas racionales aristotélicas de la existencia de Dios, y hacía notar que «jamás autor canónico se ha servido de la naturaleza para probar a Dios» (243); y en cuanto a los tres medios de creer que señalaba: la razón, la costumbre y a la inspiración, basta leerle teniendo el espíritu libre de prejuicios para sentir que él, Pascal, no ha creído con la razón, no pudo jamás, aun queriéndolo, llegar a creer  con la razón, no se hubo jamás convencido de aquello de que estuvo persuadido. Y ésta fue su tragedia íntima, y ha buscado su salvación en un escepticismo, al que quería, contra un dogmatismo íntimo, del que surgía.

         En los cánones el Concilio del Vaticano, el primer texto que fue dogmáticamente declarado infalible, se lanzó anatema contra el que niegue que se pueda demostrar tacional y científicamente la existencia de Dios, aun cuando el que lo niegue crea en El. Y ese anatema, ¡no habría alcanzado a Pascal? Cabe decir que Pascal, como tantos otros, no creía acaso que Dios ex-siste, sino que in-siste, que le buscaba en el corazón, que no tuvo necesidad de El para su experiencia sobre el vacío ni papa su trabajos científicos, pro que lo necesitaba para no sentirse, por falta de Él, anonadado.

         La vida íntima de Pascal aparece a nuestros ojos como una tragedia. Tragedia que puede traducirse en aquellas palabras del Evangelio: «Creo, ayuda a mi incredulidad» (Mc 9,23). Lo que evidentemente no es propiamente creer, sino querer creer.

         La verdad de que nos habla Pascal cuando nos habla de conocimientos del corazón no es la verdad racional, objetiva, no es la realidad, y él lo sabía. Todo su esfuerzo tendió a crear sobre el mundo natural otro mundo sobrenatural. 89

         En la ética misma, o mejor en la oral  -pues eso de ética suena a pedantería-,  no es lo mismo ser bueno que hacer el bien. 92

         La carne (en el pecado de nuestros primero padres)  no se cuidó ya luego de resucitar, no se movió por hambre y sed de paternidad y maternidad, sino por puro goce, por mera lujuria. La fuente de la vida se envenenó y con la fuente de la vida se envenenó la fuente del conocimiento. 112

         Para San Pablo, el más execrable pecado es la avaricia. Y esto porque la avaricia consisten en tomar los medios por fines. 113

         Kant pedía, como suprema regla moral, que tomemos a nuestros prójimos por fines en sí mimos, no como medios. Era su manera de traducir el «ama a tu prójimo como a tí mismo».  Pero Kant fue un soltero, un monje laico, un avaro. ¿Un cristiano? Y acaso se tomaba a sí mismo como un fin en sí. El linaje humano se acaba en él. 113

         Y con aquel terrible morbo físico obra oro morbo psíquico, hijo de la avaricia espiritual, que es la envidia. La envidia es el pecado cainita, el de Caín, el de Judas Iscariote, el de Bruto y Casio, según el Dante. Y Caín no mató a Abel por concurrencia económica, sino por envidia de la gracia que hallaba ante Dios, ni Judas vendió al Maestro por los treinta dineros, Judas que era un avaro, un envidioso. 113

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[1] Alianza Editorial, Madrid, 1986.


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