Hace unos días la Fundación Mutua Madrileña y Fundación FAD Juventud ha presentado el «Barómetro Juvenil. Salud y bienestar». Si tuviéramos que pone un titulo sintético que nos diera un resumen conclusivo del barómetro sería este: “Juventud española con problemas mentales y tendencias suicidas”. Más de la mitad de los jóvenes admite tener problemas de salud mental y el 43,9% ha tenido ideas suicidas durante el último año. El 35% de forma ocasional y el 8.9% de forma habitual. El suicidio, actualmente la primera causa de mortalidad no natural en España.
Es una noticia sorprendente y altamente preocupante. Pero no parece tal para los responsables de los destinos de esta sociedad ni a sus miembros, padres, educadores, y demás agentes sociales, ni medios de comunicación ni asociales, etc. En conclusión, que la indiferencia define la actitud general ante tan alarmante realidad. Y sin sarcasmo, cabe preguntarse: ¿Es que nos hemos vueltos locos o qué?
Esta tremenda realidad que se constata de la salud mental y emocional de la juventud española, y con la que podemos seguramente identificar a la occidental, tiene varias cuestiones a reflexionar:
El porqué: ¿Cuáles son las causas? Y también: ¿Qué supone esto?, y ¿A dónde vamos a llegar?
Estas preguntas implican responsabilidades, fuerzan a cambiar muchas cosas, sobre todo ideológicas, por las que no se estaría dispuesto a pasar, pues a muchos se les caería su armazón intelectual, moral y personal.
Es obvio, pues, que ante estos datos no cabe sino reconocer que algo se está haciendo mal. (Aunque la pandemia ha agravado todo; lo cierto es que la realidad estaba ahí, incubada; como producto de lo que la persona lleva dentro –o dejar de llevar-, a consecuencia de la persona –personalidad- que se ha deconstruido y reconstruido-).
Se pude hablar de varias causa, tal vez hasta muchas, pero entre las más sobesalientes, sin duda, está la falta de sentido, la increencia, la finitud y carencia de trascendencia de la vida; la visión materialista de la existencia. La falta de objetivos elevados en la vida. La irresponsabilidad de la seriedad de la existencia; la ausencia de conciencia moral. La destrucción de todos los vínculos interpersonales; las rupturas y desestructuración familiar. El pesimismo ante la realidad laboral de cara su futuro; la resignación ante esa frustración ya palpable, inminente. El conformismo producto de la pasividad, del nulo e inútil esfuerzo; la personalidad forjada en la fofa existencia, carene de esfuerzo y entusiasmo; el tener todo caprichosamente; la decepción de las relaciones profundas, sexuales, etc.; el hartazgo de todo. La renuncia a buscar la verdad, simplemente porque no se cree en ella, porque domina el nihilismo relativista.
En conclusión: o esto cambia, y ya, o lo que se avecina, y no tardando, va a ser aterrador.
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