Un Dios sorprendente

Dios, además de que existe, resulta maravillo: por su respeto sublime por la libertad y dignidad sus creaturas a las que considera y trata como a hijos; por su amor misericordioso jamás indeclinable, pese a las múltiples motivos (infidelidades, pecados y feos) en su contra, y por aquello que asombró al mismo Jesús: «En aquel tiempo, exclamó Jesús: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.» (Lectura del santo evangelio según san Mateo 11,25-27, que hemos escuchado en la misa del día 15 de julio).

Ahora que está tan de moda eso de «no dejar atrás a nadie» en momentos tan aciagos de crisis, especialmente a los más débiles; Dios ya desde siempre ha tenido ese miramiento especial por aquellos que parecen ser menos que nadie -los débiles, los pequeños, los inútiles, los inservibles, los descartables, limitados en mil maneras -discapacitados físicos, psíquicos, intelectualmente- los empobrecidos en general… En fin, todos aquellos despreciados, ignorados y desechables vienen a ser ante Dios considerados sus preferidos, sus niñitos queridos, a los que Él como Padre -como una madre en su regazo- o como hiciera con Juan en la última cena acoge sobre su corazón, dándole a conocer en sentir de sus latidos los secretos que místicamente revela «a la gente sencilla . Sí, Padre, así te ha parecido mejor. (…) y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.» (Mt 11,26-27).

A estos pequeñuelos Dios graciosamente -por pura gracia- les imanta de su santidad: “La santidad no está en tal o cual práctica piadosa; consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre” (Santa Teresa de Lisieux).

«…porque le ha parecido mejor.»

Hay algo de fascinante en esto… en un Dios que se vence de amor por los que nada pueden, por los que nada tienen, por los que no significan nada…

Tal vez por eso creemos en Él, porque contradice lógica de este mundo, fascinándonos con el misterio inefable de su amor. Que suscita en nosotros la fe, elevando un «Margnificat»…

Entonamos este «Magníficat de Jesús«: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque…»; parangonando el «Magnificat de María«: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava…» (Lc 1,46ss).

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